Bien grandote

Lulú Petite
10/05/2018 - 05:18

Querido diario: A Roberto, en el amor, las cosas se le hacen bolas. Es muy enamoradizo y sensiblero. Buena onda y muy respetuoso, pero tal vez peca de ingenuo. Es todo un caso. Grandote, con cara de malo, espalda ancha, brazos de tractor, alto como catedral y de figura imponente, calvo a coco y con ojos de fuego; pero bajo ese gigante, está un hombre muy tierno e inocente como un niño, que se enamora como un puberto.

El jueves nos vimos y me contó que una chica nueva de su oficina lo trae de pompis. La chavita es unos diez años menor que él y, desde que la conoció, se volvió la inspiración de sus chaquetas. Según Roberto, todo parecía indicar que a ella también le gustaba mi amigo, o al menos lo entendió así él. Hasta que un día todo se aclaró. Lo típico: “Te quiero, pero como amigos”.

Roberto no está feo, pero tiene algo que, tiro por viaje, lo manda a esa zona de frustración. Le dicen “me gustas”, pero no como novio. Supongo que no se han dado el chance de conocerlo.

Tiene cosas que lo hacen muy atractivo, pero en una primera impresión intimida. Si le dieran chance, descubrirían que tiene un estilo particular de menearse en la cama, que ¡Wow! Te lleva al cielo. Creo que si llegara a la cama con muchas de esas que lo dejan en la zona amigos, se llevarían tan grata sorpresa que no lo dejarían ir, pero… lo malo es que no se dejan encamar.

Para ayudarle a olvidar su desilusión amorosa, entramos a lo nuestro. Nos besamos. Sus labios descubrían los míos con movimientos sensuales y delicados, primero despacito y muy suave, pero luego más fogosos.

Sus manos se deslizaron por mi cuerpo con pulso exquisito. Sus dedos, traviesos, se escurrieron por debajo de mi ropa y fueron despojando, botón a botón, todo mi cuerpo tembloroso.

Se me puso la piel chinita cuando empezó a chuparme las tetas, lamer mi ombligo. Hundí mis dedos en su cabellera y me dejé hacer lo que le vino en gana. Pequeñas descargas de placer se intensificaban a medida nuestro calor aumentaba.

Todo era sensaciones, gemidos, esa humedad vaporosa que generábamos y emanaba de nuestros cuerpos. Su boca encontró en mi cuello un detonante más. Sus besos me prendían y su respiración acompasada, enérgica y animal, me llamaban a arrojarme al placer.

—Cógeme —le rogué.

Mis deseos se hicieron realidad. Enfiló su cadera hacia la mía, colocándose encima y tomándome las piernas me lo empinó hasta la base, haciendo chocar sus bolas contra mi vulva. Mientras me lo hacía, meneándose rico, me tocaba el clítoris con la punta de su índice. Con la otra mano me sostenía una teta. Me agarré de la sábana, estirando los brazos por encima de la cabeza. Me mordí los labios. Podía sentir todo su miembro dentro de mí, su largo y ancho pene, vibrante y tieso, rozando con su vaivén mi umbral húmedo. Su cabeza hinchada, sus venas brotadas y potentes, bombeando cada vez más fuerte; su forma ligeramente ascendente, con esa curvatura de mástil de roble.

De pronto, me empezó a coger con más intensidad. Se inclinó hacia mí, dejando caer el peso de su pecho sobre el mío. Me tomó por las muñecas y juntó su rostro con el mío. Su aliento tibio se unía al mío, a medida que gemíamos, aguantándonos las ganas de gritar a toda voz. Su agarre, por muy raro que suene, me liberaba. Me liberaba de mi voluntad y le daba rienda suelta a mi instinto, que podía correr libre por todo mi cuerpo, desde mis entrañas hasta mi piel. Sólo quería llegar a ese punto.

Me apreté fuertemente a él cuando por fin sucedió. Sin más miedos, ni prejuicios ni dramas. Relajado y satisfecho, cayó rendido sobre mí. Su rostro aplastado sobre mis tetas. Lo abracé y le di besitos en la cabeza hasta que pareció que se había dormido. Pero podía ver sus ojos abiertos, fijos en la nada, quizá por un momento sin el dolor del desamor.

Hasta el martes, Lulú Petite

 

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