Entró poquito a poquito

"Me lo hacía tan rico que pensé que iba a salir volando. Apreté la sábana con los puños y me moví al ritmo de su vaivén"
Lulú Petite
08/03/2018 - 08:38
 

Querido diario: Toño se dejó la barba. Le da otro aire, no sé, como más varonil. Lo conozco desde hace tiempo. Es tierno. Algo gruñón y reservado, pero tierno. Irónicamente, la barba lo hace ver más intimidante pero también lo dota de un aspecto de osote de peluche. Me habló el domingo poco después del mediodía.

En principio no lo reconocí con esa barba tupida y una camisa blanquísima, manga corta, medio ajustada. Me saludó como siempre, tomándome la mano. Esta costumbre me ha dejado algo perpleja durante el rato que llevo conociéndolo. Si ya hemos cogido de todas las formas que nos permitimos. ¿Cómo es posible que sea pudoroso al saludarnos? Es tierno.

Pasé y le pregunté por su semana. Me contó que tenía mucha chamba y que su hija tenía problemas con su novio. Me dijo que el chico había cortado con ella y estaba muy deprimida. Además, él también le había agarrado aprecio al muchacho, ya tenían mucho de novios y lo veía como su yerno definitivo, con quien iba a entregar a su hija en el altar. Sacó el celular y me enseñó algunas fotos. Su hija es muy linda. Joven, delgadita, femenina, dulce. Su novio… No quise decir nada. Me le quedé viendo a Ezquiel y le dije que lo único que él podía hacer era esperar. El amor es así, duele, pero con el tiempo sana.

Se sentó, apoyó los codos en sus rodillas y luego asintió para sí mismo, como convencido, y alzó la cara para verme. Entonces sonrió y me tendió la mano. La tomé y me jaló hacia él.

Me senté en su regazo y lo abracé por el cuello, palpando la suave tela de su camisa blanca. Sentí sus hombros anchos, su espalda amplia. Él acarició mis piernas deslizando sus dedos por mis muslos.

—Estás muy guapa —dijo. Sentí el rubor en mis mejillas. Una cosquillita recorrió mi espina dorsal. Me arrimé más hacia él, sintiendo en mi espalda el resonar de los latidos de su corazón, y lo besé en los labios. Un piquito cálido, riquísimo. Sus labios siguieron el rastro de los míos y me atrapó con otro beso.

Escurrí una mano por su pecho y comencé a desabotonarle la camisa, mientras él subía la suya por debajo de mi falda. De pronto me agarró por la cadera y me alzó delicadamente para ponerme sobre la cama. Se desvistió. Me moví hacia el tope de la cama, incitándolo a que me siguiera. Gateó hasta mí como en acecho, mirándome con los ojos encendidos por el deseo.

Lo recibí con las piernas abiertas, rodeándolo por la cadera con la pelvis alzada. Podía sentir su pene duro, pujando a través de la tela de su bóxer, su cabeza prensada presionando contra mis labios. Comencé a humedecerme y a restregarme contra él, meneando levemente la cintura.

Tomé su palo y empecé a chaquetearlo, haciéndolo rozar mi sexo.

—¿Me extrañaste? —pregunté despacito, relamiéndome los labios.

Él gruñó, empujando cada vez con más ansias. En eso estiré el brazo y agarré un condón. Se lo coloqué y le pedí que me cogiera.

Me lo metió poco a poco. Alcé una pierna y apoyé el talón en su hombro. En eso comenzó a moverse, meciéndose hacia delante y atrás. Cerré los ojos y tragué saliva. Me lo hacía tan rico que pensé que iba a salir volando en cualquier momento. Apreté la sábana con los puños y me moví al ritmo de su vaivén. De pronto comenzó a hacérmelo más rápido y más duro.

—No pares —pedí.

Rozando con su barba mi rostro, apretó el ritmo y se despachó, clavando hasta el fondo su miembro palpitante. Sus bolas se estrujaron contra mi vulva. Su cuerpo se retorció en una mueca de placer. Justo cuando él se desvanecía a chorro, yo apreté el ceño y me deshice en un orgasmo divino. No sabía si decirle que reconocí al ex novio de su hija, que lo he visto en este hotel con otras chicas, que es un cabrón. Quizá eso le ayude a quererlo menos. Decidí decírselo mejor por este medio ¿Hice bien?

Hasta la próxima, Lulú Petite

 
 
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