¿Cómo demonios...? Por Lulú Petite

Lulú Petite
18/08/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: La habitación es espectacular, con temperatura aclimatada, una enorme cama circular, luz tenue y un techo con espejos. Entro y lo veo sentado en el borde de la cama, con cara de niño bueno. Es una de las cosas que me gustan cuando salgo del Distrito Federal, los hoteles con este tipo de detalles entre cachondos y perversos.

—Hola, guapo. Perdón por la tardanza, hubo tráfico al salir del DF ¿Tenías ganas de verme?

—Como no tienes idea, Lulú —dice él, invitándome a sentarme en sus piernas.

Está vestido con traje gris plomo, camisa blanca y corbata. Dejo el bolso en la mesa de noche y me siento en su regazo, no sin antes estamparle un beso apasionado en sus labios gruesos. Pone su mano en mi muslo y la va moviendo en ascenso, hacia mi monte de Venus. Palpa mi sexo por encima del calzón, como si diera justo en el clavo. Hunde suavemente dos dedos y acaricia mi vulva, que comenzaba a hincharse y humedecerse. Lo voy desvistiendo poco a poco, pasando mi lengua por el borde de sus orejas. Puedo sentirlo erizarse como un pavorreal. Él se deja consentir mientras beso las vetas en los músculos de su cuello. Huele a loción, muy rico. Su cabello es ondulado y espeso, y se confunde con el mío mientras nos comemos a besos.

—Estás muy tenso —digo, y me acomodo en la cama, abrazándolo por detrás con las piernas abiertas.

Mis senos presionan su espalda. Él se apoya en mí y siento el peso de su torso. Tiene la piel muy suave. Masajeo sus hombros anchos, estrujando con los pulgares esos nuditos que se les hacen a todos los hombres de negocios. Tiene pecas en los omoplatos que parecían gotitas de almíbar. Con menos tensión en su espalda y más en su miembro, se puso de pie.

El cliente es increíblemente guapo. Un moreno fornido como un espartano. Lleva barba poblada, muy bien cuidada y muy negra. Se quita el traje y lo arroja sobre la cama. Me acaricia las piernas y me dice que me deje los tacones. Luego me besa. Sus labios son carnosos, apetecibles. Provoca morderlos al tacto. Su lengua es larga y experta. Me dice que me ponga de cuclillas. Él está de pie como si fuera la estatua de algún ídolo pagano. Admiro su virilidad, que ya está lista, enorme, erecta.

—Hazlo bien despacito —pide con voz acompasada, tocándose el bulto que se levanta bajo su pantalón—. No tenemos prisa.

Su voz acaricia mis sentidos. Me entrega un condón con lubricante sabor a fresa. Lo saco del envoltorio y me inclino hacia su entrepierna. Corono su miembro con el preservativo, oprimiendo con mis dedos la puntita de goma.

—Muy bien —continúa él—. Sigue.

Me encanta cuando hombres así dan órdenes. Su tono no es ofensivo, sino firme, seguro.

Poso mis labios sobre él, sin tocar nada que no esté protegido por el látex. Es ácido y dulce, divino. Empujo mi boca hacia abajo y voy desenrollando el condón, que va calzando perfectamente sobre su piel.

—Oh, Lulú, continúa, por favor, me estás volviendo loco —dice él, y yo me imagino su cara distorsionada por una mueca, con los ojos fuera de órbita, padeciendo el placer que le provoco con la profundidad de mi garganta.

Aprieto con la lengua y succiono con fuerza. Esto le fascina, lo sé. Lo siento crecer, oprimiendo mi paladar contra los embates de su hombría, su textura, sus venas que palpitan dentro de mi boca como un animal vivo. Soy extremadamente cuidadosa. Sé que no le gusta cuando uso los dientes, porque podría maltratarlo. Mis labios suben y bajan, suben y bajan, acariciando. Con la mano mimo su jugoso cuerpo. Él acaricia mi cabello y mi cuello, empujando con cuidado su pelvis hacia mí. Está más que listo para el acto.

Me pongo de pie. Él aprieta mis senos. Mis pezones están endurecidos como botones de madera. Arqueo la espalda y retrocedo para encajarme en su estaca. Primero la punta, luego el resto. Su miembro se abre espacio entre mis paredes. Mis nalgas rebotan en su ingle.

—Qué rico, Lulú. Por favor no pares.

—Tú tampoco —le digo yo gimiendo.

Su aliento es cálido en mi nuca. Estoy derretida, con la piel de gallina. Sus dedos se aferran a mi cadera y me aprietan suavemente. Me atrae hacia él, una y otra vez, taladrándome hasta la médula.  Gotas de sudor se deslizan por mi pecho, por mi columna. Cierro los ojos y estiro los brazos hacia atrás. Lo agarro por las nalgas y lo jalo hacia mí, pegándolo bien cerquita, para que entre hasta el fondo.

Me abrazo a su cuerpo como una rémora y enrosco los tobillos en la parte baja de su espalda. Él entra más a fondo con su enorme máquina. Sus brazos se apoyan a los lados de mi cabeza y lo proyectan en ángulo hacia mi cadera. 

Puedo ver su reflejo en el espejo. Sus nalgas comprimiendo su fuerza hasta lo más hondo de mi vagina. Lo siento vibrar dentro, bombear a borbotones. 

Él se estremece por un instante, luego vuelve en sí.

Retomando la respiración, alzo la vista y veo nuestro reflejo en el espejo del techo. Enfoco su cara justo cuando abre los ojos. Se ve contento. 

¿Cómo demonios me dijo que se llamaba?

Un beso

Lulú Petite

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