El que la tenga más grande

Lulú promete ponerse espléndida con sus más fervientes seguidores
11/02/2016 - 14:12

Querido diario: A finales del año pasado me llamó don Eduardo. Yo no lo conocía a él, pero gracias a lo que he escrito aquí, él sí me conocía a mí. Don Eduardo tiene poco más de sesenta años y, desde que recuerda, este diario ha sido parte de su vida. Aquí ha leído sobre los acontecimientos más relevantes que han pasado en la Ciudad de México. Ha visto cómo, junto con el país y los tiempos, su periódico ha ido evolucionando.

Hace unos años, cuando comenzó a leer mis historias en este periódico, quedó sorprendido.

La prostitución siempre le había parecido un tema sórdido. Un asunto de chicas perdidas, con un carbón en el corazón y una caja registradora entre las piernas, o de víctimas esclavizadas por proxenetas. Le sigue pareciendo un tema delicado y, como cualquier buena persona, repudia la trata y cualquier forma de sexo sin consentimiento; sin embargo, también ha podido adentrarse en una realidad que no había considerado. La de mujeres que, como yo, no somos obligadas a prostituirnos, que lo hacemos voluntariamente, porque de una manera u otra hemos encontrado en esto una forma de ganarnos la vida.

Cuando nos conocimos, Eduardo me preguntó cómo había yo llegado a este periódico. Fue a través de un blog. En esa época, las redes sociales aún no alcanzaban el éxito que tienen ahora y en internet existían foros en los que los caballeros que contrataban ‘escorts’, escribían reseñas sobre cómo les había ido con nosotras. Las chicas no escribían. No porque no pudiéramos, sino porque no se acostumbraba. Algunas decidimos comenzar a hacerlo, participamos en los foros y abrimos nuestros propios blogs, eso llamó la atención a los foristas y a mucha gente fuera del ambiente que comenzó a leernos mitad por curiosidad, mitad por el estilo de relato erótico que compartíamos.

Un día recibí una llamada. Alguien había leído mi blog y me recomendó, una cosa llevó a la otra y fui citada a una entrevista. Iba muy nerviosa, escribir para internet no es lo mismo que escribir para un periódico con tanta historia, pero después de una deliciosa conversación con la editora  y la buena vibra que sentí, comenzó esta aventura. Escribir para ti y tener el regalo de tu lectura es algo que me emociona enormemente.

Platiqué con don Eduardo sobre todo eso en una habitación de motel, de esas en las que me gano la vida. Él es un hombre guapo, moreno claro, de cabello gris, altote, de cuerpo ancho y fuerte, bigote blanco bien recortado.

Hechas todas las presentaciones formales y después de platicar largo y tendido sobre el periódico y el tiempo que lleva leyendo mis historias, llegó la hora de ponernos cariñosos. Comencé a desabotonarle la camisa y le di un beso en los labios. Él respondió con caricias delicadas, pero ricas. Es un hombre experimentado, que sabe tocar a una mujer.

—¿Sabes? —dijo de pronto—  A mi edad, ya no funciono como antes… preferiría verte.

Me detuve y me alejé un poco, para ver su cara. Mantenía un gesto serio, como preocupado.

—Funciono mejor así —dijo. —Con un condón no podría mantener una erección, pero viéndote a ti, seguro que sale algo.

‘Vaya, vaya. Conque de esto se trata’, pensé. Pues al cuerpo lo que pida.

Él se sentó en el sillón, con el pantalón desabrochado y unos kleenex a un lado. Apoyó su cabeza en el respaldo y miró, yo diría sin parpadear, cómo me fui quitando la ropa y empecé a tocarme. En ese momento comenzó a crecerle una erección tremenda que se puso a jalar con entusiasmo; de pronto, alcanzó un condón que estaba en la mesita y se lo puso, como animándose a ver qué pasaba.

Se metió conmigo a la cama y chupó mis senos con bocados grandes, haciéndome cosquillas con sus bigotes. Comprendí que su idea de sólo mirar había cambiado cuando una sonrisa de placer se dibujó en su boca. Me tomó por los hombros y me tumbó boca arriba. Alzó una de mis piernas y la apoyó en su hombro. Introdujo su pene con suavidad. La cabeza fue entrando hasta lo más profundo de mí. El cuerpo entero de su hombría era grueso y tenía una textura que se podía sentir incluso con el preservativo puesto. Lo sentí entrar y salir, rozando mi piel con la suya. Su peso me oprimía un poco la respiración, pero me gustaba. Me abracé a su espalda. Cerré los ojos y me dejé hacer lo que él quiso.

Me encantó conocer a un lector de esta columna. En estos años he conocido a varios, hombres que después de leerme se han decidido a darse el gusto, pero también sé de otros que, por el costo u otras razones no me han conocido y se han quedado con las ganas; por eso, celebrando los 94 años del periódico, como lo anuncié en diciembre, decidí regalar una cita a uno de sus lectores.

¿Cómo? Muy fácil: Desde hoy y hasta el domingo 14 de febrero de 2016 escribe a mi cuenta de Twitter (@lulu_petite) o manda un correo a [email protected] con una foto de tu colección de esta columna en periódico, contándome cuántos números son. El que mande la colección más grande gana, claro, tendrá que llevarla a la redacción para que vean que es de verdad y se dé el premio por bueno. Así de sencillo. ¿Serás tú el que la tiene más grande?

Beso 

Lulú Petite

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