Me dijo que está ¡enamorado!

Su forma de menearse, su fortaleza viril y cachonda, me hacían delirar. Su pene ascendía y descendía dentro de mí, humedeciendo mi vagina y acariciando con su ingle mi clítoris
Lulú Petite
09/06/2016 - 05:00

Querido diario: Raúl  es un cliente de Toluca. Quería una cita para el final de la tarde. Nos habíamos visto ya algunas veces, así que nos pusimos de acuerdo en la hora y quedamos de vernos en el motel donde atiendo en la tierra de los Diablos Rojos.

Me esperaba en la habitación 12. Llegué puntual y me recibió con la cortesía de siempre, pero una cara un poco melancólica. Se sentó en la cama con una pierna sobre la otra como poniéndose cómodo para conversar y el control remoto en una mano. La luz estaba tenue y reinaba un clima muy tranquilo.

—Hola, Raúl —dije cerrando la puerta y poniendo mis cosas en el tocador.

Algo le preocupaba. Podía percibirlo en su forma de actuar. Siempre había sido tímido y reservado. Es el tipo de clientes a los que una debe darles su espacio. Son respetuosos, serios, elegantes y algo distantes.

Apagó la tele, soltó el control y me pidió que me sentara. Empecé a preguntarle por su día. Entonces soltó su nudo en la garganta.

—Aumenté ocho kilos —dijo pesaroso, como si se tratara de la peor de las noticias.

—¿Qué? —pregunté sorprendida.

—¡Ocho, Lulú! Mira nomás esta pancita —dijo amasando un buen tajo de la piel de su abdomen—. Pinche comida rápida.

A ver, le estaba perdiendo la pista a su arranque de vanidad.

—¿De qué hablas? —le contesté, acariciándole el brazo.

No es un atleta, pero tampoco es un rotoplas. Tiene sus kilos de más y esa elegancia de adulto solvente y con la vida resuelta le da un toque atractivo. No te voy a mentir: no me lo cogía de a gratis, pero hacerlo por un pago me resulta placentero. Comencé a saborearlo con mi lengua, dándole mordisquito en la oreja. Eso le dio un corrientazo en la piel que pude sentir en las yemas de mis dedos. Empezó a excitarse rápidamente, pero seguía trabado en su sentimiento de baja autoestima.

—Estoy enamorado, —dijo sacándome de concentración.

—Se nota, —dije palpando su pene erecto por encima del pantalón. Sonrió.

Estaba en la cúspide. Aquello parecía un tronco. La cabeza gorda e hinchada, el palo tieso y duro. Su respiración agitada hacía estragos en mis sentidos. Yo gemía ansiosa, incitándolo a venir por mí. Nuestro aliento cálido se unía en una sola capa entre nuestras bocas abiertas y separadas por milímetros, anticipando un beso desesperado, con un sentimiento creciente y apasionado. Fue entonces cuando puso su mano en mi pierna y su boca en mis labios. Su lengua mojadita hacía circulitos en torno a la mía.

Nos tendimos en la cama y nos desnudamos mutuamente. Quedé encima de él, con las piernas abiertas, apretando su pecho con mis senos descubiertos. Dirigió su boca a ellos como si buscara oxígeno. Lamió suavemente mis pezones, procurando con delicadeza que mis sentidos se estremecieran, alborotados por el deseo. De pronto, sentí su mano escurrirse por debajo de mi lencería, deslizarse entre mis piernas, bien arriba, y escudriñar hasta incrustarse a fondo. Me mordí los labios y apreté el ceño. Dio justo en el blanco. Sabía dónde buscar y qué encontrar. Un trallazo de placer me bañó de adentro hacia afuera. Lo quería ya, lo quería todo, lo quería dentro de mí.

—¡Hazlo ahora! —le supliqué.

Y como si mis deseos fueran órdenes, no se hizo esperar más. Se preparó para el momento, me tomó firmemente por las nalgas, me fijó en el espacio y me lo metió lenta y divinamente, milímetro a milímetro, insistiendo con un movimiento de balancín muy rico. Sentí su abrazo fuerte y le devolví el gesto aferrándome a su espalda. Rodamos por la cama y él quedó encima de mí. Entonces lo empujó con un poco más de fuerza y me atravesó enterita.

Su forma de menearse, su fortaleza viril y cachonda, me hacían delirar. Su pene ascendía y descendía dentro de mí, humedeciendo mi vagina y acariciando con su ingle mi clítoris. Abrí los ojos y vi su expresión de clímax, lo que me armó de más valor animal. Los músculos de sus brazos se tensaban en torno a mi cadera, que apretaba con gentileza para clavarme su garrote. Le lamí el cuello y reaccionó con más pasión, agitando su cadera y empujándomelo más entre las piernas, que abrí y alcé hasta los hombros. Su pene tocó fondo y tras unas últimas sacudidas, se vació a borbotones, ahogando sus gemidos.

Luego de hacerlo le pregunté por lo de antes. ¿Cómo que enamorado? ¿De quién? ¿De mí? Sería una tontería. Es triste cuando confunden el negocio con otra cosa. Afortunadamente no era el caso. Está enamorado de una chica de su oficina que no le hace caso. Le gusta, piensa en ella todo el tiempo, pero no sabe cómo acercarse, qué decirle, cómo invitarla a salir, enamorarla, seducirla y para colmo ¡ocho kilos de más! Él es divorciado, ella soltera y mucho más joven.

 

Besos

 

Lulú Petite

 

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