¡Qué tacto, el del médico!

El doctor sabe lo que hace. Apenas te besa y te desarma
Lulú Petite
15/12/2015 - 03:00

Querido diario: El doctor sabe lo que hace. Apenas te besa y te desarma. El profundo conocimiento de la anatomía rinde frutos. Pero mentiras no te voy a contar. El doctor no es guapo. Tampoco es que sea feo, digamos simplemente que tiene un rostro tosco, como de regañón. Su cuerpo es otro tango. Un médico sabe qué comer y cómo mantenerse en forma.

Llamó el lunes desde Pachuca. Dijo que estaría en el DF en un par de días. Cuadramos una hora y quedamos en encontrarnos en un motel que conocía como la palma de mi mano.

—Xavier —dijo, extendiéndome su mano.

Notó que me fijaba cuando se la estreché. Tenía un anillo de oro.

—Diez años de feliz matrimonio —comentó con una sonrisa que me transmitió confianza—. Y dos hijos preciosos que lo demuestran.

Es impresionante la cantidad de hombres casados que atiendo. Muchos me ven escapados de sus casas, inventando reuniones o compromisos como excusas para sus parejas, pero por lo que estaba entendiendo, a la esposa del buen doctor le traía sin cuidado que anduviera por ahí dándole gusto al cuerpo.

—Al que le sirva el sombrero, que se lo ponga, ¿no? —dije yo, respondiendo a su razonamiento.

—Exacto —contestó. —Me encantan las mujeres de mente abierta. El amor es una mente abierta.

Entonces el doctor se desabotonó la camisa y dejó caer sus pantalones. Yo también empecé a desnudarme, pero me pidió que parara porque quería quitarme la ropa él.

Vaya sorpresota que me llevé. ¡Qué tacto! El doctor era buenísimo. Me desnudó con sus dedos delicados y con la mirada. Luego me tocó y supe que estaba ante alguien que sabe encender a una mujer.

Él se colocó encima. Me sumí en su pecho amplio y velloso. La cadenita de plata que pendía de su cuello acariciaba mi rostro a medida que se movía hacia delante y hacia atrás, rítmica y acompasadamente. Entrando en mí, haciendo que me mojara y que me erizara. Su macanota prensada recorría de palmo a palmo mi entrepierna, incrustándose con sensual certeza hasta el fondo de mi sonrisa vertical. Cogía con los ojos cerrados y eso lo hacía verse muy varonil; además, su desempeño bajo las sábanas  lo hacía de lo más deseable. Rodamos una y dos veces, creando un torbellino de almohadas. Terminé encima de él, a horcajadas, y comencé a menearme apoyada en su pecho. Él se aferraba en mi cadera y me jalaba hacia él, agitando las piernas. De repente, se mordió los labios y tensó todos sus músculos. Estaba a puntito, podía adivinarlo. Arqueé la espalda y me afinqué más en su cadera. Él soltó una exhalación, como si perdiera todo el aire y gruñó de placer. Me apretó las nalgas mientras inyectaba, de un solo empujón, su dosis de placer. Luego extendió los brazos, exhausto, y yo me quedé acostada sobre su pecho, sintiendo cómo su miembro volvía a su estado original.

El resto de hora se consumió con cuentagotas. Miré mi reloj y recordé que debía partir. Me vestí mientras el doctor me veía con más ganas. Al salir, soplé un beso desde la palma de mi mano y le dije: “Hasta pronto”. Sé que volverá a llamar.

Bajé al estacionamiento, subí a mi coche y fui a encontrarme en un bar con mis amigas Luisa y Carolina. Estaban bebiendo tequilas con refresco de toronja. Mis amigas, para variar, llevaban la delantera etílica. Pedí lo mismo que ellas, cuando saqué mi celular de la bolsa, se me cayó una caja de nueve condones. La recogí rápidamente ante la carcajada de Luisa. Ella sabe a qué me dedico, Carolina no.

—¿Qué crees, Lulú? —me preguntó Carolina señalando hacia el otro lado del local—. ¿Debería irme con aquel moreno?

Un guapetón moreno alzaba su trago para brindar a distancia.

—Ándale —dijo Luisa.

Ni se despidió. La vimos acercarse al moreno, entablar una conversación. Seguro que se lo llevará a la cama, Carolina tiene, digamos, una sexualidad muy activa. Le encanta coger.

—¿Se dio cuenta?

—¿Quién?

—Carolina —dije.

—Nah. Ni que ella fuera la Madre Teresa.

—Sí, pero yo cobro —dije bajando un buen sorbo de mi trago.

—Peor para ella, que igual coge y ni siquiera saca provecho —contestó.

En eso llegó un hombre que comenzó a hacernos plática. A Luisa le gustó y le dio entrada, después de todo tampoco perdona una buena oportunidad de darle gusto al cuerpo. Y el tipo era un güero con perfil griego que estaba como para comérselo crudo. Mi amiga me dio una mirada que ya conocía. Sus ojos decían: “Lo siento, pero ahí te ves”.

Yo le ofrecí mi mirada de “Entiendo, amiga. Ándale”. Chocamos los vasos y finiquitamos los tragos de un bajón. Mientras Luisa conversaba con su conquista, yo salí del local. Miré el cielo encapotado y, como premeditado por un designio, sonó mi teléfono. Era el doctor Xavier. Quería otra tanda, en el mismo sitio.

Pedí mi carro y volví al motel. Al fin y al cabo mis amigas ya habían encontrado mejor compañía que la mía para pasar su noche.

Al empujar la puerta de la habitación eché un pequeño vistazo. Xavier estaba más que dispuesto y yo lista para mi segunda cita médica con inyección intrapiernosa.

Un beso

Lulú Petite

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