Mis caricias le dan suerte

Tenía las manos grandes y los dedos largos. Me atrapaba los senos con un delicado toque
Lulú Petite
14/06/2016 - 05:00

Querido diario:¿Tú eres supersticioso? Yo sí. A mucha honra. Soy mística, creo en la suerte, en los horóscopos, en las premoniciones y adivinaciones. Creo en la magia blanca y sé un poquito de sus secretos. 

Ciertamente la vida encierra sus misterios. Donde no hay razones científicas caben enigmas, creencias y símbolos, que orientan bastante bien para animar el corazón, alimentar esperanzas y hacer que las cosas pasen. Decía Albert Einstein que “La mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre”, yo por eso no me cierro a nada.

Conocí a Miguel hace unos dos o tres años. Desde entonces me dice que para él soy un ave de buen agüero. La primera vez que hicimos el amor, él estaba apesadumbrado. Llevaba meses esperando la confirmación de un buen negocio que no acababa de cuajar y ya empezaba a perder las esperanzas. Algo en él me dijo que eso estaba a punto de cambiar y se lo dije. Le aseguré que el negocio iba a salir bien.

Al día siguiente me llamó. Esa mañana había recibido la llamada esperada, el negocio estaba cerrado. Desde esa tarde, antes de hacer cualquier trato, me llama y cogemos. Dice que le he sido infalible, todo sale siempre bien, después de pasarme por las armas. Eso sí, me pone unas cogidas monumentales.

Fíjate que el fin pasado, al mediodía, recibí su llamada. Entonces no se me había ocurrido qué clase de negocio traía en mente, pero nunca llamaba nada más por calentura, sino por cábala, pocos se cogen a su amuleto, pero él es así. Él me llama cuando trae algo entre manos y no me dice qué sino hasta después de haber ponchado, es parte de la superstición.

Y lo hicimos muy rico. Como siempre, todo un caballero con una estupenda herramienta entre las piernas con la que hace milagros. Recuerdo que poco antes de que se terminara la hora por la que me había pagado salió de la habitación hecho la mocha, resulta que la buena suerte del día no había sido por algún negocio normal, sino porque había apostado una buena lana para que México le ganara a Uruguay en la Copa América Bicentenario y como el partido estaba a punto de empezar, salió por piernas. Yo apenas alcancé a reírme y a pedirle que me lo hubiera dejado más barato con el juego contra Jamaica, pero deseándole buena suerte.

Yo seguí trabajando y, a final de cuentas, ni siquiera vi el partido. Fue, en resumidas cuentas, una buena noche. Después del que creía sería mi último cliente del día me enteré de que había ganado el Tri.

Pero entonces volvió a llamar Miguel y me salió con que quería volver a verme, ese mismo día, en el mismo motel que en la tarde.

—Ganamos porque cogimos, Lulú —dijo.

—¿Qué?

—Ya lo sabes, me das suerte —insistió con entusiasmo, sacándose el último centímetro de bóxer y quedándose en cueros—. ¿No viste que hasta le pusieron a Uruguay el himno que no era?

Me aproximé y empecé a acariciarlo mientras se explayaba. Algunas canas rebeldes se mezclaban con los vellitos en su pecho. Mi mano fue más abajo y me encontré con su pieza a media asta. Le sonreí. Me sonrió. Hizo silencio cuando me vio aplicarme lubricante en la mano para frotarle el sexo. Jamás me hubiera imaginado que las expectativas de toda nuestra nación se congregaran en el miembro erecto de un cliente mío a la espera de otorgarle buen destino entre mis piernas. Qué compromiso.

Supersticioso o no, tenía un punto. Después de todo, había ganado la apuesta y decidió gastarse parte de ella en darse el gusto de cogerme nada más por el puro placer. Sin esperanzas ni supersticiones. Había que por lo menos intentarlo. Su miembrote brotaba como un periscopio de la cama. Con la ayuda de mis labios le enrolé el pene con un condón y se lo chupé despacito. Él me acariciaba el cabello y retorcía las piernas de placer.

De pronto se puso cual gato en celo y se me aventó con las intenciones claras. Lo abordé con el mismo ahínco y me le encaramé encima, rodeándolo con las piernas. Me atrapaba los senos con un delicado toque, rescatando entre sus dedos mis pezones paraditos como ciruelas. Podía sentirlo hinchadito y tieso, empujando para entrar en mí. Mojadita, calientita, mi vagina lo recibía paso a paso, tramo por tramo. Ya no estaba tan rígido como antes. Quizás era el convencimiento en su teoría, pero se notaba que le había agarrado el gusto al asunto. Como en nuestra primera sesión, acabamos de perrito. Yo arqueando la espalda y empujando mis nalgas hacia atrás, para encajarme en sus arremetidas. Luego se desplomó sobre mi espalda. Pero esta vez no llevaba prisa.

—¿Te veo para el juego de Jamaica? —le pregunté.

—Tenlo por seguro —dijo. A veces me hace pensar que eso de la superstición es sólo un juego, pero le ha funcionado, aunque sea una excusa para coger.

—El Tri no necesita suerte, aunque sí un par de huevos, pero no los míos —dijo. Y nos vimos antes del juego contra Jamaica y, bueno, no es por presumir, pero el resultado ya todo mundo lo sabe.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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