Te extrañaba

Relata Lulú en su diario otro de sus encuentros
Lulú Petite
18/03/2014 - 03:00

Querido diario: 

Sentí la erección al tocar sus pantalones. ¿No te gusta? Cuando vas a hacer el amor, tocar entre sus piernas y sentir su disposición. Si se trata de una chica, sentir cómo nos humedecemos, cómo la lubricación no deja disimular nuestro entusiasmo. Si se trata de un hombre, una erección es lo más elocuente. Ni cómo fingirla. Cuando sientes ese trozo de lujuria endurecido, sabes que por las venas va corriendo la brasa del deseo. A mí me enciende besar a un hombre y verificar, tocando su entrepierna, si se está cocinando una penetración placentera, si está creciendo entre sus muslos la cánula con que habrá de empalarme, de hacerme sentir el placer sublime de la carne.

Nos desnudamos. Son estos días en los que el calor empieza a hacer estragos. No sé a qué temperatura estábamos, pero ya comenzaba a sentirse la inclemencia incendiaria de la temporada de calores. Afortunadamente, la habitación estaba fresca. Como en un lugar distante del horno de la calle: el tráfico, los coches, el gentío. Allí todo era calma y equilibrio. Una habitación limpia, una cama para dos, el olor a aromatizante neutro que usan en los moteles y su sonrisa, su aliento fresco, sus besos, su erección.

Él estaba descalzo, con un pantalón de mezclilla y una camisa de lino, fresca y bonita. Olía rico. Yo traía un vestido de una sola pieza, zapatillas y lencería. Desnudarnos fue fácil para ambos.

Caminamos besándonos hasta la cama. Él apretando mis senos suavemente, yo hundiendo mis uñas entre el pelo de su pecho, tupido, encanecido, viril.

Brincamos a la cama como dos adolescentes excitados. Él me puso boca arriba y, después de besar mis labios con una pasión inusual, apretó mis senos con ambas manos y se los llevó a la boca ansioso. Mis pezones estaban petrificados y muy sensibles, las descargas de placer que me provocaban sus labios me hacían retorcerme como una gatita escurridiza.

Entonces puso mis rodillas sobre sus hombros y, doblándose por completo hacia mi sexo, clavó su cara y se comió mi clítoris con tanta destreza, que no tardé en sentir los espasmos del primer orgasmo.

Aun así, no dejó de lamer mi sexo. Lo hacía tan bien que el placer era desbordante. ¿Te ha sucedido qué alguna vez experimentas un placer tan extremo que rebasa tu umbral de tolerancia y se vuelve insoportable?

Así me pasó. Durante el orgasmo, e inmediatamente después de éste, quedan las terminales nerviosas tan sensibles que, a veces, necesitas parar. Sentir más estímulos en una parte de tu cuerpo que ha alcanzado el mayor placer se convierte en algo confuso. Experimentas una sensación tan satisfactoria que no es posible soportarla.

Así me sentía antes de que él lograra sacarme un segundo orgasmo, tan potente como el primero y sin saber siquiera cómo había yo podido resistir a tan tormentosa delicia. Me quedé boca arriba, mirando al techo y temblando. Sin fuerza para levantarme y todavía con la hipersensibilidad de los clímax recién vividos.

—Me toca hacerte gozar, le dije cuando pude recuperar el aire.

Me levanté y deteniéndome con manos y rodillas avancé hacia él, a recoger de sus labios un beso que sabía a mi orgasmo. Seguí repartiendo besos por su cuello, por sus mejillas, en sus hombros. Se estremeció cuando lamí sus tetillas masculinas, tupidas de cabellos blancos oliendo a limpio. Besé su vientre, lamí el contorno de su ombligo y la parte en sus muslos que se juntan con la pelvis. Tomé entonces su miembro con mi mano y comencé a masajearlo.

Mi brazo se movía despacio hacia arriba y hacia abajo empuñando la piel suave y tibia de su perfecta erección. Me pidió que siguiera así mientras se retorcía y acariciaba mi cuerpo, que había enroscado alrededor suyo.

Lo escuché gemir, mientras sus manos buscaban en mi cuerpo las caricias más precisas. Apretándome las nalgas, acariciándome el cabello, la espalda, las piernas, los pechos.

Seguí masturbándolo, cada vez a un ritmo más acelerado. Me pidió que no parara, que lo besara y siguiera con la mano atendiendo ese pedazo de carne que cada vez sentía más duro y caliente. Yo estaba de lado, prácticamente montada en él, con la mano derecha en frenético movimiento jalándole el sexo y mis labios siendo devorados por sus besos ansiosos, cuando de pronto, endureció cada uno de sus músculos y, ahogando el grito en un beso, disparó un chorro tibio que le cayó en su pecho y hombros. Fue un orgasmo copioso y entusiasta.

Antes de volver a la cama nos dimos una ducha. Me encantan los hombres pulcros. Nos acostamos de nuevo, él boca arriba, yo de lado, con mis piernas trenzadas en las suyas, mi mano en su pecho y mis labios entreabiertos, pidiéndole un beso.

Cuando me lo dio, comenzamos de nuevo a hacer el amor.

—Te extrañaba, le dije.

Hasta el jueves

Lulú Petite 

 

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