“Mentirita blanca”, por Lulú Petite

Pasé mi lengua por su pecho y cuello probando el sabor de su piel tibia. Su sabor a macho, su vientre plano, su pecho musculoso, sus manos acariciando mis nalgas, hicieron que me calentara de inmediato. Empuñé su miembro y comencé a masturbarlo mientras besaba su boca
Lulú Petite
10/02/2015 - 03:00

Querido diario: Nos recostamos desnudos y juguetones. Las habitaciones en ese motel son pequeñas pero confortables, sobre todo porque son muy calientitas, además están bien equipadas.

En la televisión había una película porno con la que mi cliente se inspiraba mientras esperaba a que yo llegara. No deja de ser interesante ver en 50 pulgadas y alta definición cómo una rubia espectacular engulle un enorme miembro, mientras otro caballero la bombea por detrás dándole sus buenas nalgadas. La apagó en cuanto pasé al cuarto.

Era un hombre de cuarenta años. La cara se le veía muy joven, aparentaba unos diez años menos de los que dijo tener, pero su cabello, completamente blanco le daba el beneficio de la duda. Un caso claro de encanecimiento prematuro.

Él estaba tomando un vaso de brandy con Coca Cola, me preguntó si quería pedir algo de tomar. Hay colegas a las que les encanta el trago y otros estimulantes más atolondradores. Yo paso. Soy profesional y no tomo cuando trabajo.

En principio platicamos poco. Es cirujano y docente, en una familia con larga historia en ambas profesiones. Me dijo que es divorciado y tiene dos hijas preadolescentes, que no es muy dado a la contratación de prostitutas, pero hacía rato que no cogía y la calentura acabó de animarlo. Terminó su trago de un sorbo y me dio un beso. Nos desnudamos de prisa.

Me tenía con la espalda contra el colchón. Él estaba recostado de lado, rodeándome con un brazo, acariciaba suavemente mis senos mientras me besaba los labios. Después me besó el cuello, los hombros y clavó su cara entre mis senos lamiendo el lienzo de piel entre ellos. Sentí ligeramente el peso de su cuerpo sofocarme. Apretó entonces mi pecho derecho y, como si fuera un capullo, se metió mi pezón endurecido a la boca. Lo chupó apasionadamente.

¿Qué tienen de especial los pezones que les gusta tanto llevárselos a la boca? ¿Qué tienen para que, cuando lo hacen, sus besos, sus labios en ellos me hagan temblar sin control? ¿Por qué me calienta tanto que les gusten mis senos?

Me moví y me recosté también de lado para quedar frente a frente con él, lo besé entonces en los labios y él giró hasta terminar recostado sobre su espalda y yo sustituyéndolo arriba.

Volví a besar su boca y pasé mi lengua por su pecho y cuello probando el sabor de su piel limpia y tibia. Su sabor a macho, su vientre plano, su pecho musculoso y tupido, sus manos acariciando mis nalgas, hicieron que me calentara de inmediato. Empuñé su miembro erecto y comencé a masturbarlo mientras besaba su boca.

Tomé un preservativo, se lo puse con la boca y comencé a mamársela despacio. Él se quedó recostado, con sus manos en la nuca y su sexo tieso, apuntando al techo. Me puse de pie sobre la cama a la altura de su rostro y me puse en cuclillas, exponiendo mi sexo a su boca. Él entendió, me apretó las nalgas y comenzó a lamer mi entrepierna. Prácticamente me senté en su cara y me doblé hasta su miembro para seguírsela chupando mientras él me comía toda en un perfecto sesenta y nueve. Era delicioso.

Seguimos así un rato, hasta que, así como estaba me subí sobre sus piernas, tomé su miembro en mis manos y apuntándolo entre mis muslos, me lo fui encajando despacio, sintiendo cómo iba encontrando espacio entre mis entrañas y las llenaba, al mismo tiempo provocando un ligero dolor por aquello enorme que me entraba y un tremendo placer, por el buen sexo. Me comencé entonces a mover para cabalgarlo. Tuvimos orgasmos exquisitos.

Nos quedamos recostados. Con los instintos satisfechos el canal porno desentonaba. Tomó el control remoto y comenzó a cambiarle de un canal a otro: noticias, deporte, música, documentales, decidió dejarle en un canal de películas donde pasaban una con Emma Watson.

—¿Te gusta?— Me preguntó

—¿Quién?

—Ella, Emma Watson— dijo señalando la pantalla.

—Pues es bonita y buena actríz— Respondí extrañada.

—Además está muy bien. Seguro se mueve riquísimo en la cama—interrumpió

—Quién lo hubiera imaginado.

—¿Qué no me importe cómo actúa?

—No, que a un caballero de cuarenta, con cara de serio, le guste Hermione Granger.

—Bueno, ya es cancha reglamentaria y así crecidita, ¿quién se acuerda de Harry Potter?

—¿Te la dabas?

—¡Claro!

En eso estábamos cuando sonó su celular. Se paró en friega a contestar, apagó la televisión y se fue a un rincón, a un lado de la ducha. No se escuchaba qué decía, cuchicheaba, pero la cara de paz y tranquilidad le cambió de inmediato. Era notorio que había bronca.

—Me tengo que ir— Dijo cuando colgó.

—¿Algún problema?

—Nada, era mi esposa, es muy celosa y se las huele cuando ando de cabrón.

—¿No que eras divorciado?

—Bueno… una mentirita blanca— Dijo antes de terminar de ponerse los pantalones, lanzarme un beso y salir corriendo.

¡Hombres! Si me pagas por coger, no me importa tu estado civil. ¿Qué ganan mintiéndome a mí, si ya con mentirle a su esposa tienen?

Un beso

Lulú Petite

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