“Tarde o temprano” Por Lulú Petite

Lulú encuentra una apasionada solución para resolver un gran dilema
Lulú Petite
18/09/2014 - 03:00

Querido diario: 

La boca besa, la boca dice, la boca sonríe, come, canta, bebe, grita, mama, lame, muerde, sopla... Si los ojos son ventanas, la boca es la puerta del alma. Me puse de puntitas, porque él estaba altísimo, imagínate, un metro noventa y ocho centímetros ¡descalzo! Yo, con mis más altos tacones, le podría servir apenas de recargadera para que hiciera el saludo a la bandera.

Él se dobló hacia mí. Buscó mis labios. Así es el sexo, cuando es bueno siempre empieza en los labios. Una puede saber cuándo un acostón valdrá la pena, apenas sientes el primer beso, el sabor de la otra boca, la forma en que te toca, cómo se mueve y te envuelve. Un beso lo predice todo. Éste predijo una tarde sin comparación, y me alegra decir que acertó por completo.

Me sorprendí cuando le vi por primera vez, porque el chavo en cuestión era altísimo. Tanto, que cuando pasó por la puerta pensé que se iba a pegar contra el marco. Me saludó, intercambiamos palabras y antes de que me diera cuenta ya llevábamos un rato largo boca contra boca. Bajé mi mano y acaricié por encima de la ropa. Salté y todo al darme cuenta: tenía un pene descomunal, de esos que no se tocan a menudo. Era impresionante. Yo creo que si me cortaran la mano, lo que quedara de muñón sería como ese pene.

Nos desvestimos y pude verlo de primera mano (la mía, rodeándolo con la mano, examinándolo de punta a punta). Estábamos bien calientes, y sus grandes manos se deslizaban por mi piel como seda. Su boca visitaba rincones de mi cuerpo casi elegidos al azar. Me arañó la espalda suavemente, como gatito, y chupó mis dos pezones hasta dejarlos paraditos y duros como piedras. Sopló sobre ellos mientras aún estaban mojados con su saliva, para hacerme estremecer con su aliento. Para cuando los largos dedos se aventuraron entre mis muslos, yo ya estaba bien mojadita. Me acarició al tiempo que me besaba el cuello hasta que me retorcí bajo él, pidiendo más.

Le puse el condón y me abrí bien de piernas para acoger al monstruo. Como me había parecido desde el primer momento, no entró. Él lo intentó con suavidad para no hacerme daño, y al final cambiamos posiciones y me tocó a mí montármele con mucho cuidado y ni así. No me cabía. Puso una cara de decepción que me enterneció, pero no podía cederle en eso. Digo, una no está preparada para un parto a la inversa y luego capaz que me entra semejante gigante y me deja incapacitada para atender toda la semana...

Como nadie quiere eso, llegamos a un muy civilizado acuerdo. La boca humana ofrece mil recursos, y la de una servidora los sabe dar.

Le di besos en los labios, para consolarle y porque los teníamos suaves e irritados por la fricción, rosaditos, hinchados. Le di besos en el cuello, en su clavícula sobresaliente, en el pecho, en los pezones pequeños. La lujuria llenaba sus ojos, pero seguí bajando despacito. Besé la tersa piel de su vientre, apoyando las manos en sus caderas. Rocé con los labios la suave piel que cubre el espacio entre el ombligo y la ingle.

Luego le cogí el miembro y besé la punta, y luego me la metí en la boca. Gimió. Me costaba mucho manejarme con ella, pero entre labios y chocolate molinillo me las arreglé para dejarle a punto de caramelo.

Nos decidimos por un clásico: el sesenta y nueve. Por muy decepcionados que nos dejara la imposibilidad vaginal, ni él ni yo nos habíamos calentado para nada, así que me acosté sobre él, agarrando al monstruo para tenerlo bajo mi control y asegurándome de que él tuviera bien cerca mi conchita.

Tenía una lengua ágil. Recorrió toda mi longitud, asegurándose de mimar cada milímetro cuadrado. Casi pierdo la cabeza, pero conseguí reunir la suficiente concentración para devolver el placer que me estaba proporcionando. Relajé la lengua para cubrir el glande con ella, chupé, lamí, me afané. Con las manos toqué aquel mástil, acariciando la delicada piel. A medida que me acercaba al orgasmo por la divina boquita del muchacho, iba perdiendo el control y jalaba frenéticamente su miembro mientras me venía en su boca, cerré los ojos. Cuando los abrí, vi que había llenado el preservativo al mismo tiempo.

Me gustan los miembros grandes, pero no tanto que lastimen. De plano, no nací para el masoquismo. Debo admitir que el hombre besa delicioso. Ojalá pronto encuentre una noviecita con vagina expandible y sean felices para siempre porque, hasta donde me contó, eso le pasa siempre, cuando está en la cama, a las chavas las lastima. He visto varios casos así y ni modo, es la anatomía a un iPhone5 no lo puedes cargar con un cable para iPhone4. Así y todo, no se debe perder la esperanza; todo yin tiene su yang, y todo XXL encuentra su “Garganta Profunda” tarde o temprano.

Hasta el martes

Lulú Petite 

 

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