¿Alguien se apunta?

Lulú Petite
16/04/2015 - 03:00

Querido diario: Hemos crecido usando un sistema educativo equivocado. Nos educan por competencias, es decir, para desarrollar habilidades que sirvan en el mercado laboral, para distinguir al competente del incompetente.

 El primero es aprovechable, el segundo desechable. El que puede resolver un problema, usar una máquina, solucionar una situación, sacar la chamba. En las aulas aprendemos matemáticas, español, historia y ciencias. Para nuestro desarrollo personal y para la convivencia, el sistema educativo nos ofrece educación física, artística, cívica y ética. Con ese equipaje salimos al mundo.

 

Según el informe de la UNESCO, “la educación encierra un tesoro”, como adultos retenemos el 10 por ciento de lo que se nos enseñó en la escuela. El 90 por ciento de los datos que nos dieron ¡Zas! Se los carga el payaso. Entonces, toda nuestra vida académica se la pasan dándonos información que a la larga (sin albur) se nos va a olvidar.

 

La cosa es que, al mismo tiempo, toda la vida nos la pasamos buscando respuestas a preguntas mucho más simples, pero también mucho más profundas: el amor, el sexo, el dinero, la prosperidad, la familia, la salud, la muerte, el éxito. ¡Ser felices!

 

Y si toda la vida buscamos ser felices. ¿Por qué nada de eso nos lo enseña la escuela?.

 

Estoy convencida de que son cosas que deben enseñarse y pueden aprenderse. No toda la educación debería estar orientada a cosas que nos ayuden a conseguir chamba, sino también a ser felices.

 

Una persona feliz siempre tiene trabajo. Una persona con trabajo, no siempre es feliz.

 

Según quienes saben de ciencia, la felicidad es resultado de una actividad cerebral. Química yendo y viniendo por nuestra tatema, respondiendo a los estímulos externos que, al ir alcanzando satisfactores,  que nos producen placer.

 

Todos en algún momento hemos deseado algo y hemos puesto en conseguir ese “algo” toda nuestra energía: Puede ser un trabajo, comprar algo, cuidar de un ser querido o, desde luego, el amor.

 

El amor es una de las fuerzas más potentes, complejas e inspiradoras. Si lo tenemos, si amamos y nos sentimos correspondidos, somos felices. En cambio, si nos hace falta, es probable que seamos infelices. No sentirnos amados provoca un vacío que no es fácil compensar.

 

Como nadie nos enseñó a amar y a hacernos amar creemos que para eso no hay recetas. Creemos que la seducción, la conquista, el sexo, son cosas que se aprenden empíricamente, por la pura experiencia y, por lo tanto, no pueden enseñarse.

 

¿A qué viene toda esta introducción? Pues resulta que hace varios meses conocí a Alberto, un cliente que a sus 33 años perdió su virginidad conmigo.

 

No es un hombre guapo, él sabría que estoy mintiendo si dijera que lo es. Pero tampoco es feo. Alberto tiene una apariencia promedio, es limpio, caballeroso, delgado y de rostro amable que, sin llamar la atención, tampoco es desagradable. De hecho, tiene una sonrisa tan cándida, que resulta tierna.

 

El problema con él es que es extraordinariamente tímido y no puede disimularlo. Su timidez es tan grave que lo incapacita socialmente.

 

Cuando nos conocimos estaba hecho un manojo de nervios. Casi escondía la cabeza entre los hombros, miraba al piso, le sudaban las manitas y le temblaba la voz. No se acercaba a mí ni sabía cómo aproximarse a reclamar “lo que había pagado”. Le costaba incluso trabajo entablar una conversación.

 

Poco a poco, con palabras, caricias y paciencia, fue entrando en confianza. Ya desnudos y en la cama, tomé su erección y, dándole un beso, la jalé un poco. No había siquiera alcanzado a tomar el condón cuando, al tercer jalón, salió disparado un chorro de semen. Él se puso muy colorado. Le daba pena haber disparado tan rápido.

 

Conversamos largo rato. Él es uno de esos sabios. Tiene maestría y está a poco de doctorarse. Durante toda su vida académica siempre tuvo las mejores calificaciones y todos los reconocimientos, su desempeño laboral es impecable y gana bien en su trabajo, pero cuando está frente a una mujer es un papanatas. No sabe qué hacer, se le nubla la cabeza y pierde el habla. Ya en confianza, me confesó que le encantaría que estas cosas también pudieran aprenderse. Todo lo que se ve en la escuela y es capaz de explicarse, para él es pan comido ¿Por qué todo esto no está allí?

 

El caso es que, desde mi punto de vista, sí se puede. Le expuse los argumentos que acabo de contarte y él, como buen hombre de ciencia, se ofreció de conejillo de indias para un experimento.

 

Acordamos ver si es cierto que se puede aprender a amar, a seducir, a hacer el amor. Comenzamos desde entonces. Hemos ido avanzando y logrando resultados que acá, poco a poco te iré contando.

 

Por lo pronto, para lo que sigue de nuestro experimento estaré necesitando un par de voluntarios. No importa edad, raza, sexo, religión, orientación sexual o complexión, sólo que le sea difícil encontrar pareja, que esté enamorado y mal correspondido, que tenga ganas de aprender a seducir. ¿Alguien se apunta?

 

Un beso

Lulú Petite

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