“A ver el mar”, por Lulú Petite

No puedo negarlo, no tener ni la menor idea de con quién te vas a meter a la cama es una incertidumbre que calienta
Lulú Petite
17/03/2015 - 03:00

Querido diario: Una de las cosas que distinguen mi trabajo es la incertidumbre. Nunca sabes a quién atenderás. Cuando un cliente llama, por su voz te haces  una idea vaga de la persona que está al otro lado de la línea. Igual no deja de ser un poco morboso prepararte para tener sexo con alguien a quien jamás has visto y de quien no sabes nada.

Es que, además, a la hora de la llamada es el cliente quien pregunta: ¿Cuánto, cómo, dónde, qué incluye, cuánto dura? Ellos han visto mis fotos en internet, conocen mis medidas, estatura y peso, si han leído lo que escribo saben incluso detalles íntimos de mi vida, para mí en cambio, cada cliente nuevo es un misterio. No sé cómo es, qué le gusta, qué edad tiene, nada. Además, no puedo preguntarle ni pedirle que se describa. Simplemente sé que un ser humano y me está llamando para que me encuentre con él en un motel.

Claro, cerrado el trato no pienso en los detalles. ¿Quién será la persona que en un rato me comeré a besos? ¿Cómo serán sus manos, su cuerpo, su pene? ¿Estará contento? ¿Sabrá hacer el amor? ¿A qué olerá? Nada de eso, si es una cita de trabajo, sólo piensas en llegar a tiempo y cumplir.

Cuando un cliente me dice en qué habitación está no me pongo a pensar en él, sino en mí. En la lencería que me pondré, la ropa que usaré, en mi maquillaje y peinado, en usar desodorante, poner unas gotas de perfume en los lugares estratégicos, en lavarme los dientes y quedar lo más linda posible. En cuidar los detalles para gustarle a esa persona cuya apariencia no conozco ni imagino, pero que unos momentos después pondrá sus manos en mi piel, sus labios en los míos, me quitará la ropa y se meterá en mi cuerpo, hundiéndome su sexo hasta saciar su apetito. No puedo negarlo, no tener ni la menor idea de con quién te vas a meter a la cama es una incertidumbre que calienta.

Era apenas poco más de la una de la tarde. El tráfico estaba relativamente tranquilo a pesar de la incesante lluvia. Subí al tercer piso, caminé por el pasillo y llamé a la puerta en la habitación 312.

Creo que alcé las cejas y empalidecí cuando me abrió la puerta un hombre con todos los años del mundo.

No quiero explicarme mal. Estoy hablando de un hombre realmente grande, todo un abuelito. Muchas veces me contratan clientes de más de sesenta años, pero a decir verdad, con los avances médicos de hoy en día no sólo tienen un espléndido desempeño sexual, sino que están en perfecto estado físico. Fuertes, inteligentes, maduros, plenos, con estabilidad en todos los aspectos de su vida.

Por eso, un hombre de más de sesenta no me parece de ningún modo viejo. Cuando te digo que quien me abrió era un anciano, es porque realmente parecía Matusalén.

Muy delgado, bajito y encorvado. Con una boina cubriendo su calva, una sonrisa postiza, los ojos chiquitos y rodeados de profundos surcos. Su caminar era lento y sus manos temblaban un poco, tenía en ellas varias manchas de la edad y muchas arrugas. Me saludó con una caballerosidad que rayaba en la timidez.

Disimulando mi sorpresa con una sonrisa, nos sentamos y comenzamos a conversar. Lo que más me preocupaba no era su desempeño o que disfrutara del encuentro, con un hombre de su edad quería estar segura de que si algo se le iba a parar estaría entre sus piernas, no en el pecho.

No es mala onda, pero pasada cierta edad, cualquier agitación puede ser un riesgo.

Supe que era necesario hacer preguntas cuando me empezó a acariciar la pierna, subiendo mi falda unos centímetros. Después de todo, si vas a saltar de un bungee, a colgar de una tirolesa o lanzarte con un paracaídas, debes firmar una carta de conocimiento de riesgos, no sería menos en casos como éste.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunté con franqueza.

—Noventaitrés —respondió con su mano en mi muslo, subiendo un poco más la falda.

—Y… ¿Cómo estás de salud? ¿No es riesgoso a tu edad tener estas… emociones? —pregunté buscando las palabras más suaves para averiguar si no había riesgo de que se me quedara tieso en el acto.

—A mi edad, hija, he aprendido que las emociones más riesgosas son las que valen la pena, pero igual el cuerpo no me da como para hacerte el amor.

—¿Y qué haremos entonces? —pregunté.

—Pues ya tampoco puedo nadar, pero sigo disfrutando de sentarme a ver el mar desde la playa —dijo sonriendo y me subió la falda más, acariciándome entre las piernas con mucha suavidad.

—Sólo quiero verte desnuda y que acaricies mi cuerpo un rato —dijo sonriendo.

Le ayudé a quitarse la ropa y él hizo lo mismo conmigo. Entre tiernos besos y caricias quedamos completamente desnudos, él tenía todo el pelo blanco, el de sus sienes, el de su cara, su pecho, sus brazos, los de su miembro. Todo estaba cubierto de canas. Se veía frágil, pero su sonrisa era de adolescente.

Nos tocamos largo rato, él acarició mi cuerpo, besó mis labios, mis pechos, mis piernas. Yo le di un masaje suave. Conversamos largamente y me encantó pasar un rato con él en pícara calma, como viendo el mar.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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