Entre sábanas

El teléfono se interpone entre Lulú y una candente experiencia
Lulú Petite
10/07/2014 - 03:00

Querido diario: 

Entre las sabanas sentí una caricia mínima y suave. Apenas pude reconocer el trazo de tus manos fantasmas recorriendo mis piernas. Las puntas de tus dedos jugando con mi ropa interior, humedeciéndola en cada caricia, apoderándote de mí cada silencioso segundo, dejándome sin aliento y quitándome todo el control sobre mi cuerpo.

Me quedé quieta. Sujeta a la cama por lazos invisibles, atada por mi deseo, amordazada por las ganas de dejarte seguir, de sentir tu tacto pendenciero, de ver hasta dónde pensabas llegar.

Y querías llegar a todo. Apretaste mis muslos, pusiste tus dedos con vigor sobre mi pubis tibio y deseoso. No era posible que pensaras que así no me despertarías. Pulsaste los botones precisos para encenderme, me invadiste de una manera tan agresiva, entrando como “Pedro por su casa”, a tocarlo todo, a manosear, a iniciar un incendio.

Sentiste palpitar mi entrepierna, me hiciste retorcer de placer y sentir, en mi respingo, el contacto con tu miembro duro que se restregó en mi cuerpo, aprisionándome entre ti y tu mano exploradora y atrevida. ¡Qué hermoso el sexo! Qué hermoso tu sexo, tu enorme virilidad que sentía clavarse en mi espalda, frotarse en ella.

Lo sentí tan grande o me pensé tan pequeña junto a ese tronco. Pensé que me la meterías. Te imaginé entrar en mí y partirme en dos, abrirte paso entre mis piernas temblorosas y clavarte en mis entrañas obligándome a gritar de dolor y de placer. Pero tenía que esperar, apenas me estabas preparando con un tacto paciente, como quien prepara el campo para la siembra, trabajando la tierra para una buena cosecha. Me estabas poniendo, a mano y a fuego lento, la calentada de mi vida.

Me era difícil mantenerme quieta, mi espalda se arqueaba hacia atrás y escapaban de mis labios gemidos anhelantes. Hiciste a un lado mi lencería y palpaste con suavidad los trazos de mi sexo, recogiendo la humedad, estimulándome el deseo, desquiciándolo, avivándolo, haciéndome estremecer.

Sentí entonces tu respiración trémula y tibia, abrasándome el cuello. Sentí ese soplo de fuego que terminó de encenderme y volverme loca.

Mi clítoris se hinchaba entre tus dedos y los empapaba, mi cadera hacía círculos y yo recibía, encantada, tu índice que se abría paso en mi intimidad, clavándose hondo, perforándome, desbaratándome, forzando mi placer lo más dentro posible, empujándome a un intenso orgasmo que poco a poco se iba formando y prometía ser enorme, fulminante, maravilloso, único, hasta que de pronto, como un golpe seco y tormentoso el jugueteo delicioso se detuvo.

Abrí los ojos y me levanté de súbito volteando hacia donde estabas, o hacia donde debías estar, pero no hubo ninguna cara que reconocer, no hubo un cuerpo caliente, ni una erección restregándose a mi espalda. No hubo mano osada, ni aliento agitado incendiándome el cuello, sólo el timbre de mi teléfono celular que descansaba sobre la mesa de noche. Me senté y froté mis ojos.

Tomé un respiro profundo y presioné mis piernas una contra otra, encontrándome (como era de esperarse) con la consecuencia húmeda de mi ensoñación.

Decidí, frustrada, que sería mejor idea no atender el celular y volver a recostarme por un rato. A veces, si hay suerte, pueden recuperarse los sueños en el lugar donde los dejaste. Dudé… ¿A quién engaño? Eso nunca sucede. De todos modos cerré los ojos.

Empecé a tratar de recordar lo que durante la noche me convirtió en una máquina caliente, entre recuerdos vagos de una sombra desconocida toqueteándome hasta el alma.

Mis manos tomaron el impulso de deslizarse por mi vientre. Clavé dos dedos dentro de mi vagina, profundo y presionando hacia arriba, con mi otra mano estimulaba mi clítoris.

Era un tacto suave, pero constante. Cuando me sentía muy cerca, rápido y vigoroso, interrumpiendo al punto del orgasmo. Mi vagina pulsaba contra mis dedos mientras mi clítoris quería más. Apliqué con mis dedos presión, antes de empezar a hacer patrones circulares sin pausar, fuerte, hasta sentir de plano que mi cuerpo perdió todo el control.

Mi espalda se arqueo, mi vagina latía con fuerza y mi clítoris hacía convulsionar mi cuerpo de placer. Un gemido atrapante se adueñó de mi habitación, acompañado de nuevo por el timbrado escandaloso de mi celular, que esta vez llegó demasiado tarde para interrumpir denuevo mi orgasmo mañanero.

Entonces abrí los ojos, rompiendo las cadenas que me mantenían unida a la almohada. Estiré la mano para tomar el celular, pero no alcancé a responder a tiempo. Decidí levantarme y tomar una ducha cuando la tercera llamada del mismo número entró a mi teléfono. Eras tú.

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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