'¿En qué trabajo?', por Lulú Petite

Lulú Petite
08/12/2015 - 03:00

Querido diario: De último momento tuve que hacer un viaje fuera del Distrito Federal. Él es un buen cliente, me pagó el boleto de avión ida y vuelta, así como el pago por todo un día de servicio, no podía decir que no, así que fui. El sexo estuvo rico y la compañía inmejorable, pero fue un viaje relámpago. Salí en el primer avión del viernes y regresé en el primero del sábado.

Desde la ventanilla del avión todo se iba haciendo chiquito y se perdía debajo de un manto de nubes. Cerré los ojos y en poco tiempo había llegado al DF. La verdad la había pasado muy bien y eso me había servido para cambiar de aires, mover las energías. Me sentía plena y contenta.

Caminé hacia la puerta de llegadas nacionales y al cruzar el umbral de seguridad de la aerolínea, me llevé una sorpresota.

Todo pasó como en una película. 

Cámara lenta, música en mi cabeza, luz brillante. Miguel había ido a recibirme.

Destacaba entre un grupo de personas como el punto blanco en lo blanco del yin yang. Iba vestido como un músico inglés de paseo por el campo. Saco abierto y una camisa blanca que le quedaba divina. Llevaba gafas oscuras y sostenía una rosa tan roja como lava incandescente. Sonreía despreocupadamente y tenía barba de tres días que lo hacía lucir más guapo de lo que recordaba. Era la primera vez que lo veía de día, y esto, de alguna forma, lo hacía distinto ante mis ojos, como si lo redescubriera después de muchísimo tiempo.

Mis manos sudaban, mis piernas temblaban, mi boca se secaba, pero me acerqué con mi mejor cara de sorprendida y le dije con voz temblorosa, tratando de disimular el nerviosismo y la emoción:

—Hola.

—Bienvenida —dijo.

Sentí que mis mejillas se encendían con sangre tibia. Las de él también se prendieron. Entonces me besó en la boca y me abrazó.

—No era necesario que vinieras —balbuceé—. Yo…

—Ni hablar —me atajó él—. Vamos.

Él tomó la maleta y yo su mano. Antes de montarme en el coche, apagué mi celular. No quería atender a nadie.

En el camino me contó qué había hecho en mi ausencia. Cosas del trabajo, sobre todo. También había visto una película y ya me estaba contando el final, cuando le dije que parara porque me estaban entrando ganas de verla también.

—La pongo de nuevo y la vemos —dijo él—. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —respondí.

Volteé hacia la ventana para esconder la sonrisa que se había apoderado de mi rostro.

—Oye —dijo entonces él—, ¿y tú qué?

—¿Qué de qué?

—El viaje, la chamba. Soy todo oídos.

No hay que ser un genio para saber que cuando estoy conociendo a alguien no es fácil explicar que me dedico a lo que me dedico. Al notar mi silencio, me preguntó:

—¿De qué es que trabajas?

—En ventas —contesté.

—¿Ventas?

—Ajá —murmuré.

—¿De qué?

—Construcción —dije.

Él meditó mi respuesta sin dejar de ver el camino.

—Instalaciones especiales, agua, enfriadores, protección civil, cosas así. Más que todo para empresas grandes y gobiernos —agregué.

Él asintió, como si midiera mis palabras. ¡Carajo! Dije lo primero que me vino a la cabeza y él… ¡Es arquitecto! Debía cambiar de tema rápido.

—Salgo mucho a cerrar contratos. Es de hueva. —concluí.

No dije más. Era mi versión y me apegaba a ella.

Más tarde, frente a mi edificio, me dijo que estaba contento por tenerme de vuelta. Luego empezó a despedirse y a decirme que podíamos vernos tal o cual día. Ni que fuera tonta. De esa no se escapaba ni a balazos.

—¿Quieres subir? —lo interrumpí.

No hacía falta decir más. Entramos al depa y lanzamos el equipaje al piso. Luego le siguió nuestra ropa. Su cuerpo vivo era incluso mejor que en fotos. Sus músculos eran duros y bien formados. Tenía estructura de atleta y una piel muy suave que rozaba la mía como una caricia muy sensual. Los vellos de su quijada raspaban delicadamente mi cuello y mi rostro, mientras me mordisqueaba y me lamía. Mi cuerpo entero se enganchó en el suyo. Apretaba mis senos con firmeza, sin lastimarme. Era como si conociera mis recovecos, mis formas, mis límites. Su lengua era muy húmeda y tenía un sabor dulce y fresco. Sus labios eran jugosos y apetecibles. Entorné su espalda con mis brazos y lo atraje hacia mí. Su cadera se encajó en la mía y pude sentir toda la entereza de su sexo erecto, abriéndose espacio entre las paredes de mi vagina, humedecida, apretadita y tibia, ansiosa por comérmelo.

Acarició mi cabello y dejó que sus dedos se perdieran en ellos, como si se ahogaran y luego resucitaran en las curvas de mi cintura, en los arcos de mis piernas.

Lo agarré de la cintura y lo jalé hacia mí para que se hundiera más, con toda disposición. Nos entregamos al placer más puro, dejándonos llevar por nuestros instintos. Esto era distinto a lo que hacía regularmente. Lo sentía bullir dentro de mí como un géiser. Él gemía y me decía cosas impronunciables al oído. Tenía muchísimo calor, pero no me molestaba. Era esa clase de sensación térmica que hace y deshace a dos personas, como si las fundiera para siempre. Clavé las uñas en su espalda. Él entró con su última estocada y nos corrimos al mismo tiempo.

Recuperando las energías, desgarrados boca arriba en el suelo, empecé a darme cuenta de que estaba en problemas.

Hasta el jueves

Lulú Petite

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