¿Podemos vernos?

Al despertar, cruda y con poca fuerza, Lulú recibe una inesperada llamada
Lulú Petite
15/04/2014 - 04:20

Querido diario: 

La primera bronca de despertar cruda es bajarse de la cama voladora. Como una Aladino trasnochada, brincando de la alfombra mágica a media acrobacia giratoria, poner los pies en la tierra con la esperanza de que el mundo deje de moverse.

 ¡Carajo!, quién te manda, si la fiesta puede estar igual de divertida con o sin chupes, haces la promesa del crudo: “No volveré a tomar una gota de alcohol ni en los chochos del homeópata”. Sí, ajá. Caminas a la cocina esperando que un vaso de agua y unas aspirinas exorcicen a los demonios de la resaca y te devuelvan el alma al cuerpo. Qué rico sería tener unos chilaquilitos o un buen plato de menudo para darle paz al estómago y aliviar el efecto montaña rusa. Abres la llave de la bañera, te desnudas y dejas que la regadera comience verdaderamente a aliviar los estragos de la fiesta. Sientes el agua taladrar la nuca, resbalar por la espalda y el cuerpo, entonces cierras los ojos. Es hora de empezar con la reconstrucción de hechos, el trabajo de buscar en la memoria las piezas del rompecabezas, la méndiga cruda moral llega conforme vas aclarando lo que hicieron las copas o lo que hiciste animada por ellas.

¿Por qué besé a César? Ni idea. Ni siquiera sé si lo besé, me besó o nos besamos, todo es borroso.

Lo cierto es que me gustó descubrir en él una personalidad que no le conocía. Hasta la fecha había sido un amigo taciturno y melancólico, más hecho para lamernos las heridas por la muerte de Mat, que para compartir ratos de alegría. Pensaba que así era siempre: serio, formal, protector y cariñoso, pero acartonado, casi triste.

En cambio en aquel bar era el alma de la fiesta. Buen conversador, bebedor de primera, estupendo bailando y buenísimo contando chistes. Me trató divinamente, sin ponerme incómoda, nada de protocolos, en cuanto me presentó con sus amigos, me integraron como si toda mi vida hubiera sido parte del grupo.

Todos bebían como irlandeses en día de San Patricio y, como francamente ya no estoy tan curtida para el alcohol, de chupe en chupe me fui poniendo supercontenta. En la tercera botella era yo la que se sentía con sus amigos de toda la vida.

No sé si fue él quien me tomó de la mano o si fui yo, el caso es que acabamos fajando en un rincón del bar.

—Creo que ya estoy peda… ¿me puedes llevar a mi casa? Le pregunté poniendo un alto, tal vez ya tarde, a algo que nos llevaba a una encrucijada muy canija.

Tragué saliva aún sintiendo en los labios los pulsos dulces y satisfactorios de sus besos. Quería más, pero no debía. César sonrió y, dándome la mano, como un caballero me contestó que sí.

No hizo el menor intento por subir conmigo cuando me dejó en mi casa. Habría sido incómodo que lo pidiera, especialmente porque no estoy segura de que me habría negado.

Cuando salí de la ducha, la cruda iba en franca redención. Me preparé un buen desayuno que me ayudó a regresar a la normalidad.

A la una de la tarde me salió un compromiso. Antes de ir me asomé al espejo, creo que me veía linda.

Toc, toc, toc. Me abrió la puerta un hombre muy alto, y de complexión más bien delgada, pero nada flaco. Debe andar entre los 30 y 30 años, trajeado, informal, el pelo de color castaño. Todo un caballero.

—Hola Lulú, inclinó la cabeza y me clavó una mirada seductora. Olía delicioso.

Entré a la habitación. Cuando llegué al borde de la cama me giré y descubrí con un respingo que le tenía muy cerca. Me agarró la cara despacio, delicadamente, y me besó.

—Espero que no te importe que vaya algo rápido. Tengo prisa, dijo de repente.

—Claro, respondí, sonriendo para mis adentros.

Él se desvistió a un lado de la cama y me pidió que hiciera lo mismo, acomodó su ropa cuidadosamente en la mesita de noche y se acercó a mí tomándome de la cintura. Me pegó a su cuerpo y me robó un beso. Metió su mano entre mis piernas y sobre la lencería me acarició; me estremecí. Me paré de puntitas y, rodeándole el cuello, me colgué de él para darle un beso que terminó llevándonos a la cama. No sé si nos caímos o se dejó caer, pero empezamos allí un faje delicioso. Bajé la mano y sentí su erección plena.

—Ponte de a perrito, me ordenó.

El sexo fue rápido y eficaz. En cuanto terminó, se dio una ducha y comenzó a vestirse.

—Me disculpo de nuevo, dijo, realmente tengo prisa.

Me quedé sentada en la cama. Reuniendo fuerzas para levantarme y meterme a bañar, cuando sonó en el teléfono el timbre de mi Whatsapp. Era César:

“Muero de ganas de hablar contigo, ¿podemos vernos?”, decía...

 

Hasta el jueves

Lulú Petite

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