“El ratito” Por Lulú Petite

No sé si es una sutil adicción a las batas blancas, pero no puedo negar que más de un médico me ha movido el tapete
Lulú Petite
11/12/2014 - 03:00

QUERIDO DIARIO.Lo admito. Tengo debilidad por los médicos. No sé si es una sutil adicción a las batas blancas, pero no puedo negar que más de un médico me ha movido el tapete.

Claro, no todo es miel sobre hojuelas. Siempre hay un prietito en el arroz: Hace unos años, en un lugar de la Raza de cuyo nombre no quiero acordarme, tuve la mala cabeza de iniciar un pésimo pero tórrido romance con un distinguido cirujano que, además de estar casado es un embustero compulsivo.

Lo peor es que, además, ni siquiera es guapo, pero maneja tan buen verbo que cuando te das cuenta te tiene comiendo de su mano.

Es letal como un bonito anzuelo ¿te imaginas? el pobre pez va nadando feliz, cuando de pronto ve moviéndose algo con cara de sabroso -¡A huevo! ¡Comida!- Pensará el pez, sin saber que la merienda esconde el filo en que se va a ensartar.

Así con el doctorcito, parece buena gente, una noble carnada, pero esconde un aguijón para apañarte cuando le hincas el diente.

Y es que los casados, cuando son sinvergüenzas, manejan un cinismo espectacular. Los peores no son los que te mienten diciendo que son solteros, al contrario, los más canijos son los que desde el principio usan el matrimonio de coartada. Como si el matrimonio no fuera un estado civil sino de una especie de discapacidad. Se pintan atrapados por una tirana frígida, en una situación tan desvalida que cuando te das cuenta, ya les estás dando la razón (y las nalgas).

Poco a poco, con paciencia de un pastor experimentado, van llevando el corderito al matadero. Cuando ya te tienen con las piernitas al hombro, de chivito al precipicio o en veinte uñas, ni cómo zafarte. Cuando empiezas a creer que lo que sientes por él es amor, perdiste el control del barco. Él lleva el timón y tu vas naufragio.

Mi triste historia, señoras y señores del jurado, comenzó por accidente: Una llamada equivocada, de esas que sólo suceden cuando el destino marca el teléfono. No fue mi cliente, pero se hizo mi amigo y, a partir de entonces comenzó a cocinar el romance.

No me tiró el chon de volada. Al principio se aplicó con largas llamadas cariñosas y confidencias. Donde yo veía detalles, él comenzaba a tejer su telaraña. ¡Claro! Ilusa de mí, como el pececito que miraba el anzuelo con cara de tentempié, lo veía como un hombre lindo y con buenas intenciones.

Mientras yo creía que me bajaba las estrellas, él planeaba cómo bajarme los calzones. Me fue enamorando poco a poco, paciente como alcancía, que sabe que tarde o temprano le ha de caer su tostón.

El día que desperté sabiendo que lo quería, programé gira por la generosa ciudad de Toluca, donde vive el ínclito galeno. Me fue a ver al motel, como amigo (a huevo, el plan del muy codo no sólo era coger, sino que fuera gratis).

He de admitirlo, me gustó. La tenía como pitufo (chiquita pero fiestera) y sabía moverse del modo que me hace venir de volada. Sorry, caliente soy y mucho. Esa tarde se la dediqué a él, incendiamos el motel y nos hicimos novios.

Desde entonces, se metió en mi vida. Al principio pensé que tenía el control. ¡Claro! Después de todo, cuando él va, yo ya fui y vine… Sí ¡Ajá!

Hay gente que sabe administrarse tan bien que no te das cuenta de que la ocupas hasta que te son indispensables. Se fue dosificando. Al principio él me buscaba, poco a poco y sin dejar que me diera cuenta fue volteando la tortilla. De pronto era yo quien esperaba su llamada, quien ardía por verlo y disfrutaba como adolescente nuestras escapadas pasionales y desenfrenadas. Me dedicaba poco tiempo, pero delicioso. Es como la ratita, que tuvo dos ratitos y le cogieron uno, yo no soy ratita para enojarme si me cogen un ratito.

Entonces comencé a descubrirlo: Eran varias a las que les calentaba la tatema. Doctoras, amigas, enfermeras, pacientes, chavitas. De 20 a 40, lo que se moviera. No dejaba una pa’ comadre. Era avaro y cuenta chiles. No disparaba ni en defensa propia y a todas nos vendía el mismo cuento: La esposa ingrata, él tan solo, lleno de chamba y con tanto amor para dar (Ni tanto, unos diez centímetros).

Me di cuenta de que todo era un teatro, cada palabra suya estaba diseñada para engatusar a alguien. Comencé a guardarle rencor.

Pero no soy bodega para andarle guardando nada a nadie. Al final, como todo, terminó por cansarme. Una cosa es el amor y otra la paciencia, si se agota la segunda el primero vale gorro. Poco a poco, entre pleitos y reconciliaciones, lo fui mandando al cuerno. No me creyó cuando al fin le dije que no quería volver a verlo, pues sigue llamando y dejándome mensajes. No le hago caso, ya no le guardo rencor, pero tampoco le tengo cariño. Como diría José José, ya lo pasado a la burguer.

Quedé curada de espanto. Eso sí, como cuando algo te indigesta, decidí evitar liarme con doctores. Hasta que conocí a mi Doc. Un adorable médico de terapia intensiva que vino a restablecer en mi corazón el buen nombre de tan noble profesión. Pero de él te cuento el martes ¿va?

 

Hasta entonces, un beso

Lulú Petite 

 

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