¡Son a toda madre!

"Asumí la posición y alcé las caderas. Me agarré al pliego de la cobija y apreté los dedos cuando me inyectó su pieza entera"
Lulú Petite
10/05/2016 - 05:00

Querido diario: Bebo una botellita de agua, la tercera del día, separando la persiana con dos dedos y aguzando la vista hacia la calle. Dicen que es muy sano beber agua, al menos un litro al día. Yo no la bebo por ese tipo de recomendaciones, lo hago más bien por purita sed. Con este maldito calor, lo primero que hago después de coger es tomar una de las botellitas de agua que amablemente ponen en la habitación del motel. 

Pero estoy desnuda, mirando por la persiana mientras él me observa desde la cama con la típica sonrisa cachonda del que acaba de eyacular. Me gusta la paz que proyectan algunos hombres después de hacer el amor, es como si se quitaran un peso de encima y, al menos por un rato, se sintieran completos y satisfechos. Me mira sin decir nada y yo veo hacia la calle.

Veo en la acera de enfrente a una mujer de unos sesenta años salir de un Oxxo, cabello canoso y corto, gafas de pasta, que mira hacia el cielo y se pasa la mano por la frente, supongo que para limpiarse el sudor, contemplando el cielo gris con cierto aire de resignación. Tose y se encorva sobre sí misma. ¿Será la calidad del aire nivel insecticida que tenemos últimamente por acá? Entre puntos Imecas y grados centígrados esta ciudad parece un verso de Dante. Un muchacho sale de la tienda con dos bolsas, habla con la mujer y se van juntos caminando hasta doblar la calle en la esquina. Supongo que es su madre.

Sorbo mi botellita de agua y la distribuyo en mi paladar. Está al tiempo, me caería mejor si estuviera fría, pero al menos, si no alivia el calor, calma la sed. La habitación tiene aire acondicionado, pero los cambios bruscos de temperatura provocan resfriados y, en tiempos de contingencias, es mejor no contaminar más. 

Un aire acondicionado es más dañino para el medio ambiente que un coche con calcomanía doble cero. Hay tantas cosas que contaminan y que circulan todos los días que terminan pareciendo absurdas algunas medidas de control de contaminantes.

Antes de cerrar la persiana, miro el cielo gris. Ese color, esa tonalidad apagada y difusa de nube de polvo sucio. Ni hablar. Yo amo esta ciudad con toda la pasión que cabe en mis poros, con el poco oxígeno que queda en mis pulmones contaminados. Es mi ciudad y la quiero.

Regresé a la cama. Me recosté boca abajo, con los codos apoyados en el colchón y comencé a revisar en Twitter los memes por la contingencia, el doble no circula y la amenaza de la versión de pares y nones. Cuatro de cada diez carros parados, la contaminación no baja y el sol horneándonos hasta las ideas y, claro, la banda tuitera pasándole factura a quienes considera responsables de las malas decisiones de la ciudad.

Veía los memes con mi cliente que reía a carcajadas, acariciando mi retaguardia. Estaba también panza pa’bajo, mirando las imágenes en mi celular y ayudándome a decidir cuáles retuitear o qué escribir.

Luego me dio una nalgadita muy suave como diciéndome que estaba listo para el segundo brinco. Ok. Aún estaba reponiéndose de nuestro primer revolcón y ya quería el segundo. Su mano recorrió mi pierna como un gusanito de algodón y empezó a hurgar en mi hendidura, que permanecía sonrojada, calientita y húmeda.

Se encaramó en mi espalda, acariciándome la cintura, restregando su pene, que se despertaba rápidamente, contra mi vulva. Apretando como un dedo insistente el botón de un elevador.

Sus manos astutas se deslizaron por mi pecho y sostuvieron mis senos. Hundió su cara en mi nuca y olió mi cabello profusamente. Nos ubicamos mejor en la cama y los besos no se hicieron esperar más. Su lengua impregnaba de tabaco quemado mi boca, pero no era del todo desagradable. Supongo que había que aprender a apreciarlo. Después de todo, mi pasión por esto estaba por encima, dadas las circunstancias: Lugano abría el sobrecito del condón a mordisco limpio.

Asumí la posición y alcé las caderas. Me agarré al pliego de la cobija y apreté los dedos cuando me inyectó su pieza entera. 

Gotas de sudor salían como rocío de su cuello y pecho, y se esparcían por mi espalda. Él seguía enterrándose hasta la médula, insertando el asta completita, pulsante y palpitante. Yo estaba por escurrirme cuando decidió colocarse abajo y dejar que lo montara estilo vaquera. Así estaba riquísimo. Podía apoyarme en su pecho peludo y admirar las caras que hacía cuando me movía. Lo traía loco. Me agarraba las nalgas como si temiera caerse o desarmarse. Yo me mecía incitada por un ansia corporal, primitiva y carnal.

Supongo que así se me quitaban las preocupaciones. Entonces vino el orgasmo fulminante que me recorrió la espina dorsal como un balazo. Inhalé y sentí el aire llenarme los pulmones y oxigenarme las venas, al menos en ese preciso instante, tan efímero y trascendental al mismo tiempo, una especie de aire limpio me llenó el cuerpo. Así es esto: el sexo depura. El sexo descontamina.

Deberíamos todos encerrarnos a fornicar para limpiarnos los pulmones y decir: “Hoy sí circulo”. Eso sí, a mí me llaman con tiempo y vayan preparando su pago. Feliz 10 de mayo a todos, ¿por qué?, porque son a toda madre.

Un beso

Lulú Petite

 

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