Con olor a mar

Mi cliente, un marinero, con sabor a sal
Lulú Petite
13/05/2014 - 03:00

Querido diario: 

Pocas veces un cliente renta una habitación para algo más que coger. Incluso cuando vienen de fuera, los hoteles a los que voy no son los mismos en que se suelen quedar ellos en viajes de placer o de negocios. No digo que los que uso de oficina son hoteles de paso porque de paso todos lo son, pero si son de “pisa y corre”, la mayoría de sus huéspedes los usan para ponchar, no para dormir. Sus paredes están más acostumbradas a los gemidos que a los ronquidos y sus canales incluyen una deliciosa opción porno.

Por eso, me sorprendió ver una gastada mochila de viaje en un rincón de la habitación cuando el tal Adrián me abrió la puerta y me recibió con modales impecables.

—Gusto en conocerte por fin, Lulú, fueron sus primeras palabras. Era un hombre bastante alto y de piel bronceada y curtida, con los rizos castaños casi rubios por el sol. Le calculé unos treinta y pico. “Tus historias de internet me dieron ganas hace meses ya, pero no he podido hasta ahora”.

—¿Tiempo, dinero, esfuerzo o corazón?, inquirí amablemente mientras hacíamos el intercambio mercantil.

—Distancia, sonrió. Mi última parada antes de Veracruz fue en Cabo Verde.

—¿Y eso está en Veracurz?

—¡No, geográficamente, está en África, en realidad, está en medio del Atlántico.

Aquello me hizo levantar la vista con curiosidad, pero él ya había dado media vuelta para terminar de acomodar en un sillón las cosas que tenía repartidas por la cama. Entonces vi que su equipaje tenía una rúbrica impresa: “Transporte Marítimo Internacional” y el nombre de una empresa, que no recuerdo. ¿Me acababa de topar con un marinero?

—¿Y qué te trae tan lejos del mar, Adrián? Él se acercó a mí de nuevo y me rodeó con los brazos, pegándome a él.

—Tú, me dijo enseguida. Eso me sacó una carcajada. “Mi hermana tuvo un hijo, y ya era tiempo de pasarme a visitar a la familia. Me aseguré de sacarles un momentito de mi tiempo para poder cogerte rico, ¿sabes? Eres mi fantasía desde hace meses, Lulú…

Me abracé a él y nos dimos un beso de esos que tienen alma, largo y apasionado hasta hacer que tu corazón se salte el ritmo.

—Cumplámosla, murmuré. 

Adrián sonrió y me empezó a sacar el vestido a caricias, distrayéndome con besos muy bien dados bajo el mentón. Cuando me tuvo en ropa interior, me cargó sin ningún esfuerzo hacia la cama. Imaginé que habría cargado cosas bastante más pesadas y menos cariñosas que yo en su trabajo.

Mi cita de esa noche, y sus sábanas, tenían un ligero aroma que difería del habitual. Cuando Adrián se desvistió y me llegaron más vaharadas, lo reconocí. Olía a mar. A sal, casi a arena tostada por el sol.

—¿Vienes bañado del mar?,pregunté jocosamente, llevando mis manos a su región más íntima.

Se estremeció por lo inesperado, pero negó con la cabeza.

—Llevaba un bote de agua de mar para uno de mis sobrinos y se me reventó sobre la camisa, se me escapó la risa. Aquello sonaba a excusa mala. No obstante, cuando Adrián se dedicó a estimular con sus labios uno de mis pezones, me di cuenta de que realmente el pelo le olía a champú.

Iba a decirle algo sobre el mar, pero unos dedos encallecidos anticipándose al plato fuerte de la cita me cortaron la voz. “Sigue, sigue haciendo eso”, gemí, y Adrián sonrió.

No hubo muchas más palabras cuando decidió que quería catar algo más que mis labios. Adrián llevaba las cosas con calma y tomaba las decisiones adecuadas para que me resultara placentero hasta rogarle por más. Le encantaba que le pidiera más, pude deducir por su sonrisa de diablo travieso.

Cuando sin palabras acordamos que habíamos llegado a un punto de control, le puse la gomita con cariño, estimulando la punta con la lengua mientras terminaba de ajustarla a lo largo del miembro. Nomás me dio tiempo a darle un poco de cariño con la mano antes de que me tumbara boca arriba sobre la cama y, al tiempo que me comía la boca con ese besar suyo tan mesurado, buscaba el camino hacia mi tesoro guiándose por lo que podía sentir con los dedos, sin dejarme intervenir. 

Me penetró de una sola y hasta el final, hasta que su vello púbico me hizo cosquillitas. No me dolió, pero fue algo incómodo y le pedí que esperara un momento para relajarme un poquito antes de seguir. Y vaya si siguió; cuando le di luz verde, empezó un metesaca que no sé cómo no le dejaba sin aliento. A mí me faltó el aire; parecía una máquina.

Me encantó la forma en que se comportó, sus movimientos, su cortesía, su sexo y, especialmente, que se empeñara en hacerme vibrar de nuevo con ayuda de labios, lengua y deditos y un miembro delicioso, para explorar mis confines y hacer que me viniera poderosamente.

El marinero me despidió con un beso de novio, de esos que casi te hacen contestarle que le echarás de menos y que si tiene una novia en cada puerto, pueda considerarme la más querendona de éste. Prometió volver a llamarme la próxima que viniera al DF; no sé si cumplirá, el ir y venir de los barcos es impredecible, pero en tal caso me encantará volver a ser suya una horita con olor a mar.

Un beso

Lulú Petite 

 

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