'Tiempo extra', por Lulú Petite

Lulú le toma gusto al futbol con su goleador favorito
Lulú Petite
14/01/2016 - 05:00

Querido diario: Recapitulando, he conocido a ciclistas, luchadores, nadadores, beisbolistas, boxeadores, un par de corredores de maratón y un sensei de no sé qué arte marcial, pero de entre mis deportistas favoritos, tengo que admitirlo, los que más a menudo contratan mis servicios son futbolistas.

En mi agenda hay varios prodigios del balón, como bien sabes. Medios, defensas, delanteros, porteros y uno que otro entrenador mata sus pasiones conmigo. Digamos que se podría armar una alineación medianamente respetable. Aclaro: La mayoría de los que he conocido son jóvenes, con poco tiempo en la cancha, algo de plata en la bolsa y solteritos. Los casados y muy famosos son bastante más cuidadosos y no son asiduos a este tipo de aventuras, pero más chavitos y con tanta energía entre sus apetecibles muslos, pues de algún modo tienen que ‘espantarse al chamuco’.

Eso sí, tengo uno al que llamo mi titular. Cuando me convoca, sé que el juego se pondrá bueno. Es joven y, seguramente, su carrera verá momentos de gloria, no sé si en una de esas le sellen su pasaporte para irse a jugar a uno de esos equipotes de miles de millones de euros del otro lado del charco, pero mientras, lo dejo que meta sus goles en mi portería.

Además de ser muy bueno en su cancha, mi titular es grande en la mía. Mueve bien su delantera, no descuida la defensa, sus pelotas son certeras y cuando llega al área chica, no hay modo de que falle, la mete porque la mete y, valga la analogía, se avienta unos golazos deliciosos.

Sabe recorrer el campo de juego de tramo a tramo, plantarse en la media cancha, con su astucia guerrera y gambetear entre mis piernas, se ha aventado unos deliciosos goles olímpicos con espléndidos tiros de esquina. Su tiro directo es con efecto y su músculo es perfecto, con alcance, durito y recto. Es como ver el gol en repetición, en cámara superlenta, de esas que hacen del juego una experiencia sensorial en 3D. Siempre me arranca suspiros y mantiene el clímax hasta el pitazo final (literalmente).

—Para mí eres ya una leyenda —le dije el miércoles, debajo de su torso desnudo. Sentía su miembro petrificado apuñalándome el ombligo.

Tenía el abdomen escultural de un campeón del mundo. El pecho erguido y amplio, repleto de venas brotadas como un delta. Exhalaba enormes cantidades de aire caliente que entibiaban mi oreja. Su sudor se mezclaba con el mío. Nuestros cuerpos enardecidos se fundieron en uno solo y dimos vueltas estrangulándonos con la sábana. Él cruzó su derecha y cambió la velocidad.

Amagó y burló, dejando atrás mis suspiros de admiración. Se zambulló y plantó sus manos en mis senos ¡Falta, árbitro! Muéstrele la amarilla. ¡Nada! Podía tocarlo todo en este juego. Yo era el árbitro a su favor y, no había mano ilegal, si lo pitaba era para alentarlo. Luego se vistió de gloria y detuvo el tiempo como solamente las estrellas saben hacerlo. 

Con la cancha despejada, hizo su mejor movimiento y enrolló mi lengua con la suya. Hundí mis uñas en su espalda fornida. Sus músculos se prensaron. Mordí su hombro. Su pene vibró a medida que descargaba el torrente. Aterrizó en mis brazos, encima de mí, exhausto y victorioso. Un golazo.

Le sobé las piernas y le mordí el empeine con suavidad. Siempre me ha fascinado la forma de sus muslos, tan voluptuosa y formada. Y sus pantorrillas, qué delicia, de piel lisa como la seda, pero duras como una viga de acero. Arrugó la cara cuando toqué su tobillo. Una lesión menor de hace unos meses. Le besé el huesito redondo como un perno y me acosté apoyando la cabeza en su brazo. 

Bebió un sorbito de agua y encendió la tele. Justo pasaban las notas deportivas. El entrenador del equipo perdedor estaba a cuadro, no puse atención. Era la primera jornada del torneo. Falta mucho para ver quien entinta otra estrella en su escudo.

—La vida es dura entre dos arquerías —dijo, como si filosofara bajo las nubes.

La vida es dura donde sea, pensé, pero entendía el punto. Su rutina de entrenamiento es infernal y exigente. Luego vienen los compromisos con publicidad y demás cosas. Hay que cuidar las finanzas. Algunos, tienen un cerro de dinero para no quejarse, prensa, patrocinios, fanáticos, pero por cada uno que logra el sueño hay cientos de miles que lo dejan en la almohada o en campos llaneros.

La vida es dura entre dos arquerías. No sólo se trata de llegar, que es de por sí difícil, quedarse es el mayor reto. 

Y vaya que es apasionante el futbol. Yo lo respeto, como deporte, como industria y como el sueño de muchos que viven persiguiendo una esfera de aire y piel, capaz de cargar con los sueños de una nación entera.

De repente apagó la tele y dijo:

—Ver futbol es como ver sexo. Está bien, pero es mejor practicarlo.

A mí me suena que eso ya lo había dicho alguien, pero no le di importancia. El segundo tiempo empezaba. El pitazo vino cuando me dio media vuelta y me puso a cuatro patitas. Me agarró por la nuca y se fajó a galope, otra vez. Tan fresco como si el partido acabara de empezar. Está bien, quien quita y llegamos  tiempos extras.

 

Un beso

Lulú Petite 

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