Ya estaba amaneciendo

La noche se pasa volando para Lulú cuando acude a un encuentro inesperado
Lulú Petite
17/07/2014 - 03:00

Querido diario: 

Aunque ya era muy tarde, cuando sonó el teléfono estaba despierta y lista para trabajar. Era Eric que quería verme. Él es un buen amante y un buen cliente, muy noche ya no atiendo, pero con ciertas personas puedo hacer excepciones. Quedamos de vernos, él ya iba rumbo al motel, así que debía darme prisa.

Un trabajo como el mío también demanda disciplina. Es necesario ir al gimnasio, mantenerse en forma, comer sanamente, estar informada, saber tratar a la clientela. La idea es dar un servicio más allá de lo convencional, no un rollo de pisa y corre, sino algo más íntimo, que el cliente se lleve la idea de que le hizo el amor a una novia, a alguien que realmente guarda sentimientos para con él. Para eso hay que trabajar mucho la empatía, aprender a ponerte en el lugar del otro, descubrir qué desea y tratar de dárselo. Los clientes no quieren sólo que les abras las piernas, quieren que les abras el alma, conectarse contigo ¿me explico? Más que a coger, una buena puta debe aprender a escuchar.

De un salto me incorporé y me miré en el espejo que estaba cruzando el pasillo, para retocar el maquillaje. Pronto estuve lista para salir: pantalones ajustados y una blusa blanca con un coqueto escote, una gota de perfume entre los senos, otras bajo las orejas y en el cuello. Cuando recibí la confirmación con el número de habitación tomé las llaves del coche y bajé.

Eric se instaló y me esperó en la cama del motel, junto a un vaso de ron con agua mineral. Me recibió, como de costumbre, con una sonrisa. Vestía un pantalón de casimir negro y camisa blanca. Su piel clara resaltaba con su cabello negro como el azabache, su cuerpo atlético.

Se acercó a mí con una sonrisa y me dio un beso corto y suave, mis manos se hundieron en su cabello y mi boca fue directamente a su oreja, le susurré:

—Hoy te ves muy guapo.

Lo dije con franqueza. Él se apartó y me miró con ternura. Se tumbó en la orilla de la cama, como un esposo que llega luego de un largo día de trabajo. Yo me acerqué a su espalda y le sobé los hombros con firmeza, pero sin decir nada, y comencé a hacerle un masaje. Mis manos se deslizaban por su espalda, por encima de su camisa blanca, por sus hombros, su cuello, su pecho.

Sentía el calor de su piel contra mis manos y cómo se relajaba poco a poco. Me senté entonces sobre sus piernas y acaricié su pecho aun vestido, se sentía tan suave, tan caliente. Podía sentir su corazón palpitar. Con mis dedos rocé la parte posterior de su cuello, me devolví hacia su cara, y suavemente toqué sus labios que estaban entreabiertos, esperando a ser besados.

Mientras acariciaba su cara me besó. Fue un beso húmedo, caliente y palpitante como su pecho. Sentí el sabor del ron en sus labios y poco a poco fui cayendo en sus brazos. Puso su mano sobre mi pecho y notó que mi corazón se aceleraba, me tumbó en la cama y me besó. Sus labios eran tibios y mi piel fría los aceptaba con gusto. Lentamente mi piel comenzó a cambiar de temperatura, sus besos apasionados corrían por mi cuerpo, comenzando por mi boca, bajando por mi cuello, mis senos, mi abdomen... Yo vibraba y sabía que él vibraba conmigo, su respiración cada vez era más acentuada y, besándome, me recorría con sus manos grandes que apretaban mi costado.

Sus dedos traviesos trataron de escurrirse dentro de mis pantalones, pero estaban tan ajustados que resultó imposible. Me levanté para quitármelos. Pasó sus grandes manos por encima de mi lencería y sus dedos entre mis piernas mojadas, calientes y palpitantes. Tocó suavemente mi sexo por encima de la ropa y volvió a subir por mi cuerpo como para que siguiera acumulando el deseo. Lo tomé por la cintura y lo eché en la cama, ahora era yo quien tendría el control. Le besé en la boca mientras desabrochaba su camisa e iba bajando a medida que lo hacía, besé su cuello, su pecho, su abdomen hasta llegar al comienzo de su pantalón.

Le quité el cinturón y bajé hasta la parte más abultada de su pantalón, se sentía rígido y suave a la vez. Sin pensarlo dos veces él tomó mi mano y la hundió sobre su pene, para que sintiera su deseo, para que sintiera el calor que salía de él. Aún con el pantalón puesto le abrí el cierre y metí mi mano, pude sentirlo latir dentro del bóxer color gris que se asomaba.

Lo froté suavemente mientras besaba su ombligo y él deseaba que lo liberara de su ropa rápidamente. Me monte sobre él, que estaba tendido boca arriba en la cama y me senté sobre su miembro aún vestido. Él me quitó la blusa y con sus manos acarició mis senos que esperaban a ser tocados. Sentía mi clítoris contraerse y a su vez sentía su pene creciendo enorme debajo de mí.

—Te la voy a chupar, le dije al oído.

E hicimos el amor como si se tratara de un baile largamente ensayado. Cada caricia, cada beso, cada movimiento eran tan perfectos y estimulantes que terminamos exhaustos. Después del amor estuvimos conversando largamente hasta quedarnos dormidos. Cuando desperté ya estaba amaneciendo.

Hasta el martes

Lulú Petite

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