Rechifló aliviado

"Él gritó que se estaba corriendo y lo sentí allá abajo, dentro de mí, palpitando, bombeando como una perforación petrolera"
Lulú Petite
12/07/2016 - 05:00

Querido diario: Me gusta mi trabajo. Insisto: No es que lo haga por gusto, pero sí con gusto. No solamente porque coger sea rico o porque me paguen por dejarme mimar, sino porque me ha dado chance de conocer a mucha gente interesante y, sobre todo, porque todavía hay algunos que logran sorprenderme.

Creo que fue en 2014. Véase desde donde se vea, un año tan bueno como cualquier otro. Sin entrar más en detalles, ese fue el año en el que, después de coger durante una hora con un cliente de Toluca, me di a la tarea de recoger mis cosas. ¿Pero qué crees? Un arete no aparecía. El cliente, cuyo nombre es Néstor, me ayudó a revolver cielo y tierra. Busqué en los muebles, entre las sábanas, en el baño, bueno, hasta dentro de sus zapatos, por si había caído allí, pero no apareció.

En vista de que ya se me hacía tarde y no era más que un arete, me fui. Normal es que se pierdan cosas. Como dice una buena amiga: “El universo luego te regresa lo que te quita de la manera en que menos lo esperas”. Llegué incluso a pensar que Néstor lo pudiera haber tomado. No por necesidad, no era una joya cara, sino por fetiche.

Una vez tuve un cliente en Oaxaca que después de ponchar quería llevarse mi calzón para chaquetearse en casa, pero eso es otra historia. El punto es que con un arete menos continué mi vida y no sé si por superstición o premonición conservé el que me quedó.

Semanas después, mientras limpiaba mi coche, algo brillante llamó mi atención. Era el arete perdido que, de inmediato, volvió a hacer par con el guardado.

Hace unos días Néstor me habló y me dijo que vendría a la Ciudad y tenía ganas de volver a verme. Me dijo que nos conocíamos, pero, aunque me sonaba su voz, no me venía su cara a la mente. Habían pasado dos años y no me recordó el incidente del arete, no me puedes culpar.

Sin más ni menos, llegué a su habitación. Ya se había puesto cómodo. Sin zapatos y con la camisa semiabierta. Una cadenita de plata se asomaba por la hendija en su pecho canoso.

Empecé a tener esa sensación de que ya lo conocía y muy poco a poco los recuerdos se iban reagrupando en mi cabeza. Él hablaba un poco de esto y de lo otro. Ya estaba jubilado, pero tenía ganas de seguir trabajando porque está empezando a sentirse como un inútil.

—Oye —le dije yo—, pero puedes aprovechar tu tiempo para descansar.

—Yo descanso cuando duerma en caja —contestó riéndose a carcajadas.

Al fin y al cabo tampoco estaba tan viejo y se veía que era enérgico y con una mente avispada. Se quitó la camisa y los pantalones. Vi una cicatriz en su pantorilla. Grande, como que tuvieron que agarrarle varios puntos. Lo recordaba más ahora.

Pero ya habría tiempo para refrescar la memoria como era debido. Néstor me tomó de las manos y me escoltó hasta la cama. Se sentó en el borde y yo en sus piernas. Su mano atacó mi muslo como una garra juguetona y sus dedos me hicieron unas cosquillitas muy ricas. Con la punta de su nariz acarició mis mejillas, olisqueó mi cuello y apartó mi cabello para luego empezar a besarme, lamerme y mordisquearme. Yo le respondí el juego con rasguñitos muy suaves en los hombros, tentando su boca con la mía entreabierta, ansiosa. Saqué la lengua y la pasé por sus labios carnosos. Fuimos acomodándonos en la cama mientras terminábamos de desnudarnos mutuamente. Se ubicó encima de mí y empezó a restregarme su pene, que crecía en tamaño y grosor. 

Podía sentirlo empujando, gimiendo, haciéndose camino entre mis piernas. Se puso el condón y con su pene erecto y muy duro atravesó mi vagina. Lo fue metiendo lentamente, moviéndose arriba y abajo, delante y atrás, como un vaivén.

Me aferré a su espalda y enredé mis piernas con las suyas. Podía sentir la cicatriz acariciando el arco de mis pies, sus bolas rebotando contra mis muslos, su abdomen sudando sobre el mío, su cadenita de plata bailando entre mis senos. Me decía cositas dulces al oído y gemía a punto de caramelo.

Mis dedos se perdieron entre su cabello rizado y se pusieron firmes cuando adiviné sus intenciones. Se incrementó el ritmo. Empujaba más aprisa, con más fuerza. Sin darnos cuenta, ya íbamos por el tope de la cama, casi por caer, al borde del abismo. Néstor alzó el torso y me levantó con él, pues estaba aferrada a su cuello, a su espalda. Cerré los ojos. Él gritó que se estaba corriendo y lo sentí allá abajo, dentro de mí, palpitando, bombeando como una perforación petrolera.

Rechifló aire y se desenvolvió en la cama con los brazos abiertos, como liberado de un gran peso. Entonces lo recordé como una revelación. Recordé el arete y la búsqueda, el orgasmo brusco, los besos, el colchón volando como en un huracán. Retozamos muy rico por algunos minutos hasta que él volvió en sí, se puso de pie, sacó algo de su pantalón que puso en mi mano. Eran unos aretes muy parecidos al que creí perdido en 2014.

Me quedé muda. La verdad es que aquella vez tuvimos un sexo bien intenso y volteamos patas arriba la habitación. En fin, el universo da, el universo quita y a veces da de más. Raro ¿no? Le expliqué que el arete perdido había aparecido, que la gentileza no era necesaria, pero él insistió en que me los quedara. Me hizo sonreír. Me encanta ser sorprendida, que pasen cosas buenas que no me espero.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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