“Tomás”, por Lulú Petite

Le ayudo a bajarse el pantalón y se asoma un miembro bastante apetecible. Lo tomo en mi mano y lo jalo hacia mí sintiendo cómo termina de endurecerse entre mis dedos. ¡Me encanta!
Lulú Petite
10/03/2015 - 03:00

Querido diario:  Me levanto de la cama y voy al baño bostezando. Abro el grifo de la ducha, me quito la ropa y me meto en la bañera. Pongo el agua lo más caliente posible. Ya cuando la ducha parece sauna, me meto bajo el chorro. Saliendo me pongo unos pants y elijo la ropa para el día: Vestido negro de falda corta y tacones, la acomodo en la maleta que cargo en el coche, por si sale chamba y es necesario ponerme el putiuniforme, y me voy al gimnasio.

Lo primero que hago es subirme a la caminadora, me pongo los audífonos y escucho música en mi iPod.

La primera cita del día es a las once de la mañana. En el gimnasio me di una ducha, pero me volví a poner los pants, el putiuniforme me lo cambié en el coche, ya en el estacionamiento del Villas. Me he hecho una experta para vestirme y desvestirme en el coche que te impresionas. Lo puedo hacer hasta en el tiempo que cambia una luz de roja a verde en el semáforo. Le doy una retocada al maquillaje y ¡Lista! A trabajar.

En la recepción reviso mi teléfono, veo el mensaje confirmándome: “Estoy en la habitación 211 del Villas, te espero. Tomás”.

Llamo al elevador y oprimo el botón del segundo piso. La 211 está a mano derecha, al final del pasillo. Casi en la puerta me saluda uno de los chavos que trabajan en el motel.

—¡Hola!

—Buenas tardes amiguito— Le respondo.

—Días, todavía son días— Me dice sonriendo justo antes de que llame a la puerta. Toc, toc, toc.

Escucho a alguien moviéndose adentro. Un hombre de aspecto amable, tal vez en sus cuarenta años, abre con una sonrisa.

—Querida, que bueno que llegaste— me saluda con acento indudablemente argentino. —Entra, entra.—

—Gracias, corazón,— digo, guiñándole el ojo y rozándolo suavemente al pasar por su lado.

—Mira, ponete cómoda que sha vengo.—

Me siento en su cama, mientras él cepilla sus dientes y regresa con una cajita de condones en la mano que pone en el buró. Al alcance para cuando sean necesarios, entonces se para frente a mí y tendiéndome su mano, me llama:

—Nena vení— Es un hombre guapo. Cabello castaño, con pocas canas adornándole las sienes, delgado, pantalón de lino color café claro y una camisa blanca también de lino, con parte del pecho descubierto. Me levanto y lo beso.

Sus labios saben a pasta de dientes, sus manos acarician con habilidad mi espalda y se meten bajo mi vestido para apretarme las nalgas. Me saca el vestido en un par de movimientos, mientras yo le desabotono la camisa. Me gusta su cuerpo, sólido pero no por una obsesión con el gimnasio, sino por llevar una vida sana.

Le beso el pecho mientras lo voy ayudando a desnudarse. Le ayudo a bajarse el pantalón y se asoma, bajo una trusa de algodón, un miembro bastante apetecible. Lo tomo en mi mano y lo jalo hacia mí sintiendo cómo termina de endurecerse entre mis dedos. ¡Me encanta!

Me jala hacia la cama y se acuesta boca arriba.

—Vení, sentate aquí, que te quiero probar— me murmura tirando de mi mano y señalando su boca. Se me eriza la piel y con mucho gusto me siento, con las rodillas rodeando su cabeza y mi sexo rozando su cara, A ese hombre se le da maravillosamente el juego oral y yo me meneo muy bien sobre su boca. 

—Déjame probarte a ti también- Le pido, acomodándome para el sesenta y nueve. Su miembro ya está parado, con la punta brillando de lubricación. Con una sonrisa pícara que ni siquiera puede ver, uso mi lengua para darle cosquillas a la punta solamente, mientras me hace maravillas con su boca. 

Tiene el miembro grande, pero sabroso. Le pongo un condón que ya tenía en la mano y me la como toda.

Cuando parece que está a punto de terminar, me detiene y dice que ya quiere tenerme. Me pone boca abajo, acariciándome las piernas. Con más atrevimiento, me lame la espalda, trazando un caminito de besos que llega hasta las nalgas, que me separa con sus manos para tomar su miembro y apuntarlo hacia mi sexo empapado, entonces me lo mete de una estocada.

Como ya había dicho, lo tiene grande, y por un instante, siento un poco de molestia. Ya al relajar mi cuerpo, sólo siento placer, y empiezo a seguir su ritmo. Pronto noto que sus movimientos son más rápidos y afanosos y sé que esta por acabar. —Vente, corazón, vente,— le quiero dar ánimos y se ve que eso le basta. En segundos, se está viniendo, gruñendo como una fiera.

—No te muevas, princesa— me ordena. Él se quita el condón, lo tira y se lava las manos mientras yo me relajo en la cama, con los ojitos cerrados y acostada boca abajo. Regresando del baño, Tomás se pone detrás de mí, abriéndome las piernas. Siento su lengua otra vez, y me hace levantar mis caderas de la cama, gimiendo. De tanta excitación, no me demoro en acabar. Mi orgasmo es espectacular.

Me despido de Tomás con una beso cariñoso. Estoy contenta, el día acaba de comenzar y pinta bien. Al menos eso hubiera deseado, no sabía que iría de mal en peor, pero de eso te cuento el jueves. Hasta entonces.

 

 

Un beso

Lulú Petite

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