“En la habitación 429” Por Lulú Petite

Sentí escalofríos cuando su mano tibia se clavó entre mis piernas recogiendo un poco de mi deseo
Lulú Petite
18/11/2014 - 03:00

Querido diario: 

Los moteles están hasta el gorro los viernes de quincena. Y sí, para acabarla de amolar, lo juntas con la locura del Buen fin, la cosa se pone esquizofrénica. La ciudad parecía un hormiguero. Filas de coches que apenas se movían con una lentitud tediosa. Por si fuera poco, algunas calles estaban en obras. Unas de plano cerradas, otras, disminuidas a un carril por grúas y zanjas inexplicables. Te juro que vi pasar a una pareja de ancianos, él con andadera, ella con bastón y los dos caminaban más rápido de lo que mi coche podía andar. Me dieron ganas de bajarme, votar el carro y seguir a pie. 

—¿Tardarás mucho?— Recibí un mensaje de texto. Era el cliente, que ya me estaba esperando en la habitación 429. Me apena hacer esperar a alguien, pero qué más quisiera que tener una varita mágica para desaparecer el tráfico o, qué mejor, aparecerme en su habitación, linda, sonriente y con todas las ganas de coger. Pero como eso no es posible, ¿qué hacía? Respirar profundo y aguantarme, como buena defeña, a que la ciudad avanzara a su ritmo de caracol.

—No sé corazón, espero llegar pronto, pero hay mucho tráfico— escribí.

—Lo sé, aquí te espero— Respondió con amabilidad resignada.

El tráfico era tremendo, pero cuando escuché que en Tres Marías la carretera estaba tomada y que la salida a Cuernavaca verdaderamente era un caos indescriptible, me di de santos de que mi tráfico al menos avanzara, lento, pero seguro.

Cuando llegué a Patriotismo otro desbarajuste. La fila para entrar al motel era interminable. Como si a todo el mundo se le hubiera ocurrido coger al mismo tiempo. Claro, era quincena y el dinero quema las manos y calienta la entrepierna. La mayoría estaba esperando a que se desocupara una habitación, pero como a mí ya me estaban esperando en una, me las arreglé para que me dejaran pasar sin tanto mitote. Les conviene, entre más pronto atendiera a mi cliente, más pronto se les desocupa una de esas tan demandadas habitaciones. Siempre lo he dicho, por más crisis que enfrentemos, siempre habrá gente necesitando un lugar cómodo y discreto donde coger.

Estacioné mi carro al fondo, pegada a la pared para no tener que dejar las llaves. Subí al ascensor y oprimí el botón del cuarto piso. En el lobby subió una chica: cabello rubio, pintado, rostro moreno claro, minifalda violeta, tacones altos, muy nalgona, casi gorda. Me saludó con una media sonrisa, que yo respondí del mismo modo. Oprimió el botón del segundo piso.

Cuando salió del elevador dejó un olor penetrante, de un perfume que no terminó de gustarme. Salí en el cuarto piso y caminé por el pasillo. Llamé a la habitación 429.

Me recibió un hombre de 40 años, sus sienes comienzan a encanecerse y tiene una sonrisa amable, me pareció guapo. Me recibió con un beso en la mejilla y un apretón de manos.

—Me llamo Diego— dijo para romper el hielo.

Abrazados, sus manos recorrían poco a poco las curvas de mi cuerpo. Sentía el bulto de su sexo rozando mi vientre mientras su tacto se escurría mansamente acariciando mi espalda, apretándome las nalgas, acercándose con fuerza a mi cuerpo, atrapándome en su abrazo, acariciando mi cabellera mientras nuestras bocas se comían en una largo y pasional beso.

Sentí el roce del pecho masculino contra mi cuerpo, sus dedos traviesos caminando por mis muslos y levantando la falda lentamente. Sentí escalofríos cuando su mano tibia se clavó entre mis piernas recogiendo un poco de mi deseo.

Lo abracé y le di otro beso, más profundo y caliente. Fuimos hasta la cama y allí, me hizo el amor con tanta paciencia y maestría que me olvidé por completo de cualquier otra cosa. Me dejé llevar.

Cuando terminamos me di un baño. Al vestirme miré por la ventana. En la calle el tráfico seguía vuelto loco. Los coches a vuelta de rueda, los cláxones exigiendo a todos que se movieran, los peatones caminando de prisa. Era tan distinta la calma de después del orgasmo que estábamos gozando, frente a la locura de la calle.

Le di un beso a Diego y me fui. El pasillo estaba desierto. En una de las habitaciones se escuchaban los gritos y jadeos de una chica a quien estaban cogiendo con mucha eficiencia. Llamé al elevador. Mientras esperaba, Diego me alcanzó y se paró a un lado mío.

—No quisiera irme con este tráfico de locos— Le dije para hacer conversación.

—Yo tengo que irme, pero tú puedes quedarte— me dijo dándome la llave de la habitación donde acabamos de acostarnos.

Y aquí estoy, con mi tableta en la mano, en la habitación 429, sobre la cama deshecha, aún tibia, escribiendo los detalles del romance lujurioso que acabo de vivir. Ya llamó otro cliente, viene atorado por el tráfico, lidiando con el viernes, la quincena y el “Buen fin”. Yo aquí estoy, en santa paz, escribiendo y esperando su llamada para que me diga a qué habitación debo mudarme.

Un beso

Lulú Petite

 

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