La miel de la vida Por: Lulú Petite

Lulú Petite
11/08/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: Las cosas pasan por algo. Después de todo, como dicen popularmente, las casualidades no existen, sino que uno las va creando como si uniera los puntos para revelar un dibujo que estuvo ahí todo el tiempo. Si hoy hubiera buscado mi horóscopo, seguramente algo me habría dicho de buscar la miel de la vida, de todos modos, por donde quiera la veía.

Hoy tenía una cita a mediodía. Me desperté temprano y, como de costumbre, me fui a hacer ejercicio. Cuando salí del gimnasio me sobraba mucho tiempo como para irme al hotel desde esa hora, pero era poco como para ir hasta mi casa, además no había desayunado y como el motel donde quedamos de vernos queda a un par de calles de un centro comercial, me fui a meter a un restaurante para esperar a que diera la hora. Desayuné ligero, para no contrarrestar lo trabajado en el gimnasio, pero en la mesa de al lado, una señora estaba desayunándose unos hot cakes que se veían deliciosos.

Levantaba el tarro de miel y dejaba que cayera sobre el pan calientito haciéndolos irresistibles. Se me hacía agua la boca, pero aguanté la tentación.

Cuando terminé mi desayuno caminé por los pasillos para perderme entre los libros. Tenía todavía varios minutos para matar antes de que me llamara el cliente y me diera el número de la habitación donde le daríamos rienda suelta a la lujuria. Me había escrito por Twitter y se presentó como un hombre muy dulce. Tenía muchas expectativas, pues venía referido por otro cliente muy querido, quien me había dicho que podía esperarme algo muy especial y difícil de olvidar con este nuevo personaje.

Merodeaba en la librería, sobando los lomos de los libros, como esperando sentir algo peculiar en alguno de ellos. Tomé uno al azar. Lo abrí por la mitad y encontré un capítulo sobre las abejas, su organización, sus panales, su miel e inevitablemente me vino a la cabeza de nuevo el desayuno de la señora, cuando sonó mi celular y la voz del otro lado de la línea, la de mi nuevo amante, me dijo que estaba llegando al motel y me dio el número de su habitación. Puse el libro de vuelta en su lugar, fui a lavarme los dientes y apresuré el paso.

Llegué pocos minutos después. Él tenía hombros y cuello bien formados, amplios como un rompeolas, y un mentón huesudo, con vetas de músculo maxilar y un hoyuelo en toda la punta que lo hacía ver como un durazno. Se llama Alejandro y es fisiculturista.

Hablamos de temas variados por algunos minutos, acariciándonos por encima de la ropa que poco a poco nos íbamos quitando. Sí, era dulce como había prometido. Un macho de aspecto monumental, como una roca, pero mansito para coger y luego abrazar.

Su abdomen de acero estaba bien rico. Y su pecho, qué divino, todo fibroso. Debajo de su bóxer había un bulto enorme apuntando hacia mí.

—¿Eso es para mí? —le pregunté posando mi mano sobre aquella vara ardiente y palpitante. La enrollé con mis dedos y la sentí crecer más.

Me besó con lujuria sin mediar más palabras. Me di media vuelta, acostada sobre un costado y él se ubicó detrás de mí, tendido en diagonal. Se vistió especialmente para la ocasión con un preservativo extralargo, me aferró por la cadera y fue clavando hasta la base su pene entero. No gemía, sino que rugía mientras movía su cadera hacia delante y atrás. Me metió el índice en la boca y lo chupé. Tenía un sabor muy dulce. Luego, con ese dedo, comenzó a tocarme el clítoris. Fue como si me activaran un turbo. El umbral del placer estaba claro en el camino. Apreté la vista y empecé a gritar de gozo.

Su pene vibraba y estaba prácticamente derritiéndome las entrañas. Mi vagina húmeda salpicaba su vientre de gladiador. Mordí la almohada cuando me corrí, justo a tiempo para cuando él sacó su miembro, lo extendió sobre mis nalgas y disparó su leche caliente y espesa inundando el condón. Vaciado y adormilado, estiró los brazos y ocupó casi toda la cama. Fui al baño y me metí bajo la ducha. Me quedé bajo la regadera, sintiendo el agua limpiar mi cuerpo. Cerré los ojos y me relajé, agradecida por tan fenomenal cogida. Dulce y bestial resultó ser el cliente. Un balance perfecto en un cuerpo perfecto.

De pronto lo escuché entrar en el baño. Corrí la cortina y lo vi, con su macana meciéndose como un péndulo entre sus piernas, colocar un frasco de miel sobre el lavamanos. Lo desenroscó y hundió un dedo hasta el fondo, lo revolvió y lo sacó completamente embadurnado. Lo blandió en el aire por un segundo y se lo metió en la boca. Repitió la operación una vez más antes de darse cuenta de que lo estaba viendo.

—¿Estás un poquito loco o eres un oso depilado? —pregunté cerrando la ducha.

Relamiéndose, ahogó la punta de su índice otra vez en el frasco y se untó un poco de miel en los labios sin dejar de mirarme a los ojos, entonces se acercó y me dio un beso, caliente, delicioso, dulcísimo.

Lo de la miel, según me explicó, se debía a una dieta estricta que debía cumplir para estar en forma. Cosas raras de esos que son músculos por todas partes, necesitan energía. Yo no habré desayunado mis hot-cakes, pero la miel ¡caramba! Qué manera deliciosa de quitarme el antojo. Un cliente dulce, sin duda.

 

Hasta el jueves

Lulú Petite

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