'El aguinaldo', por Lulú Petite

Lulú goza de una buena racha por el fin de año hasta encontrarse con una situación incómoda en una posada
Lulú Petite
16/12/2015 - 22:26

Querido diario: Es oficial, llegaron las fiestas. Los aires navideños comienzan a impregnar los corazones de las personas, incluidos los de mis queridos clientes.

Ayer vi a Humberto. Viene pidiéndome citas desde mis tiempos con El Hada. Es un excelente amante y siempre me la paso de maravilla con él. No es ningún magnate ni nada por el estilo. Todo lo que sé es que es oficinista. Tiene cara de contador y de seguro que es de los buenos, porque sabe rendir su plata de vez en cuando para asegurarse una hora de buen sexo conmigo. Esta vez me explicó que aprovechó la época para darse el gusto.

—Apenas cayeron los aguinaldos, les pellizqué una buena tajada y corrí al teléfono para hablarte —dijo sonriendo pícaramente.

 Supongo que el sentimiento se contagia de muchas formas. Le desanudé la corbata y luego continué con el resto.

 —¿Visitando el gym, Humberto?

 —No m’ija —respondió él—. Estoy más marranito. Empecé a tragar desde principios de agosto como pavo, para llegar a diciembre gordo y no echarle la culpa a las fiestas.

 —A mí me gustas así porque hay más de ti —le dije tocando sus brazos.

 Siempre funciona. A los hombres también les gusta que los piropeen y que les den un cariñito a su autoestima. Además, Humberto exageraba. Sigue siendo guapo a su manera. Un hombre real, ni más ni menos. 

 Me acosté y, al instante, paradito como un soldado, su miembro dio en el blanco. Su peso se sentía riquísimo sobre mí. Me agarré de mis rodillas y dejé que me lo hiciera como quería, en sus términos. Su barba me hacía cosquillas en el cuello y su respiración acompasada resonaba en mi oreja, haciendo que mi piel se erizara por completo. Escurrí mis dedos en su cabello y acaricié su cabeza mientras mi entrepierna se lo zampaba enterito.

 Más tarde, tras un día de arduo trabajo, fui a cambiarme. Me habían invitado a una posada de ex compañeros de la escuela, en casa de Karla, la novia del primo de Miguel. 

 Karla vive en una buena zona al norte de la ciudad y tiene una casa preciosa.

 —¡Llegaron los peregrinos! —gritó David, quien se presentó a la pachanga perfumado en vodka.

 Se lo presenté a Miguel y después, bien bajito y aparte, le expliqué que era mi ex, pero que seguíamos siendo amigos. Miguel arrugó la cara, pero no dijo nada más. Luego examinó a David. En vez de una velita tenía un encendedor con el que prendió un cigarrillo. En vez de cantar, pegó un silbido estilo charro que por fin hizo salir a Karla.

 —Perdón, perdón —dijo al dejarnos pasar—. Estaba en el jardín poniendo la mesa.

 La dueña de la casa había puesto botanas y refrescos. También había una olla con pozole y otra con ponche humeante.

 —Qué sorpresa que vinieron juntos —nos dijo Karla encendiendo la música. No sé si le gusta la idea de que yo salga con el primo de su novio.

 Llenamos de tequila con refresco de toronja nuestros vasos y brindamos por la Navidad, por la juventud y por qué sé yo. En eso, apareció David y metió el brazo en el brindis.

 —¡Y por el amor!

 Volteamos a mirar a David como reclamándole sus impertinencias de borracho navideño y se quedó callado mientras el resto conversábamos. De pronto, como si lo hubieran planeado, Karla y su novio entornaron los ojos y se fueron al jardín.

 —Quisiera otro trago —dije.

 Miguel captó la seña y me dejó sola con David para que me encargara.

 —Tus deseos son órdenes —dijo besándome en el cuello.

 Lo vi preparar los tragos mientras David me decía que no podía evitar sentir celos. Era el colmo. Sé que no me había portado bien con él, pero aquello era innecesario. Puse una mano en su hombro y le dije que sus razonamientos no iban a prosperar. 

 —Estoy con él —le aclaré —Si quieres, cuando no estés pedo, hablamos.

 Entonces el muy bribón sacó sus garritas.

 —¿Y Miguel sabe qué onda con tu trabajo?

 David tampoco sabía cuando salía con él. Se enteró de la peor manera. Me cachó un día hablando con un cliente. Pudo descargar un infierno quemándome con todo mundo, pero su reacción fue diferente. Es un mérito de su enorme humanidad haberse quedado callado, pero de todas maneras no le correspondía a él preguntarme eso. Nunca, desde que lo supo hasta ahora había tocado el tema. Supongo que algo tuvo que ver su borrachera.

 Miguel volvió con el ponche y me preguntó si todo estaba bien. Asentí y me bebí medio vaso antes de arrastrarlo hacia el medio del jardín para bailar en sus brazos. La estábamos pasando bien, después de todo. La fiesta era una locura. Pero al rato nos dimos cuenta de que David no nos quitaba los ojos de encima.

 Miguel se puso un poco rígido, tratando de disimular su incomodidad.

 —Vámonos —dije.

—¿Segura?

—Tengo una posada más amena en mente —susurré.

Me tomó por la mano y atravesamos el jardín y serpenteamos entre la gente hasta salir finalmente de la casa. Nos montamos en su coche y nos fuimos de allí. Paramos en una estación de gasolina. Miguel no tenía efectivo. Yo saqué mi bolsa y escogí dos billetes de un fajo gordo.

—¿Y eso? —me preguntó sorprendido.

—El aguinaldo —contesté acariciando su cuello. No mentía, era un aguinaldo, aunque no fuera el mío.

Besitos

Lulú Petite

[email protected].

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