¿Qué pasó anoche?

Lulú pasa un momento muy especial en una fiesta a la que no planeaba asistir
Lulú Petite
10/04/2014 - 03:10

Querido diario: 

No lo sé, lo único que recuerdo es que ayer, a media tarde, estaba de lo más aburrida, tratando de escribir esta colaboración, sin una anécdota medianamente sexy o interesante como para poder contarte y una incipiente migraña taladrándome la cabeza, cuando me llamó César, el hermano de mi queridísimo Mat.

Desde la muerte de Mat, César y yo nos hemos acercado mucho. Nunca al grado de sustituirlo (no lo intenta ni está cerca de lograrlo), pero sí para considerarlo una persona a la que quiero mucho.

Claro, la relación con Mat era completamente distinta, él me conoció trabajando. Algo entre nosotros logró que poco a poco nuestra relación lo transformara de un buen cliente al amigo más entrañable que he tenido, un rollo entre la complicidad y el cinismo. Cuando murió, la llegada de César a mi vida fue un acto de cortesía mutua, no uno de sustitución.

Yo no podía ser para él una nueva hermana, ni él podía ser mi confidente nada más porque a su hermanito se le había ocurrido ponerme como parte de su testamento: “Manito, manito, ahí te encargo a esta oveja descarriada, mira que no le falte corral ni pastura”.

Mat conocía cada detalle de mí, mis 50 luces y mis 500 sombras. Entendía a cabalidad lo intrincado de mi vida, obra y oficio. César, en cambio, no sabe siquiera a qué me dedico. La única información que tenía de mí antes de conocernos fue que yo era la mejor amiga de su hermano y que, probablemente, Mat estaba enamorado de mí.

 

Nunca hicimos preguntas de más, por el contrario, nos dimos una amistad que partió de cero, sin tratar de armar rompecabezas ni promover reconstrucciones de hechos. Un día dejó de ser solamente el hermano de Mat y se convirtió en César, mi amigo.

 

El caso es que me llamó justo cuando la tarde había naufragado, estaba aburrida, sin ningún plan de trabajo ni de placer y sin algo que contarte, sentada frente a la frustrante página en blanco del monitor de mi computadora.

 

Cuando me invitó a salir mi primera reacción fue decirle que no. Francamente, aunque ya estaba arreglada por si salía algo de trabajo, no estaba de ánimo para fiesta. Le inventé que estaba ocupada, y le pedí que llamara más tarde.

 

Apenas colgué con él y, como por arte de magia mi putifono comenzó a sonar. Dos clientes al hilo. Ni modo, la chamba es chamba, olvidé por completo la invitación para la noche, y acordé con mis adorables clientes la hora y lugar donde los vería.

 

El primero fue un hombre rubio de unos 45 años y con apariencia, ropa y modales de tener la vida resuelta, eso sin contar el precioso Audi A6 que tenía aparcado en la cochera. Era un hombre hermoso, con una presencia abrumadora y un aroma delicioso, pero un carácter de los mil demonios. Quisquilloso y estirado. Acostumbrado a un sistema de servidumbre que yo no estaba dispuesta a ofrecerle.

 

Tuve sexo con él. Algo más o menos mecánico. Con todo y su aparente perfección, la tenía chiquita (ya ves lo que dicen de los coches grandes) y, por si fuera poco, no sabía moverla. Se trepó encima de mí, me cogió de misionero y entre besos más bien torpes terminó. En cuanto se recobró del orgasmo, se levantó a bañar y se despidió con una especie de cortesía seca.

 

El segundo cliente, en cambio, fue un señor encantador. Cuando lo vi pensé que era mi amigo Silvestre Morales, de Twitter, que por fin se había decidido a darse el gusto, pero solamente era un hombre que se le parecía mucho. A veces pienso de Silvestre y otros que me siguen desde el principio, pero nunca me han contratado si no se pondrían muy nerviosos a la hora que de verdad me tuvieran enfrente, desnuda y con ganas. Una nunca sabe.

 

Pero este cliente se llamaba Fidel y francamente, aunque en muchos aspectos era todo lo contrario al cliente anterior, tenía tan buena vibra que pasamos más de una hora entre sexo y plática, acariciando nuestros cuerpos, conociéndonos, besándonos, entregándonos. Habría seguido allí de no ser porque recibí la llamada prometida de César confirmando si lo acompañaría a la fiesta. No me dejó negarme.

 

La onda era en un bar de Polanco. Todo de muy buen gusto. Nunca había salido con César en ese plan y, a decir verdad, me la estaba pasando de maravilla. Me presentó con un grupo de amigos, compraron una botella y entre baile, conversación y risas, fue pasando la noche.

Cuando pidieron la segunda botella yo estaba encantada con mis nuevos amigos y con el descubrimiento de la personalidad sociable de César; cuando llegó la tercera botella ya estaba yo bien peda. No sé en qué momento, porque allí empieza la parte borrosa del cuento, tomé de la mano a César, tampoco recuerdo cómo llegamos a ese rincón y nos quedamos solos sin decir nada, sólo mirándonos a los ojos, como adivinando que íbamos por un camino espinoso, pero sin la inteligencia, la fuerza o la sobriedad necesaria para meter reversa. Recuerdo también, como si lo hubiera visto en una película, cuando puso su mano en mi cintura y sus labios en mi boca. Cerré los ojos y me dejé besar.

 

¿Qué más pasó anoche? No sé si quiero saberlo.

 

 

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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