El Cuauh anotó en mi portería!

Mis senos lo ahogaron, pero él los atajó con su boquita abierta. Sus labios abarcaron la areola del derecho, mientras que sus dedos traviesos pellizcaban el pezón izquierdo
Lulú Petite
12/05/2016 - 05:00

Querido diario: Resulta que atendí a Cuauhtémoc Blanco. Bueno, en realidad no atendí a Cuauhtémoc Blanco, uno de los futboleros más polémicos, atleta exitoso, americanista típico en lo bueno y en lo malo, mandamás de la ciudad de la eterna primavera, amigo de Tepito, héroe de los niños y terror de los villanos. No, a ese no lo atendí. Atendí a un Cuauh que no es Cuauh. Es decir, es igualito, casi una fotocopia. Si lo ves en la calle no lo dudas, el parecido es tan formidable que podría dedicarse a aparecer como su doble en fiestas infantiles o en pedas de borrachos que le vayan al América.

Vaya la casualidad que quiso que la genética le hiciera semejante jugarreta a quien, para acabarla de joder, ni siquiera le va al América. Nació en El Salvador, pero se vino a tierras chilangas desde muy niño para nunca más irse, según me contó.

Es contador público y se dedica a hacer auditorías. Si no fuera porque a diferencia del señor presidente municipal de Cuernavaca, su clon no tiene la jorobita que distingue al ex delantero de las Águilas, jurarías que es Cuauh. Él, en cambio, camina derechito, como empeñándose en hacer notar lo único que lo distingue del goleador. Además de eso, luce un bigotito incipiente que, lejos de distinguirlo, hace que parezca un mal disfraz.

—¿Auditorías?, —pregunté.

El clón, muy delicada y sistemáticamente, corrió la cremallera de mi vestido hacia abajo.

—Sí —dijo tranquilamente—. Diez años de experiencia.

—Diez años de números —comenté.

Tenía las manos pequeñas, pero el pulso firme y preciso. A falta de más palabras, prosiguió, besando mi hombro:

—Por esos números debo buscar cómo desestresarme.

Sus manos siguieron su curso, como si se gobernaran solas, mientras continuó hablando:

—Con o sin bigote, igual me confunden con… tú sabes.

El parecido era tan evidente que hasta él mismo lo explicaba. No pude evitar reírme cuando salió de su ronco pecho la cruz de su parroquia, e imaginarlo, no sé, en la cola del súper, esperando pagar en la caja, o en la calle, o en el banco y que unos chavitos viéndolo con caras de “¿será o no será?”, como con ganas de pedirle al autógrafo o preguntarle qué hace tan lejos de Cuernavaca.

Cuando me reí se sonrojó de una manera que me conmovió mucho. Esos ojitos inocentes parecidos a los de la tele, periódicos y en miles de memes. Esa quijada robusta, esa boquita compungida, esa frente amplia, sus cejas arqueadas, el ceño fruncido, los labios pequeños y filosos, tan filosos como las palabras del verdadero personaje. No es fácil parecerse a nadie, pero ¿al Cuauh? Lo miré bien. De arriba a abajo.

—A mí no te me pareces tanto, ¿sabes? —mentí—. Tú eres más guapo.

Sonrió. Su vergüenza se transformaba en confianza. Después de una larga jornada revisando minusiosamente interminables cuentas en su trabajo, salir a dar la cara por ahí, esa cara que era suya, pero que al parecer no le pertenecía, merecía que lo consintiera.

—Además —agregué peinándole el copete negro— mejor parecer un hombre exitoso que nadie, seguramente el parecido te trae cosas buenas.

Sonrió y asintió con la cabeza, como recordando cosas graciosas. Lo demás se desenvolvió con naturaleza. No debe subestimarse a un hombre que sabe reaccionar bajo presión. Mis senos lo ahogaron, pero él los atajó con su boquita abierta. Sus labios abarcaron la areola del derecho, mientras que sus dedos traviesos pellizcaban el pezón izquierdo. Rodamos sin ton ni son, haciendo un desastre de sábanas, besos, caricias y sudor. Se aferró a mi cadera y empezó a restregarme su garrote, prensado y durito. Asomaba sus intenciones más primarias. El roce me excitaba. Sentía la cabeza de su pene, abultada y tiesa, palpando por encima de mi calzón. Frotaba sus piernas contra las mías. Aunque estaba gordito, tenía musculatura suficiente para sentirla entre mis manos. Su espalda era mi asilo, su cuello era mi asidero, su lengua mi sustento.

Volvimos a rodar cuando me penetró. Yo alcé bien las piernas para que entrara de lleno, sin más preámbulos. El tallo de su pieza viril atravesó mi umbral y detonó una carga de sensaciones divinas. Auditor, hombre de números, delantero, goleador o lo que sea, cogía como semental domado.

Terminé meneándome debajo de él, sacándole provecho a su empuje. Me apretaba las tetas, marcando sus dedos en mi piel tierna. Se corrió alucinantemente, con los ojos desorbitados, arrugando la cara en una mueca que parecía de dolor y de triunfo, casi lo imaginé extendiendo su brazo derecho en diagonal, con la palma hacia abajo apuntando al cielo, y el otro brazo, flexionado con la mano también hacia abajo, junto a sus costillas, a la altura del pezón izquierdo.

Acostada debajo de él, permanecí tranquila, mientras acariciaba muy cariñosamente mi cabello. Hay personas fascinadas por los futbolistas, pero yo, que no soy ni futbolera ni mucho menos, estoy fascinada con las extrañas sorpresas que esconden mis más candentes y singulares clientes.

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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