“Otros tiempos“ Por Lulú Petite

A esas fiestas íbamos varias y se armaban orgías tremendas. Era un ambiente relajado y divertido, en el que se valía de todo...
Lulú Petite
11/11/2014 - 03:00

Querido diario: 

Eran otros tiempos aquellos. La agencia de El Hada estaba en Polanco. Era un penthouse bonito y muy cómodo, súper bien equipado: con seis recámaras, gimnasio, sauna, bar, cocina con chef las veinticuatro horas, una enorme sala de estar, jacuzzi y hasta gimnasio.

En esa época siempre había chicas allí, preparadas como bomberitas, esperando la llegada del cliente para apagar sus calenturas.

La mayor parte de la chamba caía después de las tres de la tarde y antes de las doce de la noche, pero en las madrugadas siempre salía algo. Casi siempre nos la pasábamos en una salita de estar, también muy confortable. Dormitábamos en los sillones, veíamos la televisión o sosteníamos largas conversaciones, cargadas de chistes y chismes.

Muchas vivíamos en un edificio de departamentos en la colonia Condesa. Puras colegas. Los depas eran chicos, pero muy acogedores y, sobre todo, prácticos. Allí pasaban todo el día taxis que nos llevaban a la agencia o a servicios en hoteles y en casas particulares. Era cómodo y, como todas andábamos en lo mismo, no había asuntos de dimes y diretes con las vecinas. Cuando menos no con las del edificio, los de otras casas habrán tenido suspicacias con la continua entrada y salida de chavitas guapas noche y día, algunas con la P mayúscula bien tatuada en la frente. De todos modos no nos metíamos con nadie, así que nos dejaban en paz. ¡No molestar! Es la regla de oro del Distrito Federal.

En la agencia nada más hacíamos base y, claro, allí atendíamos. La rutina era más o menos la misma: Llegaba el cliente, y desfilábamos frente a él para que nos viera y tomara una decisión.

Era como pasearle el bufet de tetas y nalgas de los que podía servirse. Cada una nos presentábamos, le dábamos un beso en la mejilla y volvíamos a la fila. Había para todos los gustos. Cuando todas decían su nombre, caminábamos de regreso a la salita, todas en hilerita, como en la escuela cuando se acababa el recreo. Mientras el cliente se quedaba en el recibidor con El Hada y decidía a cuál de las chicas que acababa de echarle el ojo, quería echarle el guante.

Como si hubiera revisado el menú de un McDonald’s, el cliente escogía a la que más se le había antojado de la fila: “Me da una Big Mac, con papas y refresco grande”. El Hada llamaba a la elegida, quien llevaba al cliente de la manita a una de las habitaciones y allí le poníamos durante cerca de una hora. Cumplido el tiempo nos vestíamos, nos despedíamos del cliente con un beso más o menos provocativo y a esperar el siguiente turno.

Había bar y cocina, así que si llegaban dos personas o grupos y querían tomarse un chupe, platicar y fajar antes de coger, también dábamos ese servicio. Claro, igual El Hada  cobraba por hora y el taxímetro comenzaba a correr desde que el cliente elegía a la chava o chavas que quería pasarse por las armas. Podía ser una o podían ser más, todo límite podía acordarse, siempre que se estuviera dispuesto a pagar el precio.

El Hada trabajaba con un catálogo muy exclusivo de clientes que llagaban a la casa. No cualquiera podía entrar, había que venir recomendado por otro cliente y ser aprobado por El Hada. No era un lupanar  cualquiera, era un club muy cerrado y de difícil derecho de admisión, aun así, había mucha chamba.

Ya con el tiempo los mejores consumidores, los más recurrentes, comenzaron a pedir que se les atendiera en su casa. Algunos aprovechaban una salida de su esposa con los hijos, despachaban a la servidumbre y organizaban un encuentro. Otros, tenían lugares especiales para sus aventuras. Rara vez íbamos a hoteles. De hecho, la mayoría de los clientes tenían algún departamento instalado sólo para coger con sus amantes o con acompañantes de paga. Ahí nos invitaban.

El Hada trabajaba con puras chavitas jóvenes y guapas. La mayoría, niñas bien que, por una u otra razón (casi siempre relacionada con falta de lana), habíamos terminado rentando nuestros cuerpos. Había también bellezas labriegas, niñas preciosas de pueblos apartados o de barrios bravíos, que parecían muñequitas con modales de afiladoras y una vocación para la putería que elogiábamos. Claro, todas con El Hada pasábamos por un proceso de refinamiento. Una especie de curso de inducción, en el que nos adiestraba para atender al cliente de modo que el dinero que nos daba no le pareciera un gasto.

Llegó un momento en el que atendíamos muchas fiestas. Igual en los domicilios de los clientes o íbamos a lugares fuera de la ciudad, casas de campo, restaurantes, antros o spas. Ya para ese entonces, era tan lucrativo el servicio a domicilio, que dejamos de usar el penthouse: “Bye, bye Big Mac, welcome Domino’s Pizza”.

A esas fiestas íbamos varias chavas y se armaban orgías tremendas. Era un ambiente relajado y divertido, en el que se valía de todo, de eso te cuento un poco más el jueves.

Hasta entonces, un beso.

Lulú Petite

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