Tengo algo que decirte

Lulú hace una confesión inesperada al encontrarse con un galán que le movió el tapete
Lulú Petite
17/04/2014 - 04:00

Querido diario: 

No puedes evitar el sentimiento de culpa después de besar al hermano de tu amigo muerto y además disfrutarlo, la duda te ronda la cabeza y no te queda más remedio que echarle la culpa al alcohol, como si un chupe tuviera labios y anduviera de libidinoso. A final de cuentas, sabes que sólo haces peda, lo que no te atreves a hacer sobria, pero nunca lo que no quieres, por eso cuando recibí el mensaje de César: “Muero de ganas de hablar contigo, ¿podemos vernos?”, sudé frío.

En otros tiempos, pude hacerme la distraída, pero en la era del Whatsapp, cuando el remitente sabe con dos méndigas palomitas si ya leíste o no el mensaje que envió, no te queda más que contestar o dejarle saber que te vale madre. En principio me sentí tentada por la segunda opción, pero algo entre la tatema y el pecho, una especie de Pepe Grillo metiche que me habla al oído cuando voy a tomar una decisión riesgosa, me hizo reconocer que yo también necesitaba saber qué onda con anoche. O íbamos a olvidarnos del beso y culpar de todo al vodka o tendríamos que averiguar si había algo más.

  “Ahorita estoy ocupada, ¿me llamas en la tarde?”, respondí para ganar tiempo y poner en orden mis ideas.

“Ok, besos”.

 ¡Caramba!, debo admitir que me gustó el César que conocí anoche, sociable, divertido, dicharachero y bailador. Nada que ver con la idea que me había formado de él, pero… su hermano, lo quise tanto, llegué a pensar que podría enamorarme de él y, sé que también me quiso. Además, César no sabe de mi doble vida. Ya he vivido eso de andarme escondiendo y es terrible. Mat, al menos, me conocía por completo, sin prejuicios ni reproches; su hermano, en cambio, apenas sabe de mí.

 Estoy dándole vueltas al asunto cuando llama el segundo cliente del día. Me queda cerca y puedo ir a verlo.

 El cliente resulta simpático. Platicamos un rato antes de comenzar con lo nuestro, cuando me paro a sacar unos condones de mi bolso él se levanta tras de mí, pone un brazo bajo mis corvas y el otro en mi espalda y trata de alzarme para caer los dos en la cama. Río sin aliento mientras me saca el vestido. Tras dejarme, aparte de los tacones, completamente desnuda, con toda clase de excitantes caricias, se incorpora para desvestirse él y hago ademán de sentarme para ayudarle. El impulso que me da con dos dedos en el esternón me devuelve al colchón sin dolor pero con firmeza.

—Déjame.

  Le dejo. No tarda demasiado, y ni por un segundo aparta la mirada de mí, con el rostro sombreado con un matiz malicioso, lascivo. Sus profundos ojos recorren mi rostro, mi cuello, mis senos, deteniéndose sin pudor en los erectos pezones. Bajan por mi vientre.

 Salta sobre mí con hambre, y dirige la boca a un pecho, estimulándolo con sus finos labios y arrancándome un tenue gemido. Lo que me sorprende es la mano que de pronto invade mi intimidad.

 Tiene la piel blanca como la leche, cubierta de pecas, y escaso vello. Aprecio la suavidad de sus muslos antes de ponerle el preservativo; tengo un no sé qué hacia los muslos masculinos. Me preocupa un poco el tamaño; debe de medir casi 20 centímetros y es de un grosor considerable; a pesar de todo, un pene de esas dimensiones siempre es un reto. Cuando me indica que vuelva a la postura de antes, me retiro hasta la cabecera de la cama y me abro desvergonzadamente de piernas. Se lame los labios al verme.

 Al principio duele. Él va despacio, pero seguro, y siento que me contraigo a su alrededor, y no que me rompo, cosa que es un alivio. Entra hasta el final, me llena, y jadea. Y entonces empieza el vaivén.

 Para ser sincera, poco recuerdo más allá del afán con el que me aferré a él. Sólo podía concentrarme en las pecas de su hombro derecho. Cuando me vino el orgasmo, acompañado de ligeros espasmos incontrolables (porque lo disfruté, y mucho), le tocó a él poco después, y jadeaba humedeciéndome el cuello con su aliento. Aún permaneció un rato así, sobre mí, en mí, rodeándome y penetrándome, mientras nos recuperábamos.

 —Hola, me dice César cuando abro la puerta de mi casa. Me invitó a cenar. Nuestras miradas se cruzan esquivas y en nuestros rostros lucen las sonrisas pícaras de quienes se saben cómplices de una travesura.

 Lo saludo con un beso en la mejilla. No sé si quiero sus labios. ¿Por dónde irá la conversación? “La pasé muy bien anoche… yo también… me gustas… tú a mí… fue una sorpresa… y el beso… no fue planeado, pero lo volvería a hacer… bla, bla, bla...”

Seguramente terminaríamos hablando de Mat, me preguntaría cuál era mi relación con él, si a él no le molestaría, si querría que fuéramos felices. Nos sentiríamos culpables, recordaría mi secreto, ése que Mat sí conocía, pero que a César no he contado, ése que nunca es el momento para decir, cuando los conozco, porque es muy pronto, cuando ya hay algo, porque es muy tarde. Imagino la conversación y siento ganas de dar media vuelta, de salir corriendo, él sin embargo, abre la puerta de su coche y me ayuda a entrar. Da la vuelta, se sube, lo enciende y voltea a mirarme.

—La pasé muy bien anoche, me dice sonriendo.

—Tengo algo que decirte, digo a quemarropa, mirando al parabrisas, respiro hondo y suelto:

—Soy prostituta.

 

 

Hasta el martes

Lulú Petite

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