“LOS QUE CAMINAN”, por Lulú Petite

Lulú recuerda una candente experiencia ocurrida mientras una manifestación avanzaba por el centro de la ciudad
Lulú Petite
11/06/2015 - 03:00

Querido diario: Empujo la cadera hacia atrás y dejo que entre, suavemente. Él me jala hacia su pelvis y embiste.

—Relájate —dice.

A cuatro patas, levanto mi sexo y se lo ofrezco. Su miembro, bien lubricado, se abre paso entre mis nalgas. Respiro profundo y aguanto el primer embate. La punta gorda de su pene despeja el camino. Luego va entrando el resto, el tallo. Siento que su miembro, firme como una piedra, roza las paredes de mi vagina como un taladro hidráulico. Aprieta mis hombros, besa mi nuca, masajea mis senos, estruja mis pezones duros como botones de madera. Sus dedos se hunden entre los pliegos de mi cintura y me hace ir hacia atrás, hacia delante.

No es la primera vez que estoy con él, es un buen cliente, nos hemos visto en Guadalajara, él es de allá. A veces, cuando viene a México y se queda a dormir aquí, me llama, generalmente lo veo a mediodía, como una excepción voy al hotel donde siempre se hospeda, uno en avenida Reforma, allí de día no se ponen tan quisquillosos con quién sube a los elevadores y me resulta cómodo. Me siento muy a gusto cuando estoy con él y me alegra cuando llama.

Deshago la sábana con las uñas, me muerdo con mis dientes, sudo frío. 

Tiene el miembro ancho. Eso generalmente no me gusta, pero me tiene tan caliente que entra sin tanta dificultad. Duele, claro, pero duele tan rico que no quiero parar. Al principio es difícil no oponer resistencia, pero una vez que me convenzo de que lo mejor es dejarme llevar, comienzo a disfrutarlo de una manera que no me esperaba.

Es alucinante, es increíble. Él es de los que saben muy bien cuándo ser bestias y cuándo ser caballeros.

—Lo estás haciendo muy bien —susurro.

Entra, sale y entra nuevamente. Con dulzura, lo recibo y lo voy haciendo mío. Arqueo la espalda y abro más las piernas. Sus testículos rebotan en mi entrepierna con cada arremetida, una fuerza avasallante que surge de sus muslos. Primero lo hace muy lento, luego va acelerando y penetrando más fuerte. Estoy al borde del delirio cuando hurga con su índice la cúspide de mi vagina y encuentra mi clítoris. Es habilidoso para manipular mi botón del caos. Lo oprime y veo nubes de colores que se hacen añicos en el aire. Pienso en una explosión nuclear y me vengo, casi desmayándome.

Pero él no ha terminado. Todavía estoy tratando de reponerme cuando aumenta la potencia de sus acometidas. Mis terminales nerviosas están a flor de piel y una comezón divina me recorre desde la columna hasta los pies. Él gime y grita como loco. Está comprimiendo sus músculos, exprimiéndose para cerrar con broche de oro. Gime con fuerza antes de sentir dentro de mí, su miembro vaciarse en el preservativo.

Sale de mí, se quita el condón de un golpe y lo avienta hacia el cesto de la basura, desde luego, cae en el piso. Yo sigo en cuatro, temblando entre el éxtasis y el asombro. Me siento satisfecha y, al mismo tiempo, tan débil. Ese cansancio que viene después de un goce abrumador. Tengo orgasmos a menudo, después de todo, coger es mi trabajo; pero cuando son tan potentes me dejan por un momento como dislocada, frágil, impotente.

Él se deja caer de espaldas contra el colchón y exhala fuerte. Una sonrisa deliciosa se le dibuja en la cara cuando me mira con cierta malicia. Ha pasado una fracción de segundo y yo sigo en cuatro, pero supongo que me veo desconcertada, sonrío y me recuesto también, con la cabeza sobre su pecho. Siento su corazón brincar, acelerado. Supongo que por el esfuerzo físico.

Abajo, en la ciudad, una marcha de maestros complica el tránsito por Paseo de la Reforma. Me levanto a darme una ducha, indispensable después del sexo.

Salgo desnuda, secándome las gotas que tiemblan sobre mi piel y desaparecen al paso de la toalla. Él me mira desde la cama y deja de revisar correos desde su celular para prestarme atención. Me asomo por la ventana, completamente desnuda. Seguramente si alguien volteara hacia arriba podría distinguir mi cuerpo expuesto con la misma mediana nitidez que yo alcanzo a ver su andar cansado por una de las principales avenidas de la ciudad. Son muchos. La distancia y el cristal no me permiten escuchar bien sus ingeniosas consignas. Hace unos días escuché algunas y no pude evitar reír. La gente camina hacia Bucareli.

—Esas son las cosas que hacen imposible esta ciudad. Siempre hay alguien reclamando algo, maestros disidentes, calles tomadas —dice él desde la cama.

Me es difícil criticar a los que caminan abajo, detrás del cristal de una habitación confortable. No respondí. Regresé a la cama para comenzar a vestirme. La ciudad es difícil, pero es más difícil que no nos entendamos.

Supongo que tanto los que caminan, como quienes los critican, tienen razón. Sus razones ¿Cómo encontrar un punto medio que atienda las de ambos? Un acuerdo capaz de conciliar y reconciliar. Los disidentes son eso, personas que se sienten agraviadas y tienen derecho a disentir. Ojalá resuelvan sus planteamientos.

La ciudad es difícil, pero es la mía y la amo.

 

Un beso

Lulú Petite

 

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