“Cincuenta sombras”, por Lulú Petite

Estar atada de pies y manos, que me venden los ojos y vaya repartiendo caricias, besos, secreciones por mi cuerpo expuesto e indefenso, puede ser algo que me ponga de lo más caliente que el sol
17/02/2015 - 03:00

Querido diario: Se la masturbé un rato moviéndome sobre él. ¿Alguna vez has atado a un hombre para hacerle el amor? Yo sí y me divierte. Después de todo, él me lo pidió, era su fantasía y su dinero.

Con el estreno de la película, se volvieron a poner de moda “Las Cincuenta sombras de Grey”, he de confesar que, para ahorrarme filas la veré hasta la próxima semana, pero para no quedarme con la curiosidad, hace tiempo leí el libro. Anastacia Steel y su narración íntima, de cómo va siendo seducida por Christian Grey, un excéntrico, joven y guapo millonario que le gusta agarrar a fregadazos a sus novias con la onda del amo y la esclava. Sexo, látigos, mordazas, cuerdas y una habitación roja donde la parejita le pone bien y bonito.

El libro resultó divertido, pero algo fresa para lo que resulta ser el verdadero mundo del BDSM (Bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo).

No es que yo sea una experta. No soy sádica ni masoquista. No me gusta el bondage ni ando por el mundo buscando sexo alternativo, pero tampoco soy mojigata, conozco del tema y si la ocasión se da y es con la persona correcta, puedo experimentar.

Con mi pareja, poniéndonos cachondos, soy capaz de tomarme más libertades. Nada que signifique dolor, pero estar atada de pies y manos, que me venden los ojos y vaya repartiendo caricias, besos, secreciones por mi cuerpo expuesto e indefenso, puede ser algo que me ponga de lo más caliente que el sol.

Claro, por cuestión de seguridad, en una cita de trabajo no dejo que me amarren o venden los ojos. Debo tener todo el tiempo pleno control de mis sentidos, de mis facultades y de mis movimientos. No es desconfianza general, sólo precaución.

Por eso, en el trabajo puedo aceptar ataduras y otras cosas siempre y cuando sea sólo el cliente quien se ate.

En tiempos de El Hada tuve un cliente que le gustaba mucho coger amarrado. Es un hombre de mucha lana con dos fijaciones: Las cuerdas y las mujeres muy jóvenes. Yo en ese entonces cumplía con creces la segunda de sus fijaciones. Cuando me contrataba, le pedía a El Hada que me mandara vestida con mi uniforme de la escuela. El Hada nos había comprado a las más chavitas de su personal uniformes verdaderos de una escuela muy fresita del Distrito Federal, de esas donde van puras niñas bien. Suéter, blusa, falda, calcetas, zapatos, todo era original, de modo que realmente parecía que nos habíamos escapado de clases para ir a hacer travesuras y cumplir las fantasías de nuestra adorable clientela.

Él tenía una casa enorme en las Lomas y un departamento en Polanco. A la casa sólo fui una vez, sus aventuras las tenía generalmente en el departamento, perfectamente acondicionado para sus gustos sexuales. Tenía gente a su servicio que sabía de esos gustos, porque cuando llegaba me recibía un muchacho de ojos rasgados, no oriental, pero sí con alguna ascendencia asiática. Él me conducía a la habitación donde el Don ya me esperaba desnudo y atado.

En una mesa de noche tenía dispuesto un arsenal de juguetes y herramientas para poner sabor a sus gustos y él estaba perfectamente sujeto a aldabas de su cama con cuerdas de hilo y de cáñamo, a veces con brazaletes de cuero en pies, manos y cuello. También había poleas u otras maquinarias que hacían parecer eso algo entre cámara de torturas y cámara del placer.

Él me recibía atado y sumiso, pero le gustaba dar instrucciones. A veces quería los ojos vendados, otras quería verlo todo en un espejo enorme que tenía en el techo, sobre la cama.

Hacíamos el amor con mucha violencia. Él no se movía, ni me tocaba, pero a veces me pedía que le tirara cera caliente en la piel, que le caminara en los muslos con los tacones puestos, que le apretara las pelotas o que pusiera en salva sea su parte, distintas clases de juguetes. Nuca hice nada demasiado violento, no acepté nada que tuviera que ver con asfixia, sangre o drogas, pero una maltratadita bien controlada, si le puse. Pagaba de maravilla, sobra decirlo.

Se la masturbé un rato moviéndome sobre él. Después de todo, él me lo pidió, era su fantasía y su dinero. Lo até como me pidió, él llevaba con qué. La cama del motel no se prestaba mucho para jugar a las ataduras, son camas que no tienen patas, están montadas sobre bases fijas de cemento, supongo que hacen más fácil la limpieza.

Igual nos las arreglamos y quedó razonablemente sujeto a la cama. Entonces me pidió, primero que le pisara la cara. Quería lamer mi pie. Chupar uno a uno cada dedo de mis pies. Lamerme luego la planta y los talones. Me pidió después que me sentara en su cara y le dejara comerse mi sexo. Apenas podía mover los labios y respirar, pero él me pidió que me sentara de plano, que me dejara caer sobre su cara. Fue cuando comencé a masturbarlo.

El hombre gemía, cuando al fin comenzó a contraer los músculos y eyaculó. Fue un chorro potente y copioso que alcanzó buena altura antes de caer en su pecho y en la colcha. Fue divertido.

Un beso

Lulú Petite

 

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