Orgasmeados

Se acomodó encima de mí y lo demás fue pura locura. Me penetró sin contemplación, no aguantando más dilaciones. Su miembro tensaba mi placer y me hacía delirar
Lulú Petite
09/03/2017 - 05:00
 

Querido diario: Ayer me llamó José y quería que lo acompañara a una cena y coger como en los viejos tiempos. En ese orden, claro. ¿Cómo negármele? Un viejo cliente, o mejor dicho, un viejo amigo que además sabe cómo tratarme. Tiene cerca de 50 años y es un buen tipo. De cualquier modo, José es buena onda y todo el cuento, pero mi negocio está en la cama y es hacer el amor, no acostumbro salir con mis clientes.

—Por favor, debo llegar acompañado —Insistió. —Pero recuerda que cobro por hora y el taxímetro comienza a correr desde que nos saludemos —Le advertí.

Su risa detonó como un cohete al otro lado de la línea. No recordaba ese detalle tan peculiar de su personalidad. Su risa, si bien es contagiosa, es… ni sé cómo explicarlo… ¿maligna? Es como ver una peli de terror gótico y que saliera un conde o algo así y se riera de todos nosotros tipo: “Moa, ha, ha, ha, ha”. Es una risa grave, exaltada y, por muy extraño que lo parezca, con un toque de exquisita distinción.

Bueno, José aceptó el trato y yo tenía tiempo, pero no respondí.

—¿Entonces qué? —preguntó con tono seductor. —Dame media hora… —Vas —dijo él antes de colgar velozmente, no me le fuera a rajar.

Total, que me alisté y salí a encontrarme con él. Nos quedamos de ver cerca del restaurante a donde iríamos.

—Hermosa como siempre —dijo al verme.

Me besó la mejilla y me dio un abrazo largo. La verdad es que teníamos tiempo sin vernos.

Nos dirigimos a la mesa donde nos esperaban dos señores de bastante mayor edad que José con sus respectivas parejas. Dos señoras de hermosos modales que estuvieron platicando conmigo como si nos conociéramos de toda la vida. Eran mujeres maduras, pero modernas, hablaban poco de sus hijos y más de sus actividades y pasatiempos. Les gusta el cine y son, literalmente, adictas a Netflix. Me encantaron. Ellos  hablaron de un negocio al cual no puse atención. La cena fue corta. Camino al hotel, le pregunté a José si todo había salido bien.

—Mejor, imposible —dijo entrando al jacuzzi—. Oye, ¿y tú qué, Lulis? ¿No vienes?

Me tomó de la mano para ayudarme a salir del jacuzzi y me colocó la toalla sobre los hombros. Un toque de frío me entró en el cuerpo, pero José tenía la cura idónea para eso. Se secó con un paño   y se acostó a mi lado en la cama.

—Tanto tiempo, Lulú… —susurró antes de besarme. Sus labios estaban fríos y húmedos. Había un dejo de frescura en su aliento, así como un carácter muy atrevido en la manera que sus manos empezaron a invadir mi cuerpo. Me encantó y me dejé llevar sin mirar atrás.

Se acomodó encima de mí y lo demás fue pura locura. Me penetró sin contemplación, no aguantando más dilaciones. Su miembro tensaba mi placer y me hacía delirar. José sabe moverse, pero no lo recordaba. Sentí la tensión en sus músculos, la presión de su pelvis, empujándome su pene hasta las entrañas.

—Ay Lu…

No terminó la frase. El punto exacto del orgasmo se tragó todo su universo como un agujero negro. Yo me abracé a su pecho e imaginé que nos fundíamos de calor. Apoyé mi rostro en su hombro después de que se desplomó en el lado de su cama. Me palpé las piernas. Me temblaban y estaban mojadas de mí y de él.

Salimos del motel y me llevó a mi carro. Cuando nos despedimos, me dio lo que me correspondía, más una gorda tajada extra. Ciertamente en la cena, ellos hablaron de un negocio. Hubo dos conversaciones en esa mesa. Yo entreteniendo a las mujeres y él hablando con los señores. Ya lo había intentado yendo solo y nunca había podido cerrar el negocio, siempre terminaban hablando de Netflix. José necesitaba tener una cómplice, un distractor, un señuelo y, como ha leído que adoro las series y disfruto Netflix, pues me llamó.

—Ah, entonces no necesitabas compañía para la cena, me llevaste de carnada para las platicadoras —Le reclamé.

Le dio mucha risa. Aún se reía cuando me bajé de su coche. “Moa, ha, ha, ha, ha”. Me subí al mío y me despedí de él soplándole un beso desde la palma de la mano. José, el que se ríe como malo, pero es bueno.

Un beso, Lulú Petite

 
 
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