Como Superman

"Siempre con condón, no hay entrada por la puerta trasera y no atiendo a domicilio. Mi cuerpo, mi negocio, mis reglas. Más allá de qué es lo que me late o no, sobre todo, si se es profesional, cuidar mi salud es cuidar la de mis clientes. Sin globito no hay fiesta"
Lulú Petite
08/03/2016 - 05:00

Querido diario: Ella asume la posición. De una manera muy sensual, imponiendo un ritmo incendiario al momento, suaviza sus movimientos y las curvas insólitas de su cuerpo hipnotizan la vista de él, quien observa desde la cama con el pene erecto.

Ella se inclina, con las piernas estiradas, toca el piso con ambas palmas extendidas. La tensión de sus muslos y pantorrillas la hacen ver superior en su invitación. Los tacones puntiagudos de sus zapatos alargan su figura, luce hermosa ofreciendo su sexo desnudo, jugoso, perfecto como un durazno abierto. Él se pone de pie y camina hacia ella, empuñando su sexo, hinchado y venoso, que sacude fuertemente con la mano y frota y frota y frota como si fuese posible sacar un Genio de esos de los cuentos de las mil y una noches de ahí y pedirle un deseo.

Ella gime y le pide que se lo haga de una vez por todas. Se deja tomar por detrás y es penetrada, al principio gentilmente, con los ojos cerrados y expresión de éxtasis, disfrutando cada milímetro de su pieza que se va adentrando y ganando espacio dentro de ella. Ambos celebran la unión con una exhalación de gozo. Él se retracta por un momento y vuelve a entrar. Repite la acción una y otra vez, cada vez más rápido. La retiene por el cabello. Esto le gusta. Sus expresiones, sus gemidos, sus ojos entrecerrados, su piel perfecta, todo en su cuerpo deja claro que está disfrutando el sexo. Pide más. Él le da más. Se desbocan durante unos  10 minutos, bañados en sudor. Él advierte que está por estallar. Ella se arrodilla frente a él y él se lo echa todito en la cara.

—Espera, espera —dije yo interrumpiendo el clímax de la escena—. Eso sí que no lo voy a hacer.

Sí, bueno, estaba buena y candente el programa porno que estábamos viendo, pero lo que acababa de hacer la güerita definitivamente no era para mí. Mi cliente, un veinteañero con buen aspecto, puso la cara como si lo hubiera bañado con hielo para sacarlo de la fantasía.

Cuando llegué al servicio, me preguntó si podíamos ver un ratito porno en la tele, que le servía para entrar en calor. Le gusta mucho la pornografía y como actualmente está tan al alcance de la mano (sin albur), se le hizo vicio. La escena era buena, de esas filmadas en ultra alta definición que no dejan lugar a la imaginación. La chica, una rubia muy joven y guapa, el chico, un hombre un poco más maduro, con un pene descomunal. 

—A ver —aclaré—, todo lo demás se ve rico para que lo hagamos, pero ese final artístico no cabe    en mi contrato. Apagó la tele sonriendo y pidiéndome un beso con su movimiento hacia mí. Lo recibí de labios abiertos.

Pasé mis manos por su pecho desnudo. Era virgen, adicto al porno que, al fin, quería convertir en realidad lo que sus manos y ojos sólo le habían dado en la imaginación, con unos kleenex, el monitor de su computadora y los ratos de soledad encerrado en su cuarto.

Las fantasías suelen distorsionarlo todo. Sin embargo en este negocio el límite es obvio. Lo aclaro siempre desde la llamada por teléfono. Más clara no puedo ser: Siempre con condón, no hay entrada por la puerta trasera y no atiendo a domicilio. Mi cuerpo, mi negocio, mis reglas. Más allá de qué es lo que me late o no, hay que tener un código, ¿no? Sobre todo, si se es profesional, cuidar mi salud es cuidar la de mis clientes, en eso es indispensable no ceder. Sin globito no hay fiesta.

Fui por el control y prendí de nuevo la tele. Empezaba a calentarse otra de esas escenas. No había una trama general, era de esos canales en los que después de la eyaculación viene otra escena prácticamente idéntica con una pareja distinta. Estaba ahora en pantalla una chica también muy joven, de cabello castaño y ojos azules, que devoraba el miembro de un actor también guapo.

El cliente se quedó viendo la escena como si no pudiera salir de ella. Mientras él veía el porno, con la erección tremendamente firme, comencé a jalársela despacio, le puse el condón con los labios y, casi en cuanto me la llevé a la boca, gimió endureciendo cada músculo de su cuerpo y vaciándose en el preservativo.

En el segundo intento hicimos el amor muy rico, eso sí, no pudo despegar la vista de la pantalla, donde aquella pareja hacía casi lo mismo que nosotros. Hay gente que piensa que el sexo es así, como en el porno,  por eso  cuando vienen  con una mujer de carne y hueso y se les fríe la cabeza tratando de que sea igual como en sus películas. Es como si después de ver Superman les diera por tirarse de edificios confiando que van a volar.

Un beso

Lulú Petite

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