El maravilloso sexo

Cuando vi a César en la puerta de mi casa no lo pensé dos veces. Me acerqué, me paré de puntitas y le puse en los labios el beso más amoroso que pude.
Lulú Petite
08/07/2014 - 03:00

Querido diario: 

Después de besarnos largo rato, me arrodillé frente a él, bajé su bragueta mirándolo a los ojos con picardía, desabotoné el pantalón y vi, bajo su bóxer (que tenía ya una notoria gota de lubricación) un tremendo bulto que parecía tener vida propia. Sonreí golosa. Lo acaricié sobre la tela. Jalé el resorte un poco y aquella cosa saltó del calzoncillo como si buscara un mejor lugar afuera. Su miembro es perfecto. Recto, grande, con la cabeza redondeada en un perfecto casquete. Lo rodeé con mis dedos y mi mano se veía pequeña. Comencé a jalársela un poco, despacito, clavando mis pupilas en las suyas y dejándole sentir la caricia de mi mano. Acerqué mi nariz a su sexo y respiré profundamente. Le olía a jabón y perfume. Entonces abrí la boca y, despacito, la fui devorando.

Él gimió y puso sus manos en mi nuca, suavemente, dejándome llevar el ritmo, sintiendo cómo se la chupaba despacio, paseando mi lengua por el tallo venoso, con sabor a piel y lujuria. Sentí entonces la caricia de sus dedos en mi oreja, que luego bajó por el costado de mi cuello haciéndome sentir un escalofrío exquisito. La saqué de mi boca y la lamí comenzando por sus bolas y subiendo por la dura erección. Deseaba tremendamente ser penetrada, poseída, colonizada.

Me puse de pie y jalándole el sexo le di un beso en los labios. Él me tomó de la cintura y respondió el beso con tanta pasión que casi me deshago en su boca como un terrón de azúcar. Me apretó entonces las nalgas y metió sus dedos entre mis piernas por detrás, acariciando mi vagina que estaba ya empapada. Su tacto me provocó un nuevo escalofrío, más intenso, que me hizo desearlo con todas mis fuerzas. Me empujó entonces contra la puerta y yo le di la espalda, poniendo mi rostro contra la madera.

Él me bajó de un tirón los pantalones del pants hasta mis rodillas, metió su mano izquierda bajo mi blusa para apretarme un seno y con la derecha apuntó su miembro a mi vagina y, con una deliciosa brusquedad que no le había conocido antes, me la metió toda de un golpe. Grité.

El sexo es extraordinario. Es uno de los más exquisitos regalos de la naturaleza, una forma casi mística de conectar con otro ser humano, de expresarnos, de amar, de experimentar, de vivir. El sexo es placer, propio y ajeno. Es también comunicación, salud, entretenimiento y muchas otras cosas más. Además desde luego del prodigio de la procreación, el sexo por sí mismo, es bueno y divertido, sin embargo no deja de ser tabú.

El sexo es tan maravilloso e indispensable que me extraña que, en muchos casos, sea manejado como algo turbio. Por el contrario, si desde siempre y conforme a nuestra edad fuéramos aprendiendo de las capacidades y delicias de nuestro cuerpo, seríamos más felices. A veces creo que ese es un error en nuestro sistema de formación para la vida, se nos educa para ser productivos, no para ser felices, a pesar de que lo segundo debería estar muy por encima de lo primero.

Hace unos días conversé con un cliente que sostiene una teoría de la sexualidad: Dice que hombres y mujeres somos distintos. Ellos están siempre listos para el sexo y nosotras, en cambio, necesitamos tiempo, palabras, romance. El hombre según él es espontáneo y caliente, la mujer tranquila y soñadora. Para tener buen sexo, se necesita según su teoría, encontrar el equilibrio. Que ellos renuncien un poco a su urgencia y nosotras a nuestra paciencia.

Creo que muchas de esas ideas están basadas en prejuicios impuestos que celebran a los mujeriegos y censuran a las hombreriegas. Si los hombres pueden tener relaciones sexuales por el puro placer de la experiencia, nosotras también. Hay veces que, simplemente, nos llega la calentura y sin tanto mitote nos da la gana hacer el amor, perder la compostura, dejarnos querer. Igual que los hombres, a veces nos brinca la hormona y lo único que queremos es coger ¿romance? Pff... Dije ¡coger!

Cuando vi a César en la puerta de mi casa no lo pensé dos veces. Me acerqué, me paré de puntitas y le puse en los labios el beso más amoroso que pude. Es un hombre divertido, atractivo, cálido, trabajador y me ha demostrado que me quiere. No estamos enamorados, pero a ninguno de los dos nos venía nada mal eliminar de nuestra amistad la tensión sexual.

A veces, cuando te metes a la cama con un amigo, puede resultar toda una revelación. Hay riesgos de que alguien resulte herido, pero la vida hay que disfrutarla y el que no arriesga no gana. Ni modo, soy hombreriega. Ya sé que en tu pueblo le dicen de otro modo, también en el mío, pero no importa. Me siento muy bien con mi sexualidad y si tomamos la decisión adulta de hacernos el amor, no podíamos más que disfrutarla al máximo.

Sentirlo dentro fue exquisito. Sus manos en mis senos, sus labios en mi cuello y su miembro taladrándome con potencia, clavándome en la puerta, con mi cara contra la madera fría y mis manos amortiguando las embestidas salvajes de ese hombre bueno con quien he pasado tantos ratos hermosos. Lo sentí venirse y siguió dando hasta que yo también llegué al orgasmo. Después lo volvimos a hacer en mi recámara una y otra vez por muchas horas.

Hasta el jueves

Lulú Petite

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