Tócate las tetas

"Estaba funcionando. Dentro de mí, creció y se endureció. Mauricio se aferró, arremetiendo contra mí fogosamente"
Lulú Petite
15/11/2016 - 05:00

Querido diario: Estoy en la posición que más lo pone. Pero es como si hubieran pausado el tiempo. Me duelen los codos, los muslos me hormiguean, empiezan a “dormirse” los músculos y tengo ganas de estirar el cuello o como mínimo hacer lo que se supone íbamos a hacer.

La habitación es linda. He estado en este motel muchas veces, pero nunca en esta habitación. Mauricio trata de hacer lo suyo, pero no puede. Su herramienta no está cooperando. Se chaquetea insistentemente, al principio, desconcertado; después, desesperado. No lo veo bien, pues lo tengo detrás de mí, pero noto en el espejo su ceño arrugado, su moteado bigote realzando sus rasgos duros, su pecho hinchado, el lunar grande y café en su clavícula.

—Por favor, tócate las tetas —me pide.

Al menos conmigo, no le había pasado esto. Siempre que me llamaba, íbamos, cogíamos y quedábamos para luego, satisfechos por haber realizado una transacción profesional y cachonda. Todo bien.

Pero en esta ocasión lo espero en cuatro, con “la puerta abierta”, ofreciéndole el arco de mis nalgas alzadas. Apoya la otra mano en mi espalda y aprieta suavemente, sintiendo mis curvas, mis carnes, la temperatura de mi cuerpo. Sus ojos están cerrados.

Está tan concentrado que pareciera que va a salir levitando por la ventana. 

Tengo el celular en la cama, relativamente cerca. Está en silencio, pero a la vista. Mientras me toco los senos, veo brillar la pantalla con notificaciones de mensajes. Uno es de Saúl, el amigo de Carolina con quien me acosté en la fiesta de Halloween, el otro es de Fernando, un nuevo pretendiente. Fernando trabaja con Luisa, mi otra amiga. Lo conocí en una reunión más bien aburrida. Estaba viendo la nada, en una silla a la deriva, cuando alguien me tapó los ojos por detrás y dijo que adivinara. Me zafé y volteé enojada, no me gusta que me toquen por sorpresa. Lo miré furiosa. Era un chavo al que jamás había visto en mi vida. Medio güero, ojos pequeños, cabello corto, guapetón. Él palidece y se disculpa porque me ha confundido con una amiga.

Lo vi tan avergonzado que se me pasó el enojo. Nos reímos. Estuvimos conversando un buen rato. Debo reconocer que me salvó la noche, la fiesta pasó de aburrida a agradable. Cuando nos despedimos, se lleva mi número privado de telé fono y la promesa de salir “un día de éstos”. Todo le resultó tan redondo que comienzo a sospechar que el numerito ese de taparme los ojos y confundirme con otra era un montaje. Puro choro para provocar la charla y sacar la cita. Me alegra haber mordido el anzuelo.

¿Qué podía yo hacer? La carne es débil y él insistió bien. Otro que insistía era Mauricio. Quien le cambió la mano a la chaqueta y tuvo mejores resultados.

—Aquí voy, Lu. Está funcionado —dijo emocionadísimo.

Arqueé la espalda, volteé a verlo por encima del hombro y le dije cachondísima que me lo diera todo.

La pieza estaba ahí. Sentí su cabecita dura, pero en el tallo le faltaba consistencia. Sin embargo, podía trabajar con eso. Suspiré placenteramente, con aire divino, y lo ayudé a encajarme su miembro. Empujé la cadera hacia atrás y su pene se hundió profundo en mí. Afincó los dedos en mis nalgas y echó el cartucho de su cintura contra mí. Su ingle impactó mi cuerpo y sentí que el sexo se le hinchaba lentamente, cada vez más.

Me aferré a la sábana. Estaba funcionando. Dentro de mí, creció y se endureció. Mauricio se aferró, arremetiendo contra mí fogosamente. Me fascinó cómo me penetró, cómo me respiraba en la nuca y cómo me agarraba firmemente por la cintura, con sus palmas calientes y sudorosas. Escuché su respiración agitada, sus gemidos esforzados, sus ruiditos divinos, de estarlo disfrutando. Estaba en completa capacidad ahora, demostrando su potencial entero. Sus manos se deslizaron por mi espalda hacia mi pecho. Sus dedos húmedos y cálidos sostuvieron mis senos, que temblaban con cada una de sus embestidas. Mis pezones se acoplaron perfectamente a las grietas que dejaba entre el índice y el medio. Apretó suavemente y me hizo delirar. Quería derretirme. El corazón me latía como una mandarria en el pecho. Hundí a cara en la almohada, me mordí los labios, apreté el tope de la cama con los puños cerrados y aguanté el desenlace de la cogida. Él gritó. Yo ahogué mi goce como pude y me derramé al mismo tiempo.

Media hora después estaba frente a un semáforo. Los mensajes que había recibido de ambos galanes durante el trabajo eran para invitarme a salir. Si seguía recto vería a Fernando. Si iba a la derecha, a Saúl. 20 segundos de luz roja eran suficientes para decidir. Cuando cambió a verde, apreté el acelerador.

Un beso, Lulú Petite

 

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