¡Qué descaro!

Un viejo conocido sorprende a Lulú de la peor manera posible
Lulú Petite
18/02/2016 - 00:21

Querido diario: Sus labios saben a sal. Pero rico. Su aliento es fresco y él impecable, como siempre, pero sus besos tenían ese sabor saladito que apenas recordaba.

Pero todo comenzó más temprano. En diciembre, cuando estás dispuesta a prometerlo todo, Luisa, mi amiga, juró a las 12  uvas que en 2016 cumpliría el propósito de ir al gimnasio. Claro, por algo enero es el mes en el que más personas se inscriben y febrero en el que más se dan de baja. Las primeras semanas me acompañó, después seguí sola, pero esta mañana crucé el pasillo y toqué a su puerta. Abrió de mala gana, con una cara de cruda monumental.

—No le saques —le propiné, obligándola a vestirse. 

Una hora después estábamos en el gimnasio. Para calentar, nos montamos en unas caminadoras mientras veíamos pasar a los hombres. Era todo un espectáculo. Algunos mostraban sus brazos hervidos en músculos, sus piernas poderosas. Lo divertido de salir con Luisa a cualquier lado es que ‘le valen gorro’ los modales, no conoce la pena, así que a los guapos les lanzaba discretos piropos. Era muy chistoso verlos con cara de sorpresa, sonriendo apenados, incapaces de disimular el ‘sacón de onda’ o algunos muy ‘mamilas’ sin siquiera devolverle el gesto a mi amiga, quien se divertía con sus travesuras. Yo no sabía dónde meterme. Me reía de vergüenza.

En eso pasó frente a nosotras alguien sumamente familiar. Llevaba unos tenis nuevos. Sus piernas eran casi lampiñas y estaban muy torneadas. Las pompas surgían de su pantaloncillo de algodón como dos colinas redonditas y suaves que daban ganas de comerse a mordiscos. Caminaba muy erguido y lentamente, como un modelo. Su espalda ancha llenaba una playera negra con el logo de los Broncos de Denver (Será que están de moda). Sabía quién era y estaba bastante segura de que también me había reconocido a mí. Pero nos quedamos congelados, incapaces de saludarnos, cuando Luisa le disparó uno de sus imprudentes piropos. ¡Trágame tierra!

Era un cliente que no veía hace tiempo. Se llama Alfonso y tiene cuarenta y pocos años. Fue uno de mis primeros clientes al hacerme independiente. Muy bueno para los negocios. Se suponía que se había mudado fuera del país, por lo que en principio dudé. Pero era él. 

De todos los gimnasios del DF tenía que encontrarlo en el mío justo el día en el que saqué a Luisa de su letargo.

Nos saludamos con la mirada, no era para tanto. En otras ocasiones me he encontrado a clientes en circunstancias variadas. Lo mejor es hacer como si nada. La discreción es clave en este negocio. De todos modos, que mi amiga le ‘echara los perros’ fue penoso. El resto del día transcurrió sin mayores sobresaltos. Pero en la noche llamó Alfonso. Tenía un número nuevo, pero su voz seguía siendo la misma. Ahora era más que evidente que me había visto. Quedamos para el día siguiente.

Empezó con excusas, pero yo no las necesitaba. Me dijo que no estaba seguro de si era yo, pues había pasado mucho tiempo.

—Se nota —dije viéndolo a los ojos. Entonces me dio un beso con esos labios salados, puso su mano en mis nalgas y apretó mi cuerpo contra el suyo, haciéndome sentir su entrepierna.

Era como si hubiera montado una carpa bajo su pantalón. Empecé por quitarle el saco, luego vino el resto, y cuando ya los dos estábamos en pelotas, le puse un condón y, de rodillas, comencé a saborear su hombría.

Él, de pie en el centro de la habitación, empezó a gemir. Mis labios cubrían su miembro, tal como lo recordaba. Lo sentía palpitar entre mi paladar y mi lengua.

Me levantó entonces y, entre besos, rodamos por la cama y comenzó a tocarme en los puntos neurálgicos. Lo enrollé con las piernas por encima de su cadera y su arpón erecto penetró sin más preámbulos. Nuestra unión se tornó cálida y húmeda. Mis pezones trinaron en sus dedos. La piel de mi cuello se erizó en sus labios, que dejaban escapar gemidos como bufidos de pasión animal. Posé mis manos en su pecho y clavé las uñas cuando nos entregamos al caos del clímax, extasiados y exhaustos.

Apoyé la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Nos quedamos en silencio un rato, hasta que se atrevió a preguntar:

Quería saber de Luisa, mi amiga, la que lo piropeó. Preguntaba con pena, como queriendo ‘meter aguja para sacar hilo’. No ‘iba al grano’ y yo tampoco estaba dispuesta a facilitarle las cosas. Me dijo entonces que le había dado gusto verme y que la situación le pareció de lo más cómica, entonces empezó a hablar, como no queriendo la cosa, de Luisa.

Me preguntó su nombre. Me dijo que le había llamado la atención. Quería saber si trabajaba como yo, si podía conocerla. Cuando dijo lo que quería decir, se soltó como ametralladora.

Le dije que no ¡Mira, qué descaro! Es cierto, Luisa no trabaja en esto y si probablemente se hubiera acercado a nosotras, los pude haber presentado, pero… ¿preguntarme por ella después de coger?

¡No! Hasta para eso hay que tener tacto. Nos despedimos. Creo que no volveré a verlo.

Un beso 

Lulú Petite

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