Tiene un pistolón

Un hombre con una buena arma y que sabe usarla, siempre es atractivo
Lulú Petite
11/08/2016 - 05:00

Querido diario: Tengo un cliente que es militar. Bueno tengo varios que son militares, pero este se está ganando ser mi consentido. Tiene los ojitos profundos y seductores, como el gatito de Shrek, son los luceritos más pizpiretos y lindos del mundo, de esos que, al mismo tiempo comunican ternura y sensualidad.

La última vez que lo vi, el cabrón había dejado su arma descargada en el tocador. Veo algo parecido en otra circunstancia y salgo corriendo sin decir ni pío, nada de que lo atiendo, pero cómo a él ya lo había visto antes y sé que es un buen muchacho, no me preguntes por qué, pero en vez de asustarme, me excitó mucho eso. Puede parecer tonto, pero me sentí atraída, como estar con mi macho alfa, con un pistolón bajo los chones y otro, en el tocador, frente a la cama. Ambos listos para disparar su carga caliente. De esas veces que te dan cosquillitas cachondas entre las piernas nomás porque te sientes al mismo tiempo protegida y vulnerable. Un hombre con una buena pistola y que sabe usarla siempre es atractivo. Uno con dos, pues…  me empapé.

¿Que si es guapo? Sí, pero no de una manera convencional. No es guapo al estilo de los que salen en las novelas, con una belleza entre lo masculino y lo femenino, él es profundamente varonil, con una cara de bronce, como tallada en madera, de esas bellezas rudas, que no tienen nada regalado y los logros se van ganando centímetro a centímetro, pero que imponen tanto que llaman mucho la atención. No es muy alto, pero, como buen soldado, tiene unos brazos y un cuerpo tan sabrosos, que verlo desnudo es uno de eso placeres donde una se pone poco profesional y sucumbe ante algo tan mordizqueable, besuqueable, acariciable, cogible. Su carita, cuando hemos estado juntos, siempre dibuja una amplia sonrisa, cuyas comisuras apuntan hacia sus ojitos coquetos en forma de corazón. Van tres veces que lo veo. Siempre en domingo, como si fuera Chabelo o Raúl Velasco, ni pedo, es el día que los soldados tienen para escaparse a hacer travesuras, el resto de la semana: cuartel. Pero como yo chambeo de domingo a domingo, si me llama voy y me encanta verlo.

Nomás tres sesiones de sexoterapia ha tenido conmigo, pero habrías de ver cómo ha cambiado desde que lo conocí. No te la crees, es otro. De ser un chavo súper serio y tener carita triste, ahora nos vemos y me recibe con su mirada tierna, llena de amor y dulzura. No te imaginas al chamaco maravilloso que he ido descubriendo debajo de la armadura de hombre mamado y cabrón, miembro de las fuerzas armadas, atlético, pitudo, incansable.

Bajo la coraza de aquel guerrero, hay un chavo dulce que me cuenta de su niñez, de lo peligroso que es juzgar a los padres y lo inútil que es pensar en el pasado cuando son cosas que ya quedaron atrás y no se pueden cambiar, pero sí aprender de ellas. Está convencido de que la vida es prestada y lo que importa es el momento y vivir el ahora. Me ha sorprendido su dulzura y encontrar en él tantas cosas y formas de ver la vida con las que me identifico profundamente.

Lleva las riendas de su vida con disciplina. Está instalado en el cuartel, de modo que cuando puede salir, se da tiempo para darse sus gustos. A veces paga por sexo nomás para que no se le olvide que todo se puede controlar y para no complicarse. Es un buen muchacho y así fue que nos encontramos. La última vez me recibió en su habitación con su característica sonrisa picarona dibujada y su corte militar, precioso.

Dispuse mis cosas sobre la mesa de noche y me senté en la cama. Él se puso a contarme de su semana, y luego de sus días de infancia, de su mamá, de su familia, de la vida. La historia incluía detalles adorables y testimonios de una vida complicada. Con muchas diferencias en nuestras historias, podríamos decir que hemos vivido tantas coincidencias que nuestras vidas se parecen. No sé si me contaba todas esas cosas para animarme o para animarse él mismo, pero funcionó, al final ya había cariño entre nosotros. Me sonrió.

No sé. Ese algo suyo se manifestó en ese momento y me hizo desearlo ya. Le dije que se acercara. Él quería terminar cuanto antes, pero yo necesitaba que se concentrara.

—¿Qué? —preguntó acercándose hasta el medio de la habitación.

—Escoge —le propuse desabrochándome el sostén.

Tenía una intuición muy fina. Entrecerró los ojos, me miró con intensidad y se colocó justo frente a mí.

—¿Izquierda o derecha? —le pregunté casi susurrando.

Hizo una breve pausa antes de contestar con expectante seguridad.

—Izquierda —dijo.

Sonreí. Tomé su mano izquierda, la coloqué en mi pecho e hice que fuera acariciándome el cuello y el rostro. Entonces me metí su índice en la boca y empecé a chuparlo lenta y plácidamente.

Tomé su sexo y lo saqué del pantalón. Su miembro apuntaba al norte en ángulo ascendente. Comencé a frotárselo con ambas manos sin dejar de chupar su dedo. 

Sentí su miembro hinchado y caliente en la palma de mi mano. Alcancé rápidamente un preservativo, se lo coloqué usando mis labios —cosa que le encantó— y nos tumbamos en la cama, con un repentino arrebato de pasión animal subiéndonos por la espina nos fuimos desnudando mutuamente.

Abrí las piernas y recibí su primer embate. Empujó con fuerza y y empezó a agitarse como si lo electrocutaran.

—Despacito —gemí bajito en su oído—. Házmelo despacito y rico.

Me lo hizo suave, pero contundentemente, afincándose en mí cuando se vino, dando la última estocada. Terminamos los dos cubiertos de una capa fina de sudor, riéndonos de la situación.

Besos

Lulú Petite

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