Tuve galán otoñal

"Sebastián se lo estaba pasando de lo lindo. Sus dedos se hundían en mi piel y su miembro vibraba dentro de mí"
Lulú Petite
18/10/2016 - 05:00

Querido diario: Un tal Sebastián me llamó ayer para pedirme una cita hoy. Yo estaba llegando de Toluca cuando recibí su llamada. Estaba interesado en que nos conociéramos. Un amigo suyo le había recomendado que pasara una hora conmigo. Le expliqué qué servicios ofrezco: Besitos, caricias, sexo oral, vaginal, todo con condón y el pago, por adelantado. Le expliqué después en qué moteles podíamos vernos.

—¿El precio incluye el hotel? — Preguntó.

—No

Es una pregunta muy común entre los primerizos, pero no, el cliente debe llegar al motel, tomar una habitación, pagarla, instalarse y después llamarme. Eso y el sexo se pagan por separado.

Al otro lado del auricular Sebastián respondió “ajá” a todo lo que le decía, me agradeció la información y dijo que llamaría hoy.

Algunas personas dicen que llamarán y no lo hacen, pero Sebastián sí. A la hora que dijo entró su llamada. Ya estaba en el hotel, confirmándome el número de habitación. Me subí a mi coche y fui con él. Por teléfono se oía una voz joven, lo imaginé de unos treinta y pocos, pero abrió la puerta un galán otoñal, en la frontera entre los cincuenta y los sesenta.

Trabajó muchos años en gobierno, hasta hace pocos que se retiró. Su jubilación da para lo necesario. Divorciado, con sus dos hijas y su ex esposa casada, no tiene a quién rendirle cuentas. En general, lleva una vida normal, tirándole a aburrida. Televisión, amigos, lectura, pero un par de veces al mes, se escapa. Pellizca su pensión o sus ahorros y se va de viaje, o llama a alguna chica de mi oficio y hace que le regrese la alegría al cuerpo.

Se sentó en la cama y se quitó los tenis más viejos que he visto en mi vida. Creo que la marca ya ni existe. Se dio cuenta de que mi fijaba y dijo sonriendo:

—Son cómodos.

No soy de las que juzgan. Si algo me ha enseñado esta profesión es que me tiene que importar un cacahuate ese tipo de cosas, así que sólo me reí por haber sido descubierta, pero algo le pegó en el ego, que se sintió obligado a confesarme:

—Es que prometí no cambiar de tenis hasta que gane mi equipo— Dijo.

—Pues ¿A quién le vas? — Pregunté.

—Al Cruz Azul— Contestó sonriendo.

Para ser sincera, no le voy a ningún equipo de futbol. Me gusta el que juegue bien, pero no me alegra ni me enoja que gane o pierda alguno en especial. En cualquier caso, la racha del Cruz Azul es tan larga, que su afición está comenzando a acostumbrarse a la carrilla, por eso, mi única respuesta a su confesión, fue un beso.

Nos acostamos como si estuviéramos a punto de tomar el sol. Pasé el dorso de mi mano por su mejilla y sus labios para invitarlo al ruedo. Acaricié sus canas. Se acercó y me dio la vuelta alzándome por la cadera. Sus manos son gruesas y sus brazos fornidos. Me sentía algo vulnerable, pero me gustaba. Me sacó el sostén con un ágil zarpazo y me bajó la tanga. Luego se acostó encima de mí y me lamió el cuello, gimiendo y respirando como un búfalo en una noche fría. Sentí su pecho desnudo sobre mi espalda. Su pene creciendo en tamaño y grosor, punzando a través de la tela de su bóxer, incrustándose entre mis nalgas.

Se colocó el condón mientras yo alzaba mi cadera para ofrecerle mejor ángulo. Arqueé la espalda, hundí la cara en la almohada y estiré los brazos para aferrarme al tope de la cama y aguantar el primer empujón. Su sexo hirviente entró en picada, haciéndome delirar. Mis labios vaginales se humedecían con sus embestidas. Me lo hacía muy rico.

Le pedí siguiera haciéndolo así. Mis nalgas se derretían en sus manos. Su ingle se empapaba con mis fluidos. Mis senos temblaban con cada empellón y mis pezones erectos rozaban la sábana. Entonces alcé el torso, estiré los brazos apoyados sobre el colchón y quedé de perrito. Sebastián me agarró bien agarrada por la cintura. Mugía y gruñía excitadísimo, lo que hacía que se me erizara más la piel. Alzó una pierna y se acomodó para penetrarme más hondo. Lo sentí hasta en la clavícula. Me encantaba lo que me hacía. Por otoñal que me hubiera parecido, le ponía empeño. Estaba a punto de caramelo, casi casi llegando al clímax. Sebastián se lo estaba pasando de lo lindo. Sus dedos se hundían en mi piel y su miembro vibraba dentro de mí.

Me llevé una mano a la boca. Me lamí dos dedos y empecé a tocarme. Mi clítoris estaba desbordado. Sentía mi entrepierna cálida y húmeda. Vi chispitas de colores y volví en mí. Él acabó primero, pero yo seguí fajándome por unos segundos más hasta que lo alcancé. Llegué de segunda, pero llegué.

Al terminarse la hora, empezamos a vestirnos y me fijé en sus tenis. Él se dio cuenta y sonrió.

—Los compré el último año que ganaron— Dijo, yo no respondí, así que insistió —Pensé que serían los de la suerte— Cerró.

—Caramba, pues al parecer no— respondí.

—Claro que sí, no habrá ganado aún el Azul, pero me han traído suerte, buenos años, buena vida, hoy, por ejemplo, me acompañaron a conocerte— Dijo coqueto.

—Ah, pues entonces no está mal el talismán, sino el que lo calza. En vez de usarlos tú, préstaselos a Tomás Boy.

—Pues sí— Respondió a media carcajada —Con suerte, así no lo mojan.

Un beso

Lulú Petite

 
 
 
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