“De postre”, por Lulú Petite

Lulú recuerda una placentera experiencia y lanza una invitación difícil de rechazar
Lulú Petite
07/05/2015 - 03:00

Querido diario: ¿Cómo termina una relación? Parece que termina abruptamente. Una pelea, un desengaño, un desencuentro y a otra cosa mariposa. Lo cierto es que generalmente comienza a terminarse mucho antes. Poco a poco, donde el amor se levantó, comienza a desmoronarse hasta que no puede sostenerse.

 Hace casi dos meses terminé con César. No hubo peleas ni sombrerazos, he de aclarar, pero sí distancia. Es difícil llevar una relación con un hombre que sabe la naturaleza de mi negocio.

 Si no se encela y se siente cómodo con lo que hago, algo anda mal, pero si se encela y le encabrona mi trabajo, también está del nabo. Lo mejor en nuestro caso era fingir demencia. No hablábamos del tema.

 Igual comenzamos a poner distancia. Nos veíamos menos y cada vez con menos pasión. Antes de terminar llevábamos algo así como un mes sin coger. Eso sí, la última estuvo riquísima.

 César tenía puesta una sudadera sin camisa y llegó a mi casa con una charola de postres, me saludó y los puso en la mesa sonriendo. Se veía muy guapo.

 —Ven —me dijo de pronto.

 Me le acerqué y lo miré, con la cara a unos centímetros de sus labios.

 —¿Si? —le dije con dulzura. —¿Qué quieres? —No respondió, pero sonrió y me acarició las piernas, después tomó un pastelito cubierto de chocolate y lo acercó a mis labios.

 —Que pruebes esto —Dijo.

—Se ve delicioso —respondí antes de morder esa exquisitez que se deshizo en mi lengua.

Comimos en silencio, gozando de los postres. Muy pronto estuvimos satisfechos, todavía con pastelitos en la charola. —Podemos dejar el resto para la mañana —le sugerí.

Sentí las manos un poco pegajosas por el caramelo y me levanté para ir al baño.

—¿A dónde vas? —Me preguntó.

—A lavarme las manos.

—Ven —Me ordenó agarrándome la mano. En silencio la llevó a su boca y me chupó los dedos para quitarme el dulce, no me lo esperaba, sentí cosquillas por todo mi ser.

—¿Te gusta? —me preguntó con un dedo en su boca.

—Ni preguntes —le dije avergonzada por lo mucho que estaba disfrutando esa locura. Habiendo limpiado todos mis dedos con su boca, se levantó de su silla y arrancó de uno de los pastelitos una rebanada de fresa que se vino con un poco de crema pastelera. Anticipando el sabor dulce, abrí la boca y cerré los ojos, pero apenas sentí la fruta en mis labios queriéndola saborear, la sentí por mi cuello. César desabotonó mi blusa, mientras paseaba la fruta por mi pecho, hasta mi ombligo, dejando una huella pegajosa de azúcar por mi cuerpo. Con los ojos todavía cerrados, solté un gemido. César se acercó y me empezó a lamer, quitando todo el dulce de mi piel. Me quitó el sostén, librando mis senos para recibir su boca en mis pezones. Cuando terminó de limpiarme, puso la fresa entre sus labios y los acercó a mi boca. Le arranqué la fruta con mis dientes y aquello se convirtió en un beso delicioso, con sabor a postre.

Me tomó entonces en sus brazos y con cierta brusquedad me llevó a la cama, me aventó en ella y se desnudó con prisa.  Alcancé un condón del buró y se lo entregué. Él se lo puso rápidamente, me levantó la falda, hizo la ropa interior a un lado, y me penetró de una estocada. Abriéndome más las piernas, se las puse al cuello, amarrándolo y manteniéndolo más cerca.

César se movía vigorosamente. Su sexo se clavó hasta el fondo de mi cuerpo, en cada estocada, sus bolas golpeaban mi vagina y su pubis rozaba mi clítoris, de modo que la vibración y la penetración hicieron que me incendiara por dentro. Puse mis manos en su cuello y le exigí un beso, mientras me lo daba sentí los espasmos, luego una ráfaga de energía recorriendo mi cuerpo y estallando en millones de partículas de placer que me inundaron las venas y me nublaron los sentidos. Fue un orgasmo tremendo, maravilloso. ¡Caramba!

César se vino casi al mismo tiempo que yo, después se dejó caer con la espalda contra el colchón, con una sonrisa iluminándole el rostro. Hicimos el amor toda la noche, los primeros rayos del sol iluminaban la habitación cuando nos quedamos profundamente dormidos.

Después de eso volvimos a vernos varias veces sin hacer el amor. Las cosas ya se habían enfriado desde hacía tiempo. Supongo que aquella noche con la fresa fue una especie de tregua que le dimos a nuestro distanciamiento.

Una tarde, sin mayores discusiones simplemente pusimos las cartas sobre la mesa. Él me pidió tiempo. Yo le dije que pienso que eso de darse tiempo sólo es una manera de poner en puntos suspensivos algo que ya tiene un bien merecido punto final. Una manera de maquillar la verdad. Nos despedimos como amigos, pero sin la promesa de seguir siéndolo. No nos hemos vuelto a ver desde entonces ni tenemos planes de hacerlo.

Así es el romance. Pero como estamos para buenas noticias, querido amigo, adorable lector, aquí una propuesta indecorosa: Por ahí de la próxima semana estaré regalando una sexy cita conmigo. Te va a gustar. No dejes de comprar El Gráfico, porque aquí te voy a contar cómo ganártela ¿Te late la idea?

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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