“LA VENCIDA”, por Lulú Petite

Lulú Petite
09/06/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: ME TOMÓ  por sorpresa. Les juro que me tomó por sorpresa. A cada paso que yo daba, él iba ya dos adelante. Claro, es un hombre con mucha experiencia. Yo, después de todo, no dejo de ser más que un poco de tinta en el periódico dos veces por semana. Escritos entre lo cachondo, lo humorístico y lo churrigueresco. Para la mayoría, no soy sino ese cuerpo sin rostro en las fotos de El Gráfico, quizá una fantasía chocarrera que inspire un rato a solas con Manuela Palma. Punto.

Si quieres conocerme en persona, debes contratarme para un servicio y ese asunto es siempre de uno a una, juego de dos y sin retas. El cliente y yo solos, en una habitación, haciendo algo suficientemente clandestino como para que a ambos nos convenga conservar el anonimato. Es lo bueno de las travesuras, que no las haces con clientes, sino con cómplices y un cómplice no delata sin inculparse. Esa es mi póliza.

Ya te imaginarás: “Aseguradora Juana Inés”, que en su cláusula décima estipula: “¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga o el que paga por pecar?”

Los reflectores, por otro lado, la notoriedad, son cosas a las que les saco la vuelta desde siempre. De entrada, desde que comencé en este rollo he tenido el firme propósito de colgar las tangas con la tranquilidad de que, más allá de mis cómplices y algunos pocos amigos, no muchos sepan de mi doble vida, de modo que pueda transitar a una vida monógama o a la absoluta soltería, en el mayor anonimato posible. Al menos hasta ahora he conseguido mantener ese boleto de salida.

Él, en cambio, es un rockstar. Ser notorio es el sello de la casa, su firma de abolengo. Desde chavito le tocó andar en el huateque, convivir con la pura crema y nata, conocer a personalidades de todos los ámbitos de la vida pública. Además, siendo quien es y debutando tan joven como profesional, es mucho tiempo el que lleva en el ojo del huracán, haciéndola de alma de la fiesta, de estelar del programa y lidiando con reflectores. ¿Quién no lo ha entrevistado? ¿Quién no lo conoce? ¿Con quién no se ha codeado?

Yo también, no me voy a hacer la despistada, pero lo mío no es codearme, por decirlo decentemente. Si mis sábanas hablaran, no te imaginas la de reputaciones que serían la comidilla, pero es bien distinto. Cuando yo he chambeado con personas famosas, voy a lo mío, ni siquiera nos damos por enteradas, debemos tratarlo como si fuera un cliente más. Para eso pagan, no es tanto por el acostón, como por la falta de consecuencias. Ya lo he dicho, el secreto, en mi oficio, es como el del confesor, el médico o el abogado: inviolable. No me la doy de fundamentalista de la discreción, las profesionales somos así. Lo sé yo como lo saben las colegas con las que compartí aquellas fiestas. Si alguna de ellas lee esto, sabe de lo que estoy hablando e igual, se queda con lo vivido. Rajar sería una bajeza, un karma que no hemos de cargar, ellos (nuestros clientes), merecen que respetemos la confidencialidad que pagaron.

Él, por el contrario, es de méritos que enorgullecen. Él puede presumir récords, dar conferencias, recibir el aplauso, ir y venir de un homenaje a una presentación, de un documental a una entrevista, ‘del tingo al tango’ como ‘trompo chillador’. Y, a pesar de todo, allí está. 

Con tremenda generosidad, jugando y dejándome jugar a escribirnos, a decirnos netas. Se los digo. Por más que me las dé de muy cabrona, cuando voy, él ya viene de regreso. Les juro que me tomó por sorpresa. A cada paso que yo daba, él iba ya dos adelante.

Supongo, honorables miembros del jurado, que eso es lo principal. Me declaro, Señor Fiscal, confesa y culpable. Si nos ponemos a revisar lo que nos identifica y lo que nos diferencia en esto de ocultar el rostro: lo suyo es para fortalecer el mito; lo mío, para guardar el anonimato. Él lo hace por ser quien es, yo lo hago para, algún día, dejar de serlo.

El caso es que el viernes en la mañana me preguntó un amigo:

—¿Qué ‘pedo’ con el Hijo del Santo?

—¿Qué ‘pedo’ con qué?

—¿No has leído su artículo de hoy?

—¡No! A ver —le dije arrebatándole el periódico:

“Pero aún falta la tercera y definitiva caída; por lo tanto, sería muy interesante estar frente a frente para hablar de los temas en los que coincido con Lulú”.

Una tercera caída en una cena entre amigos, con un réferi justo y neutral, como el mítico ‘Tirantes’, que dé el predecible veredicto final de que gané yo. Gané por haber tenido, a propósito de estos retos, el gusto de recibir del Campeón tantas cortesías. Eso para mí, ya es haber ganado. 

Desde luego, en táctica y estrategia, el cinturón se lo llevará él que, como digo, siempre fue dos pasos adelante. Por más que yo creyera saber contestar, él ya sabía para dónde iba y qué era lo que seguía.

Habrá que organizar la cena, con réferi y mánager, pero sin público ni máscaras. A celebrar la tercera que, como dicen los que saben, es la vencida.

 

Un beso

Lulú Petite

 

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