Lo mío, lo mío, no es la chaqueta

Tenía las manos grandes y los dedos largos. Me atrapaba los senos con un delicado toque
Lulú Petite
16/06/2016 - 05:00

Querido diario:No son ni las seis. Un manto traslúcido de neblina gris cubre los edificios y se deposita en el Valle de México. Veo la ciudad por el retrovisor sumergida en esa nube tóxica de imecas y me alejo por la carretera rumbo a la caseta de La Marquesa. Me voy temprano, porque dicen que hoy vienen los profes de Michoacán y a veces se arma allí una pelotera descomunal. Voy de vuelta a Toluca.

Mi cel suena y atiendo con el manos libres. La voz ronca de mi cliente me confirma que acaba de llegar a su habitación. Me dice el número y que toque tres veces. Llega temprano. Es sumamente difícil calibrar a los hombres que quieren ganarle siempre al tiempo. Por un lado pueden ser ansiosos y es probable que por ese apuro involuntario también se avienten en todo lo demás, incluida la cama, donde suelen descorcharse de volada. Por el otro van por lo seguro. Hombres que no dejan nada al azar. Controladores, serios, machos alfa. En lo que a mí respecta, cualquiera que pague, sepa comportarse y quiera divertirse, es bueno. Ya voy cerca, acelero un poco, doy vuelta en el semáforo y me meto al motel. El joven que abre la pluma me mira con picardía. Siempre atiendo en el mismo lugar allá, son corteses, pero hay algo de complicidad en su mirada cuando saben que voy a alguna de las habitaciones a buscar pecado.

Su nombre es Miguel. En persona, su voz es más ronca, más imponente, con más presencia. Me dice que es de Toluca, pero que viaja mucho. Comienza a ponerse cómodo, mientras habla. Se nota que es uno de esos clientes que van al grano, que no comparten mucho, aunque me trata con mucha cortesía.

Va trajeado. Un saco gris a cuadros lo hace ver como un académico, pero su cabello es como de Mirrey, una melena muy bien cuidada de lobo plateado. Tiene elegancia y estilo. Sus canitas esparcidas como por salpicones por todo su cabello le dan ese toque grisáceo distinguido. Le calculo unos 50 años. Huele a una colonia muy varonil. Cítrica, robusta, exponencialmente testosterónica. 

Miguel es cordial. Me pregunta si quiero tomar algo, pero le explico que no suelo consumir nada con mis clientes. Me mira sonriendo, como explicando con la mirada que no podía evitar la cortesía de ofrecerme algo, aunque a esas horas lo más propicio fuera un desayuno.

—Ponte cómoda, —dice apaciguado, con frialdad. 

Empiezo a desnudarme y me siento en el filito de la cama. Lo espero con las piernas cruzadas. Camina en dos metros de habitación, de aquí para allá, como si aguardara noticias. Pero no luce nervioso. Miguel no es de los nerviosos. Es de los calculadores.

Me pregunta si me gusta lo que hago.

—Me encanta —le digo, descruzando y volviendo a cruzar las piernas. Me muerdo los labios y me enrollo un mechón de cabello.

Hunde los dedos en mi cabello y se me queda mirando a los ojos con una sonrisa libertina. Se quita el saco. Una camisa ajustada me revela más detalles de su cuerpo. Es esbelto. Detallo de punta a punta su contextura. Hombros triangulares, espalda delgada, pompas redonditas, eso sí. Le sonrío, un poco cohibida por su mirada. No es guapo, pero tiene algo que me hace temblar, siento la humedad entre mis piernas cuando me besa los labios y camina dándome la espalda al otro extremo de la habitación.

Se sienta al otro lado del cuarto y me dice que primero quiere ver cómo me masturbo.

Arqueo una ceja, como diciéndole que lo mío, lo mío, lo mío, no es la chaqueta. Tras una breve pausa dice:

—Por favor.

Me encantan los hombres con modales.

Lo complazco. Dejo caer lo que me resta para estar completamente desnuda, me reclino sobre la cama en cámara lenta y estrujo mis piernas. Me lamo los dedos, me aprieto los senos, gimo despacito y bajito, y prosigo tocándome el clítoris, dándome placer. Mi cuerpo se desliza suavemente hacia los linderos del placer y la autosatisfacción. Por un momento me olvido de que estoy siendo observada. Mi mente se despega del resto y levito en mis pensamientos más lascivos. El placer llega poco a poco con cada roce, con cada toque.

—Más lento, por favor —dice Miguel.

Volviendo un poco en mí, abro los ojos y lo encuentro en el mismo lugar. Está imperturbable. Sigo complaciéndolo, mientras me complazco a mí misma. Mis dedos hacen maravillas, mientras mi cabeza imagina locuras.

Se pone de pie, se quita los zapatos, se desabrocha el cinturón, el pantalón y la camisa. Lo hace con propiedad. Sin pensar rezagarse en el procedimiento. Pareciera que ensaya horas y horas cómo desvestirse sin lucir torpe. Estoy muy excitada y de mi entrepierna se escurren mis fluidos calientitos. Me relamo los labios y anticipo su cercanía.

Miguel se acuesta a mi lado y toca mis senos. En ningún momento dejo de tocarme. Hasta que su boca estremece mi cuerpo. Su aliento es fresco. No porque me ha pagado tiene que saltarse el estilo. Miguel me lo hace de misionero. Primero pausadamente, incrementado su ritmo a medida que nuestros cuerpos exigen más. Mis nalgas reciben sus manos, que se aferran a la piel y a la carne. Se afinca en mi cintura, recorre mi cadera, me besa con locura. Su pene vibra dentro de mí. Pulsa como con vida propia, chorreando, bombeando todo el grueso de su leche en el condón. Yacemos exhaustos. Aún queda media hora de su hora. Quizás hay suerte y podemos hacerlo una vez más. Sonrío y él me besa. Qué rico trabajo tengo a veces.

Un beso

Lulú Petite

 

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