Mi secreto de "Los secretos"

Lulú Petite
10/11/2015 - 03:00

Querido diario: Voy a contar un secreto de ‘Los Secretos’. Dicen, y dicen bien, que la imaginación es el afrodisiaco más potente. Por estos tiempos, hace tres años, recibí una llamada de alguien de Editorial Selector. Un año después, a finales de 2013, mi libro ‘Los secretos de Lulú Petite’ ya se estaba distribuyendo en librerías.

De cualquier modo, cuando recibí aquella primera llamada la tomé con reserva. Me pidieron vernos para platicar en las oficinas de la editorial en la colonia Doctores. Después de varios intercambios de correos y llamadas, concertamos la cita.

Me recibieron con mucha amabilidad y tratándome de maravilla, comenzamos a conversar sobre las ideas que ellos tenían para invitarme a publicar un libro y las que tenía yo para escribirlo. Estábamos en eso cuando lo conocí.

¿Te ha sucedido que, de pronto, a donde estás llega una persona que te gusta tanto que te hace sentir incómoda? Así pasó cuando él llegó. Me chiveó todita. Un hombre muy atractivo, impecablemente vestido, barba estilo leñador chic, sonrisa Colgate y unos ojos color verde esperanza que me miraban con simpatía.

Todavía no entendía qué hacía allí un modelo de pasarela, cuando me informaron que se trataba del mero mandamás. El jefe de la manada. Mantuve la calma y no dejé que se me notara tanto lo chiveada. Seguimos la conversación, me contó anécdotas padrísimas y cerramos el trato: Escribiría un libro.

Nos despedimos, pero decir hasta pronto no significa que haya salido de mi cabeza. Me quedaron unas ganas de ver qué había debajo de ese traje elegante de diseñador, a qué sabía esa sonrisa perfecta.

Ya era tarde y no trabajé ese día, así que cuando llegué a mi casa tenía las ganas palpitando enloquecidas entre mis piernas. Moría de ganas de hacerle el amor a ese hombre guapo.

Me iba a desnudar para dormir, pero antes de meterme a la cama, esas ganas locas se apoderaron de mí. Cerré los ojos y llevando mi mano entre mis muslos comencé a imaginar.

Allí estaba él, tan hermoso o más de cómo lo recordaba, me tomó de la cintura con brusquedad, robándome un beso. La sensación de sus labios suaves contrastaba con el hormigueo de su tupida barba.

Imaginé, porque la imaginación es poderosa, que con la misma brusquedad, pero con su voz amable y encantadora, me daba vuelta y me ponía contra la puerta de mi habitación. Así me puse, con la frente contra la tabla de mi propia puerta y los ojos cerrados, fantaseando.

En mi cabeza, él apretando su cuerpo contra mí, metió su mano bajo mi falda y colando sus dedos por mi lencería, me apretó suavemente, aplicando una presión que me hizo gemir rabiosamente. Apreté más los párpados, buscando en la memoria la imagen más nítida de aquel hombre, pensando en sus dedos hurgando mi intimidad.

Presa entre su cuerpo y la puerta, imaginé que se acercaba a mi calentando mi oreja con su aliento, se bajaba los pantalones apenas lo suficiente para liberar su herramienta y dirigiéndola erecta entre mis piernas, imaginé cómo me empalaba de una estocada, mientras introducía uno de mis dedos en mi sexo.

Movía mi mano pensando en él bombeando su miembro con furia experta, robando de mí suspiros que cruzaban a ratos la frontera del sollozo. Me apreté más a la puerta, moviendo mis manos sobre mi clítoris, con los ojos cerrados, pensando que lo tenía dentro, que me estaba haciendo suya y diciendo cosas salvajes al oído, cosas precisas, obscenas y descriptivas de la una y mil formas en que se metería entre mis piernas y me fabricaría toda clase de orgasmos. De esos que son como una ráfaga fulminante y de aquellos otros que van creciendo como cuando poco a poco sube la marea hasta alcanzar una fuerza incontenible.

Grité de pronto, pero no me detuve, allí seguía él en mi cabeza, en mis ojos cerrados, cogiéndome contra la madera fría de la puerta de mi propio cuarto. Allí estaba, mis dedos eran su cuerpo, su calor, su erección que entraba una y otra vez en mi sexo palpitante de placer, entonces me vine. Una ráfaga de placer inundó mis venas, cada terminal nerviosa en mi cuerpo tembló en un escalofrío de esos que te llevan al cielo…

Abrí los ojos. Estaba sola y cansada. Ya no estaba él, su sexo tremendo ni su desnudez salvaje. Sentí el frío de la madera en mis senos, me acomodé los calzones, miré en el espejo que tenía las mejillas coloradas. Sonreí.

Lo he visto pocas veces después. Siempre elegante, guapo, amable, buen conversador y muy caballeroso. Todavía me sonrojo un poco cuando, por el libro o por casualidad, me encuentro con él, pero nunca supo de aquella desahogada que me di a su salud. A finales de 2013, decía, recibí un correo electrónico de él:

“Hola Lulú”, decía, “me es muy grato comunicarte que ya recibí físico el libro en el almacén y ya estamos en el proceso de distribución a los puntos de venta”.

De eso ya pasaron dos años y por cierto ¿Tú ya leíste ‘Los secretos de Lulú Petite’? Así se llama mi libro, mitad confesión y mitad relato irónico sobre las artes de este oficio. Si lo consigues, te va a gustar.

Un beso

Lulú Petite

 

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