'Frío', el relato de Lulú Petite

Lulú Petite
08/10/2015 - 03:00

Querido diario: Te contaba el martes de los tiempos de El Hada y me puse a hurgar recuerdos. En la época que trabajé en agencia hice tantas cosas. Si me has leído antes probablemente sabrás que El Hada es una mujer de negocios que maneja jovencitas para que atiendan a hombres con, digamos, sobrada solvencia económica. Empezó con una agencia modesta y, poco a poco, se fue haciendo de clientes hasta comenzar a atender los eventos grandes.

Desde luego, para ese tipo de negocios, se hizo de un nutrido grupo de chicas lo más guapas posibles y, con paciencia de institutriz inglesa, nos fue enseñando las artes de la coquetería, la moda, la conversación y, desde luego, la prostitución. Éramos un ramillete de amantes profesionales.

En su mejor época íbamos a fiestas impresionantes. Algunas aquí, en la ciudad, otras fuera. Recuerdo una en una casota cerca de Cuernavaca. La fiesta era tremenda y la casa, además de bellísima, tenía un jardín enorme, donde mandó instalar un bufete con mucha comida y bebida, había música alrededor de una alberca rodeada por varios árboles, hermosas flores, algunas fuentes y, al fondo, una cancha de futbol de medidas reglamentarias, en la que el organizador de la bacanal, había mandado instalar cómodas casas de campaña con doble uso: el primero (que servía como pretexto) para que nadie tuviera que manejar borracho y pudiera, con toda confianza, tomar una de las casas para dormir hasta el día siguiente, donde le esperaban unos chilaquiles, menudo y más alcohol.

El segundo: Las casas de campaña estaban allí, a una distancia razonable cada una de las otras, para que las chicas de compañía que habíamos ido a la fiesta, pudiéramos meternos en ellas y cogernos a la adorable clientela.

Éramos varias las chicas de El Hada en la fiesta, y a cada quien nos asignaron a un cliente al que debíamos atender como si fuera el amor de nuestra vida. A mí me tocó un hombre de unos 45 años, robusto, de piel muy blanca y conversación entretenida. Bebía como si fuera el día del apocalipsis, pero aun así seguía fresco, como si para él el alcohol fuera inofensivo como el agua.

Cuando nos metimos a la casa de campaña hacía un frío de los mil demonios, no tenía ni tantitas ganas de desnudarme, él se me quedó viendo a los ojos y, acariciándome la mejilla, dijo:

—¿Qué mejor pretexto que este frío para darnos calor?

Su razonamiento tenía sentido, pero al fin y al cabo, vamos, no hacía falta ningún tipo de pretexto. Con o sin frío yo estaba allí para curar su calentura.

Igual era tan baja la temperatura que cuando hablábamos un vaho de vapor salía de nuestras bocas como si el alma se nos escapara. Por un momento habría querido coger vestida.

Pero él sabía dar calor. Primero me hizo tenderme en el suelo y se colocó a mi lado. Luego nos cubrió con una de las cobijas que nos habían dejado en la casita y empezó a besarme en el cuello, en las orejas y en los labios. Olía a bosque de pinos.

Me agarró la mano y me hizo tocar su paquete por encima del pantalón. Estaba hinchado y en proceso de hincharse más. Poco a poco fui bajándole la cremallera y encontrando el camino hacia su verdadero ser.

Luego me desvestí lentamente, evitando moverme muy bruscamente para permanecer arropados, a salvo del frío.

Una cadena de plata colgaba de su cuello. Era fría al tacto con mi pecho, pero el resto de su cuerpo irradiaba un calor inexplicable. Su piel era lisa y con vellitos microscópicos que la hacían muy suave. Sus labios eran duros, como de hombre fuerte y tosco, pero en verdad él era muy delicado y dulce. Procedía con cautela, tanteando el terreno antes de, por fin, dar la estocada final.

Cuando entró hasta el fondo, empujando con sus piernas hasta que ya no cabía más, empecé a sentir el calor del que él hablaba.

Lo tomé por la parte de atrás del cuello y fue como si lo meciera a nuestro ritmo, dejándolo ir adelante y atrás. El frío se disipó por completo y la sábana hacía que el calor que producíamos con nuestros movimientos no se escapara.

—Esto es como un iglú —dijo él antes de apretar uno de mis senos con su boca.

Yo pensaba que podíamos derretir cualquier bloque de hielo si seguíamos así. Él aumentó el ritmo y yo le seguí el paso, arengándolo con nalgaditas en sus pompis, duro.

Me puso una mano sobre los labios y con la otra me estiró los brazos por encima de la cabeza y me agarró por las muñecas. Estaba indefensa, recibiendo toda su potencia viril que se acrecentaba a medida que se dirigía al éxtasis.

Cerré los ojos. Estábamos empapados de sudor. Mis gritos se ahogaban en la palma de su mano y el calor de mi aliento no podía escapar. Él estaba prácticamente vibrando, crepitando, a punto de hacer combustión. Su lava hirviente hizo ‘bum’ y me inundó por dentro. Más que calor, fuego.

Un beso

Lulú Petite

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