Sacia sus ganas

Es nadador y tiene la piel suavecita y unos músculos como para no ahogarse en un naufragio. Me besa salvajemente y me agarra por la cadera
Lulú Petite
12/04/2016 - 05:00

Querido diario:  Sabes que jamás me retuerzo de envidia. David está equivocado.

—No mames —le respondo.

Él dice “Ja”, como si fuera argumento suficiente. Lo calcino con la mirada, pero el muy tarado me hace una mueca y me saca la lengua. A veces es tan tonto. “¿Cómo pude estar con él?”, pienso entonces. Lo sigo por el pasillo y me doy cuenta de que no cuaja en el sitio. Está, como dice un cliente, más desubicado que uno del Cruz Azul en los últimos minutos de aquella final de dramática memoria contra el América.

—¿Qué es esto?

—Dame acá, menso —le digo yo quitándole la bala vibradora.

Empiezo a explicarle cómo funciona, pero lo noto incómodo.

—¿Ahora qué?

—interrumpo.

—Ese no les va a gustar —dice quejándose cual niño.

Me doy. Lo dejo con la mirada perdida en los escaparates y le pido a la chica de la caja que por favor nos ayude. Le cuento que buscamos un regalo para una pareja.

—¿Ustedes?

—No, no, no, no —brinco yo.

Miro a David, quien reprime una risa.

—¡No! —insisto— Yo no...

—Ella sí sabe de esas cosas —dice David.

Le atino un codazo en el costillar y me trago mi risa. La de la tienda se impacienta. Continúo:

—Es para...

—Mi hermana —miente él.

Mis ojos saltan. Él me hace un gesto para que le siga la corriente. Media hora después salimos de la sex shop con un conjunto de ropa interior comestible envuelto en papel de regalo. Checo la hora en el cel.

—¿Entonces qué? —me pregunta.

—¿Qué de qué?

—¿Vas luego a la fiesta?

—No, gracias —contesto, recordando dónde habíamos dejado la discusión.

—Me pidieron que te convenciera.

Vuelvo a checar la hora. 

—¿Qué onda con lo de tu hermana?

—No quería que ella pensara algo raro.

—Claro, porque es más normal comprarle juguetes sexuales a tu hermana. ¿Por qué sobre todo tienes que dar explicaciones, David?

Ve la acera en silencio. No tiene respuesta. Le digo “hasta lueguito” y me subo al coche. Él toca el vidrio y lo bajo para verlo inclinado, con su carota de mosco, sosteniendo el regalo.

—¿Te das cuenta? Típica envidia.

Doblo mis nudillos y le enseño mis uñas casi embarrándoselas en la cara. Sabe que no siento envidia y sólo lo hace para fastidiar. El regalo es para una amiga, está por casarse y decidieron hacer una de esas despedidas de soltero de parejas, el regalo es una broma, pero me da mucho gusto que se case y que sea feliz, no siento ni la menor envidia, pero no puedo ir a la fiesta porque tengo trabajo. Supongo que con lo de la envidia, David sólo quería azuzarme el orgullo para que accediera a ir, pero nanais. Por poco le destajo la nariz al subir la ventana, y me voy hundiendo el acelerador. Suficiente David por hoy. Con sólo pensar en el tema me hierve la sangre. Envidiosa, ja. No sé cómo, conociéndome tanto, puede pensar en manipularme tan chafamente. Sigo refunfuñando mentalmente cuando llego al motel, aparco el coche, paso por recepción, subo las escaleras y entro a la habitación. 

Elías camina de un lado a otro, pegado al cel como una rémora. Me hace un gesto para que pase y me siente. Se desanuda la corbata y sigue hablando, dando órdenes a alguien en su oficina. Levanto la pierna y descorro la cremallera del vestido. Mi lencería queda a la vista exponiendo la redondez de mis senos. Elías observa, cada vez menos pendiente del teléfono. Abro las piernas y empiezo a subirme la falda con los ojos puestos en él. Me mira con deseo, boquiabierto.

—Te hablo luego —dice Elías antes de colgar.

Su actitud cambia. Ya no está estresado, sino que acecha. Se acerca a mí y me acaricia el cabello. Yo siento su macana dura entre mis dedos y le doy un beso por encima del pantalón. Terminamos de desnudarnos y nos acoplamos en abrazos y caricias desbocadas.

Me coloco encima de él y lo tomo por las muñecas. Coloco un pezón al alcance de su lengua y él lo lame con ansias. Mi piel se cubre de un escalofrío muy rico. Acto seguido me penetra, empujando lentamente, sintiendo un alivio cálido en su entrepierna. Yo siento que me empala. Cierro los ojos cuando él nos hace rodar por la cama y se afinca con todo el peso de su cadera en la mía. El sudor se escurre por su frente y yo gimo ansiosa, pidiendo que no pare. Mete un dedo en mi boca. Un dedo salado y divino que chupo enterito como si fuera su pene. Me aferro a su espalda. Elías es nadador y tiene la piel suavecita y unos músculos como para no ahogarse en un naufragio. Me besa salvajemente y me agarra por la cadera. Entonces viene el bum, la detonación líquida, con todo su espasmo y su explosión de oxígeno, sus venas brotadas y su repentina modorra. Elías ha saciado sus ganas y yo estoy extasiada.

—¿Qué te pasa? —pregunta.

—Nada, estaba pensando en la envidia —digo.

No es de los más expresivos. Va al grano.

—Mmmmm —suelta de pronto—. Nadie es realmente digno de ser envidiado.

Quizás no esté tan de acuerdo, pero me encanta la gente así de clara.

Un beso

Lulú Petite

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