¡Es todo un tigre!

"Me pellizqué los senos y le supliqué que lo hiciera un tantito más rápido y duro. Me aferró por la cadera y ahí sí empezó a taladrarme"
Lulú Petite
13/09/2016 - 08:55

Querido diario: El otro día en el pasillo de un motel, a punto de entrar en la habitación de un cliente, una pareja se cruzó en mi camino. Pero no una pareja cualquiera. Uno de los integrantes de esta pareja era bien conocido por mí.

Se llama Miguel. Es guapo, alto, elegante. De piel blanca, cabello rubio y algunas pecas en la nariz. Toda la pinta de travieso. Siempre anda impecable, con ropa cara, tiene un buen coche y usa el típico lenguaje de los mirreyes que tanto abundan en nuestro México del Siglo XXI. Tiene el típico estilo de Luis Miguel: cuidadosamente despeinado, buen porte y galán, pero más pecoso, más flaco y menos dientón.

Lo mejor de él es su carácter. Es un hombre muy chistoso que puede ametrallarte con una cantidad exagerada de chistes. Uno tras otro, de modo que ríes y sigues riendo hasta que te duele el estómago o tienes que ir al baño. No todos son chistes, de esos que tienen historia y personajes, la mayoría de las veces te hace reír simplemente de las babosadas que se le ocurren. Todo lo que dice es chistoso.

Recuerdo que cuando lo conocí me imaginé a una persona completamente distinta. Por su tipo, me esperaba a un hombre presumido, con modales de jeque y desplantes de principito, estirado como muchos de los mirreyes, pero resultó ser un relajo ambulante.

Siempre he tenido la costumbre, después de llegar a la habitación del cliente y antes de empezar con la acción, de sacar los preservativos y ponerlos a la mano, en la cama o en el buró, para no tener que correr a buscarlos cuando ya estemos a puntito de coger. La mayoría lo entienden y no dicen nada, pero Miguel fue distinto.

—¿Y esto para quién es?

—preguntó con seriedad, arrugando la frente como si le molestara que sacara los condones.

Yo iba a responder con algún sermón sobre el uso del condón y la importancia de cuidar la salud, pero el muy astuto no me dejó decir palabra y jalándome por la cintura, casi gritó:

—¡Pos para Miguel!

Me dio mucha risa. Como ese día vinieron otros y cada vez que cogíamos me iba con un orgasmo y un dolorcito de abdomen de tanto reírme. Con el paso del tiempo se convirtió en uno de esos clientes queridos a los que les tengo confianza.

Al verlo el otro día acompañado en el pasillo de un motel, me cerró el ojo y yo disimulé, pues no sabía qué se traía con la chava. No me gusta la idea de arriesgarme a provocar una escena de celos en mi… “oficina”. A lo mejor ya tenía ligue serio y aprovecharon el calor de una cita para meterse a ponchar un par de horas.

Ayer, sin embargo, Miguel me llamó. Quería que nos viéramos.

Me dijo que estaba haciendo la dieta de la berenjena: de vez en cuando con pareja ajena. Resultó que no era su novia, sino un ligue pasajero y estaba muy agradecido por mi discreción.

Ni modo. Quedamos. En el motel estaba igual que siempre. Alegre, querendón, dicharachero, contando chistes. Sin perder el tiempo, empezó su rutina quitándose el pantalón y luego el calzón.

—¿Sabes cuál es la zona más peligrosa de Ciudad de México?

Yo anticipé la risa y la contuve, aunque es un chiste que he escuchado mil veces.

—Este pito —dijo, abalanzándose sobre mí.

Era todo un tigre. Rodamos por la cama, desnuditos y acalorados. Me tomó por las muñecas y me extendió los brazos sobre la cabeza, me besó sacando su lengua como víbora. Me arrimó el sexo caliente y palpitante contra el clítoris. Cerré los ojos y me dejé llevar. Lo escuché tomar el condón, colocárselo en un santiamén. La zona más peligrosa ahora era la más segura. e metió aquella pieza dura como escultura de piedra.

Gemí con los labios apretados. Se afincó con ansias y me penetró hasta la médula. Sentí un corrientazo. Me gustaban los ruiditos que hacía y cómo se movía. Alcé una pierna y apoyé el talón en su hombro. Se hizo un poco al lado y me tomó por las nalgas para abrirse mejor el camino. Sentía que me hacía aguas allá abajo. Me pellizqué los senos y le supliqué que lo hiciera un tantito más rápido y duro. Me aferró por la cadera y ahí sí empezó a taladrarme. No en plan desesperado como los principiantes que ven porno, sino plácidamente, con entusiasmo y virilidad. Muy rico.

Clavé las uñas en la almohada cuando, escurridizo y pícaro, deslizó su mano sudorosa entre mis piernas, por delante, y estimuló mi clítoris de tal manera que empecé a ver colores. Me estaba dando mucho placer. Sentí la ebullición desde muy adentro. Gritamos, gruñimos, gemimos y lo demás fue una explosión volcánica.

Con la respiración agitada, en el sopor del postorgasmo, nos abrazamos de costado, estilo cucharita. Él detrás de mí, acariciándome el hombro y soplándome sobre la piel para secarme el sudor. Entonces me contó que la chica del otro día era una colega del trabajo.

—Conque mezclando negocios con placer —

—Mira quién habla —dijo él mordisquéandome el cuello.

Me morí de la risa, para variar.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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