“Amantes” Por Lulú Petite

Lulú disfruta de un candente encuentro con un viejo conocido
Lulú Petite
09/10/2014 - 03:00

Querido diario: 

Tanto tiempo sin verte ¡carajo! Tu llamada es como brincar a otra época o escarbar en el pasado, y sabes que soy de lo peor en misiones arqueológicas. Lo que el tiempo entierra allí se debe quedar, no soy Indiana Jones, ni tú el arca perdida, como para andarte exhumando. Las reliquias son para los museos, no para los moteles. Pero ya ves, la carne es débil y el morbo harto, así que de cualquier forma, recibir tu llamada y oír esa coqueta forma que tienes de contratar mis servicios, me entusiasmó. No me lo esperaba y me agarraste con la guardia baja.

Se siente de maravilla cuando una vieja voz puede despertarte entre las piernas la chispa del deseo. Y es que tienes una manera de pedir las cosas que, aunque tú y yo sabemos que se trata de una operación mercantil, de sexo a cambio de dinero, hablas de un modo tan lava cocos que parece romance, como si fuera el reencuentro de dos amantes.

A decir verdad, eso fuimos. Porque aunque me pagabas por el sexo, el lazo que formamos en aquellos días fue estrecho, de tanta complicidad, que no podía ser calificado como algo meramente comercial. Tampoco amor ni romance, no éramos novios ni amigos. Lo nuestro era coger, pero lo hacíamos con esa pasión, esa energía sexual que sólo se tiene entre amantes.

Serlo no es cosa cualquiera. En la vida todos amamos. Amar es un verbo, una acción, un estado. Es algo que hacemos en un tiempo, forma, lugar y circunstancia determinados, pero no es algo que nos caracterice. Ser amante, en cambio, es un servicio, un atributo de la persona, algo que lo distingue. Si el cantante es el que canta, el andante el que anda y estudiante quien estudia; el amante es el que ama. Así de simple y de complejo. Por encima de su decisión, el amante ama porque no tiene opción. Ama porque se entrega, porque aprovecha el amor y lo transforma en pasión, en besos, en locura, en sexo y, especialmente, en momento. El amante aprovecha el tiempo, se entrega de cabo a rabo. El amante depende de ese tiempo para saciar su apetito. Esa es su función y eso lo convierte en amante, no el amor por sí solo, sino la voluntad irrenunciable de deberse a él y de aprovechar el pulso que le brinca en 

el pecho.

Por eso nosotros lo éramos. No has de negar que, apenas nos metíamos a un cuarto y salían chispas. Nunca nos conocimos a fondo, quién iba a andar perdiendo el tiempo en cortesías con tanto sexo pendiente.

Por eso no hablábamos de tu trabajo o de tus amores, no hablábamos tampoco de mi familia, de mi escuela o de mis clientes. No hablábamos de nada que no fueran promesas lujuriosas o frases de cama y, cuando estábamos en ella, ardían las llamas de nuestra locura. Hasta que, poco o poco, el fuego se apagó, dejaste de buscarme y cada chango a su mecate.

Y entonces hoy, por sorpresa, tu llamada. Supuse que si alguna vez lo hacías te mandaría al cuerno. Ya no tendrías ese efecto en mí, no me mojaría al ver tu nombre en el teléfono, no me pondrías a castañear los dientes ni acudiría corriendo a rentarte las pompis. No, ya eras un cliente proscrito. Pero ya ves. Caí de nuevo y no pude negarme.

Allí estaba, a la puerta de tu habitación en el motel que tantas veces fue escenario de nuestras locuras. Respiré hondo antes de dar con mis nudillos contra la puerta que, como no estaba cerrada, se entreabrió con mi toque. Gritaste que pasara. Era la hora de la verdad.

Abrí temblando. No había tiempo para saludos, cortesías ni puestas al día. Apenas me viste nos besamos, apretaste mis nalgas y comenzaste un faje entre lo erótico y lo brusco. Perdí el control y, completamente erotizada, me comí tu boca y busque con prisa esa erección tuya que tantos orgasmos me fabricó en su tiempo.

A medio desvestir me tumbaste en la cama, acariciando mi sexo mientras me besabas los senos. Nos quitamos la ropa con salvajismo, aventándola al piso y a los muebles. Me tenías completamente desnuda contra el colchón, con tus manos entre mis piernas y tu boca en mis labios, comenzaste a recoger con tus dedos la humedad de mi lubricación y la jalaste hasta mis labios vaginales, que se abrían a tu paso, como si llevaran esperándote desde siempre. Entonces metiste y un dedo y me pediste que te pasara los condones. Abrí un paquetito de aluminio, saqué uno con desesperación y te lo entregué. Me diste vuelta poniéndome de cara contra el colchón y sentí cómo tu enorme miembro me penetraba con fuerza, con una mano apretándome un seno y la otra jalándome del hombro. El orgasmo fue casi instantáneo.

—¿Cuándo nos volvemos a ver? Me preguntaste.

—Eso depende de ti, respondí mientras guardaba en el bolso el dinero de mi pago. “Tú llamas, yo vengo señor desaparecido”, agregué.

—Lo siento, dijiste con melancolía, me enamoré. Pero terminó, agregaste como dándolo a entender todo.

Me gustó volver a verte. Sé que pronto llamarás de nuevo y regresaremos a nuestra rutina de amantes a sueldo. Hasta que encuentres otro amor, una suertuda que se te meta al pecho y te atrape de plano. Entonces serás feliz y me dará gusto no volver a verte.

Un beso

Lulú Petite 

 

TU REACCIÓN
¿QUÉ TE HA PROVOCADO ESTA NOTICIA?
0
QUE CHIDO
0
QUE PICANTE
0
QUE HORROR
0
ME IMPACTA

CONVERSACIONES EN FACEBOOK