Es día de darse

Me empapé de inmediato y comencé a gemir bajito, mordiéndome los labios y aferrándome a su espalda
Lulú Petite
14/02/2017 - 05:00
 

Querido diario: Es inevitable. Cada 14 de febrero los moteles están hasta el gorro. No sólo es lleno total, sino que se hacen filas. Coches formados en las puertas, esperando a que le den una limpiada al nidito de amor recién desocupado por la anterior pareja, para ponerse románticos y darle al cuerpo lo que quiere y al alma lo que necesita. Así todo el día: Una pareja tras otra, inspirada a la pasión para celebrar San Valentín.

Luis quería que nos viéramos en el motel de siempre justo hoy. Me había llamado el viernes temprano, para agendar con anticipación, pero le advertí de las vicisitudes de buscar motel en día de los enamorados y decidió que nos viéramos de inmediato, el mismo viernes. Me pareció bien, así que me puse linda y fui con él.

En la habitación se mostró dispuesto a hablar. Cuando lo conocí, hace unos meses, era más bien callado. Agradable, pero muy tímido. Creo que, además, era su primera vez comprando sexo y, bueno, le costó al principio.

Poco a poco fue tomando confianza y me contó un poco de su vida. Tiene una hija y es ingeniero, le gusta su trabajo y le va bien. Después de su divorcio no ha vuelto a sentar cabeza. Su timidez no le ha dejado volver al ruedo.

El viernes, después de saludarnos, se metió al baño, pero dejó la puerta abierta.

—Oye, Lulis —gritó como si tuviera la cara en el lavamanos —Mi ex esposa se va a casar.

Esto era nuevo en él. Quería desahogarse. Con un viento de confianza, me acerqué hasta el marco de la puerta y lo vi. En efecto, tenía la cara hundida en el lavamanos. Se estaba mojando el cabello. Se había quitado la camisa.

Le alcancé una toalla y se la coloqué sobre los hombros cuando culminó. Cuando lo ayudé a secarse, me tomó por la cintura y me atrajo hacia sí. Pensé que iba a besarme, pero para mi sorpresa seguía soltando sus palabras.

Me contó de su divorcio. De qué ella lo dejó y que ha sido difícil superarlo. Aún la quería y, a veces, cree que todavía la quiere. Así es el amor, a veces, cuando termina deja ruinas dolorosas.

—Las del amor son las únicas cenizas que arden— me dijo inspirado, filosofando.

En realidad, estaba deprimido y ansioso. Se encueró y se acostó boca abajo, aun hablando de su pasado, de su matrimonio kamikaze, de cómo a los dos años pensó en atravesársele a un coche en la avenida.

—No me malinterpretes, estoy contento por ella, pero algo duele acá. —dijo bajito, poniendo la mano izquierda sobre su pecho.

Yo le daba besitos en los hombros y restregaba mis tetas desnudas contra su espalda. Tenía lunares que parecían hormigas en el cuello. Su cabello mojado lo hacía lucir muy sexi y se me antojó tocarle las posaderas.

—¿Hablo demasiado? —preguntó algo apenado. Puse mis labios junto a su oreja y susurré:

—Jamás. Me gusta tu voz.

Sentí que los pelitos de su nuca se erizaban. Se dio media vuelta y se develó su cambio de estrategia. Volvió a su rol de calladito, pero con nuevos bríos. Gentilmente posó su palma abierta en mi mejilla y me atrajo hacía sí para besarme. Sus labios estaban fríos, al igual que su cara, sus orejas. Mis dedos se ahogaron en su cabellera húmeda cuando hundió su rostro entre mis senos. Lamió la curva de mis pezones como si se trataran de botones de chocolate mientras sus manos se escurrían por mi cintura. Apretó sus dedos contra mi piel a medida que empujaba su bulto duro e hinchado contra mi entrepierna. Nos besamos haciendo bailar nuestras lenguas, mordisqueando nuestros labios, restregando nuestras narices como si estorbaran.

Entonces estiró el brazo, tomó uno de los preservativos, me miró a los ojos y me sonrió. Le devolví el gesto mientras él procedía a sacarlo del empaque. Me acomodé en la cama y fue como atraer a un abejorro hacia la miel. Se colocó encima, como un puma sobre su presa, arrimó aquella pieza dura y entumecida y me la fue empujando con calma. Me empapé de inmediato y comencé a gemir bajito, mordiéndome los labios y aferrándome a su espalda. Él dejó caer el peso de su torso sobre el mío y la humedad de su cabello se confundió con nuestro sudor.

—Oh, Luis —balbuceé—. No pares.

Empezó a moverse con más ahínco y soltura. Abrí más las piernas y lo envolví con ellas por la cintura. Su pene parecía vibrar e hincharse con cada vaivén. Luis entonces se recompuso en la cama y levantó su torso. Me agarró  por la cintura y tomó vuelo con su balanceo. Me estaba desatornillando por dentro y casi deliro. Rodamos por la cama y nos envolvimos en un torbellino de carne, transpiración, fluidos y besos.

Él quería que nos viéramos el 14 de febrero. Resulta que, muy romántica, su ex decidió casarse hoy y no puede evitar que duela. 

Hoy celebran los enamorados, pero hay también muchos corazones solitarios con ganas de un ratito de olvido, de placer, de fantasía. Quizá haya filas en los moteles, pero vale la pena. Si quieres, dátelo.

Feliz San Valentín, Lulú Petite

 

 
 
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