Atado, le hice de todo

Me había pedido que pasara lo que pasara, no lo desatara. Me clavé su macana tiesa y empecé a menearme como una posesa. No podía parar ahora. Me dejé caer hacia atrás y me recosté de lleno en su pecho, con mi cabello extendido cubriéndole la cara
Lulú Petite
14/04/2016 - 05:00

Querido diario:  Abraham se aclaró la garganta para insinuar que el tiempo estaba corriendo y que no quería desperdiciarlo. Sin más prólogos, le encajé el pañuelo en la boca.

Me puse de pie y lo contemplé así, entre la seducción y un fingido desprecio, cómo mordía la tela, febrilmente colorado y con las venas del cuello brotadas, estiró el cuello y alzó el torso. Fue en vano. Yo, al menos por el momento, era inalcanzable. Aún me quedaba el regusto azucarado de sus labios en la lengua. Una mancha rojiza, como un círculo del más delicado y aromático vino tinto, bordeaba su boca. 

Tenía los labios pintados, fuera del contorno de su boca, con un lipstik que él mismo llevó a la cita y que le daba un aspecto casi grotesco, ente el Guasón de Ledger y un beso mal dado. Yo misma se los pinté antes de hundirle el pañuelo en la tráquea. Coloqué con delicadeza mi mano en su frente y lo apacigüé, siseando bajito, como si fuera un perro, pidiéndole la paciencia que todo encuentro sexual se merece. Me miró con ojitos de deseo comprimido y parpadeó dos veces para afirmar que estaba de acuerdo.

—Así me gusta. Buen chico —dije.

Entonces me di media vuelta y me fui al baño. Cerré la puerta y me tomé mi tiempo. Lenta, parsimoniosa y mecánicamente. Mientras respiraba profundamente, me quité el vestido, miré mi cuerpo desnudo en el espejo. Toqué mis senos, acaricié pezones, me alboroté el cabello, hice el tiempo necesario para ponerle más suspenso al asunto, me miré de nuevo, sólo con los tacones y la tanga puestos y sonreí con inocente malicia.

Volví a la habitación y lo encontré intacto, dispuesto y enterito para mí, servido como una ofrenda al sexo por encargo.

Me aproximé en silencio, con la cara erguida, la espalda arqueada y el pecho abultado por el deseo. Muy quieto, miró cómo me despojé de la única prenda que me quedaba sobre el cuerpo. La miró descorrerse de mis caderas, bajar por mis rodillas, deslizarse por mis tobillos y colgar como un lazo de charo en la punta de mi dedo antes de ser proyectada contra la pared de una patadita al aire. Podría decir que aplaudía con el brillo de sus ojos que ni siquiera parpadeaban.

Me acerqué más y me paré en la cama, con los pies hundiéndose en el colchón, en torno a su figura. Estaba encuerado y empezaba a animarse anatómicamente. Mordía el pañuelo con ahínco, pero no podía quitárselo ni escupirlo. Atado de pies y manos, podía hacer lo que quisiera con él.

Gruñó deseoso, excitándose cada vez más, a medida que pasaba mi pie por su barriga, acariciando su pecho, sus brazos. Volví a sisear.

—Quietito, paciencia —susurré.

Me ubiqué encima de su cabeza, con los pies plantados de lado y lado de su cara. Él miraba directamente hacia arriba, hacia mi bóveda celeste.

—¿Te gusta? —le pregunté.

Apretando la tela entre sus dientes, su respiración agitada sirvió de afirmación. Eché un vistazo más abajo. Estaba erecto, apuntándome como un cañón a punto de lanzar un misil. Me incliné y con el rostro muy cerca del suyo, le dije: “Ni una palabra. ¿De acuerdo?” y le quité el trapo de la boca.

Su lengua se asomó en bandada, buscando salvar la distancia. La meneaba como un sediento excitado. Con la puntita de la mía nos dimos un beso.

Comencé a humedecerme yo también. Un calor intenso surgía de mí, chorreando y haciéndome temblar.  Me acuclillé de tal manera que su cara se hundiera entre mis piernas, poco a poco. Un primer brochazo me hizo trastabillar y por poco me caigo de la cama, pero me agarré de la cabecera y dejé que su lengua hiciera el resto, prácticamente me senté en su cara. Lamía con ansias, rozando viscosamente mis labios y mi clítoris. Se esmeraba en comer, hambriento. Apretaba los puños y luchaba por zafarse, pero había hecho un buen par de nudos.

La cama se tambaleaba, conteniendo nuestro placer, que también estaba contenido. Era como batir una lata de gaseosa y esperar a que se desbordara de un momento a otro.

Me levanté nuevamente y, debo confesar, me sentí un poco mareada. El subidón de temperatura y el torrente sanguíneo se me desnivelaron por la emoción del momento, pero me recuperé de inmediato.

—Ya verás —le dije, prácticamente desvanecida en un gemido vaporoso.

Le enfilé un condón en el miembro y me monté en él dándole la espalda.

Me había pedido que pasara lo que pasara, no lo desatara. Me clavé su macana tiesa y empecé a menearme como una posesa. No podía parar ahora. Me dejé caer hacia atrás y me recosté de lleno en su pecho, con mi cabello extendido cubriéndole la cara. Inhalaba agitadamente el aire viciado por el clímax y el olor de mi champú. Estiré los brazos y acaricié sus brazos tensos, su cara, su cuello. Podía adivinar sus facciones sin verlo, solamente con sentirlo.

Pujaba con entereza, haciéndome gemir y estremeciendo mi cuerpo desde los cimientos. Abrí las piernas para apoyarme en el colchón y correrme al mismo tiempo que él. Un vapor oscuro me cegó la mente por un instante. Divino.

Si de mí dependiera, lo mantendría atado en la misma habitación para cuando a mí me entraran ganas. Pero bueno, la fantasía termina, no deja de ser un negocio en el que no está prohibido gozar. Mientras esperaré con ansias que me llame de nuevo para perfeccionar mis nudos.

Un beso

Lulú Petite

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