“De quien lo trabaja” Por Lulú Petite

Lulú goza al recordar una de sus experiencias más placenteras
Lulú Petite
08/01/2015 - 03:00

Querido diario: Sus mansos besos en mis pezones, considerablemente sensibles, me tenían a mil. Sus dedos apretaban mis senos con una firmeza distinta a la suavidad de su lengua. Le dejaba hacer lo que quisiera, clavé mis uñas en su cabellera, cerré los ojos y, casi sin querer, gemí. 

Estaba completamente desnuda en la cama de un hombre a quien veía por primera vez y me tenía temblando de pies a cabeza.

El mejor sexo es así. Se cocina despacio. Es como todos los placeres, se disfrutan más cuando te das tiempo para abrir el apetito. El placer fugaz carece de contexto, es atropellado y hace las cosas menos mágicas y más mecánicas. El sexo es biología, intercambio de fluidos, el placer es psicología, intercambio de emociones.

Me incorporé y lo obligué a ponerse de espaldas. Abrí las piernas y me monté sobre él rodeando con mis muslos su zona pélvica, jalé su miembro hacia mí, sin meterlo, pasé su tallo firme por mi vulva empapada. Me froté en él y sentí delicioso. Seguía gimiendo. Apretó con sus manos mis senos y me jaló para exigirme un beso. Metió sin vergüenza su lengua en mi boca.

Me encanta un pene parado. Me excita enormemente. Pero para llegar a eso, necesito estimulación, poner mi cerebro en sintonía. Algunos hombres pueden estar resolviendo una ecuación algebraica pero ven un par de tetas y se les para como si tuviera resorte. No sé si todas las mujeres, pero a mí ver un pito no me excita así nomás porque sí. Todo lo contrario, fuera de contexto, como en el perfil de algún tuitero, me choca. Un pene me excita cuando previamente me pusieron a tono. No es la erección, sino su dueño y lo que le dejaré hacer con ella, lo que me gusta.

Puse las manos en sus mejillas y lo besé apasionadamente. Nuestras lenguas se entendían. Me seguí moviendo hasta sentir como la punta de su miembro se abría paso por mis paredes vaginales. Estaba apuntando directamente a mi entrada. Prácticamente ya estaba dentro. Sonreí y, con un movimiento brusco, me ensarte. Gemí de nuevo, con más fuerza. Realmente dolió, pero fue más la satisfacción de sentir dentro el órgano de ese hombre que tanto me deseaba.

¿Cómo fue mi primera masturbación? Estaba en mi cama, sola y aburrida. Sabía que allí abajo había algo capaz de provocar una alegría inmensa. Puse mis dedos y comencé a moverlos, sin embargo, no conseguí llegar al orgasmo hasta que, al movimiento de dedos le agregué un poco de imaginación. Me tardé, pero cuando logré conectar cuerpo con mente alcancé una experiencia maravillosa.

Parecíamos fieras en celo. Copulando con arrebato. De a vaquerita no es mi posición favorita, pero en ciertas condiciones, cabalgar a un potro salvaje es estimulante. Lo veía gozar, estremecerse con mis movimientos. Brincaba sobre mis rodillas, levantándome y dejándome caer a un ritmo acelerado. Miraba sus ojos vidriosos, sus labios entreabiertos, sentía su mano acariciar mi cintura, tocarme la pelvis, el vientre, apretar mis senos, jugar con mis pezones, rodearme el cuello, puso un dedo en la comisura de mis labios pidiendo con la mirada que se lo lamiera. Lo metió en mi boca mientras yo seguía ‘cabalgándolo’ a todo galope.

La primera vez que tuve sexo por amor no fue placentera. Era inexperta, me dolió mucho y no logré mi orgasmo. Él hizo lo suyo rápido: Me la metió y eyaculó. Él terminó satisfecho, yo con dolor entre las piernas y mucho ardor. Me levanté, limpié la sangre, nos duchamos y seguimos viendo la televisión. 

Tardé un tiempo en aprender que, al menos para mí, el sexo requiere de un juego previo para ir poniendo las cosas a tono. Calentamiento ¿Sabes? No se trata de besos o caricias, sino de imaginación, de entusiasmo, de seducción. La pasión es como una coreografía, sale bien si los que bailan agarran el ritmo. ¡Eso! Importa más tener buen ritmo que saberse los pasos.

Me movía como si estuviera montando en el hipódromo. Iba a la meta ‘jineteando’ un pura sangre, cuando de repente me detuvo. Claramente estaba a punto de venirse pero quería más. Puso sus manos en mi cintura y apretó las nalgas. Gemí. Él se siguió moviendo, dejó de ser un corcel de carreras para convertirse en un toro de rodeo. En un par de movimientos más, sentí como perdía el control. El orgasmo me llegó por sorpresa casi al mismo tiempo que a él. Gritamos simultáneamente hasta ahogar nuestros gemidos con un beso. Nos quedamos acurrucados un rato, en silencio, sin atrevernos a romper las secuelas del placer que nos dejó tan satisfactorio orgasmo.

Ya lo dijo Emiliano Zapata: ‘El orgasmo es de quien lo trabaja’. Con el tiempo he aprendido a ganarme los míos y disfrutarlos. Me resulta fácil, pero para tener uno debo disponerme a ello, ponerme en sintonía, trabajarlo y que me lo trabajen. Un orgasmo se construye poco a poco, no desde el primer beso ni desde las primeras caricias, sino tal vez, desde el momento en que sabes lo que va a suceder y comienzas a desearlo. Quizá desde que oigo tu voz en el teléfono o desde que escuchas mis nudillos golpear tu puerta.

Un beso

Lulú Petite

 

 

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