Luisa me tira el chon

Era puro roble. Y estaba caliente. Él tenía el cuerpo todo enrojecido y también estaba muy caliente, hirviendo en deseo
Lulú Petite
17/03/2016 - 05:00

Querido diario:  Luisa y  Carolina son dos buenas amigas. Hace tiempo salía con ellas un fin de semana y otro también, pero ese ritmo terminó por desquiciarme. Ahora sólo lo hacemos de vez en cuando. No son escorts, como yo, pero también son sexualmente muy liberales. Igual cogen lo más que pueden, la diferencia es que no cobran, puro amor al arte. Luisa sabe a qué me dedico; Carolina, no. Luisa es abiertamente bisexual; a Carolina le gustan los hombres, pero creo que en una de esas no se quedaría con las ganas de probar unos labios femeninos (y también una boca).

A las dos las aprecio. Luisa a veces me tira la onda y, bueno, es divertido. Nunca se ha pasado de los coqueteos y, a pesar de saber todos mis secretos, no ha intentado meterse en mi cama. Me encanta contar con ella, sobre todo porque sólo debo cruzar el pasillo para verla. Hoy vinieron juntas a mi casa con una botella de tequila.

Les sonrío. Luisa me entrega la botella como si fuera su boleto de entrada y vuelve a mirar a Carolina, quien está sonriendo con complicidad. Luisa pasa como si estuviera en su casa, toma tres vasos, mezcla el hielo, tequila, refresco de toronja y un pellizco de sal, mientras explica por qué piensa que Keanu Reeves debe ser dinamita en la cama, como pretexto para convencernos de que veamos ‘The Matrix’.

Digamos que es costumbre. No es que tenga algo de especial esa película, pero a ella le gusta ponerla como si fuera música de fondo.

Retorno al sofá con las palomitas y nos sentamos a ver sin ver. Comenzamos a platicar de todo y nada, a reír y contar tonterías sin prestarle atención a la película. Cuando llega la escena en la que el protagonista debe decidir entre una pastilla azul y una roja, Luisa dice:

—Ojalá hubiera una pastilla para esto.

Yo sé que no lo dijo en serio, pero me hizo pensar: Tener la oportunidad de elegir entre una dolorosa verdad de la realidad (píldora roja) o la dichosa felicidad de la mentira (píldora azul). Si hay algo que tengo claro es que prefiero mil veces tomar acciones en vez de tomar pastillas. ¿Hay algo para lo que no exista una píldora? A veces son una mera promesa, y muchas veces las promesas son decepcionantes.

Recordé entonces que recientemente me eché a un cliente peculiar llamado Sebastián. Es publicista. Trabaja en imagen corporativa y todo ese rollo. Es un diseñador de profesión, un experto en publicidad y bastante estrafalario, por no decir otra cosa. Me divertí con él.

Resulta que Sebastián, un cincuentón moderno, medio chaparrito y con pinta de osito de peluche, toma pastillas como si fueran el oxígeno que le falta para vivir. La neta. Para todo: Para su docena de alergias, para el corazón, para el hígado, para la digestión, para dormirse, para despertarse, para que no se le olviden las cosas o para olvidarlas a gusto. A veces toma una que anula los efectos de otra, por lo que tiene que ser muy riguroso con los horarios y las dosis.

Obviamente toma la pastillita azul para que su ‘amigo’ salga a jugar a papá y mamá con las niñas. 

En fin, aquel buen día resultó que entre tanta ingesta de pepas no reparó en que una hora atrás ya se había suministrado el combustible y en vez de una, terminó tragándose dos. Al primer balazo con su amante de siempre, una colega de su agencia, medio apaciguó su calentura, pero cuando la otra pastilla empezó a hacer efecto, supo que algo raro había pasado. Hubiera vuelto a llamar a la güerita para un segundo round, pero sabía que ya no estaba disponible. Tampoco quería desperdiciar semejante impulso con una simple chaqueta. Se le prendió el foco y decidió llamarme. Supongo que un doctor podía ayudarlo también, pero yo le parecí una mejor opción.

—Necesito ayuda con esto —dijo señalándose la carpa montada en su bóxer.

—A ver qué podemos hacer —respondí.

Estábamos ante una urgencia, así que sin mediar más palabras me quité la ropa y me acerqué para sentir la intensidad de su erección. Era puro roble. Y estaba caliente. Él tenía el cuerpo todo enrojecido y también estaba muy caliente, hirviendo en deseo. Se abalanzó encima de mí y abrió el paquetito del preservativo. Se enfundó la goma con un tirón y me lamió allá abajo para humedecer la zona. Su vello facial acariciaba mi vulva como una cosquillita deliciosa, descargando una vendaval de sensaciones. Sin más ni menos me penetró a fondo. Clavando sus dedos en mi cadera, empujó su miembro hasta la raíz. Se meneaba como batidora,  impulsándose con los tobillos y apoyando los pies en el copete de la cama. Rodamos, haciéndolo de lo lindo. Mis senos convulsionaban en sus manos diestras. Encima de él, me encajé su pala entera, gimiendo y exhalando de deseo. Duramos un buen rato y al final logré domar los efectos de la pastilla. Acabó a tiempo para tomarse otra pastilla que le tocaba.

—Calcio —dijo—. Tengo una deficiencia.

—Ya veo por qué —contesté  aún agitada, observando la punta llenita del condón.

Por cierto, de vuelta al presente, Carolina nunca entiende ‘The Matrix’, a pesar de que a estas alturas se sabe los diálogos de memoria. Ella sólo le tiene ganitas a Keanu. Yo también me lo daba. Luisa, quien parece más contenta con nuestro ritual, sin duda, repite como para sí misma: —¿Será que existe una pastilla para cumplir las fantasías? Creo que no.

Hasta el martes 

Lulú Petite

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